jueves, 23 de julio de 2015

Gastón Urioste en Bebop Club - Presentación de "Últimos soles del verano"

Desde la primera vez que escuché “Últimos soles del verano” me sentí a gusto con el disco. No es que no se requieran un par de escuchas para sumergirse por completo en el clima que propone la música de Gastón Urioste, pero automáticamente el sonido me remitió a intimidad, a pasajes reconocibles, a cercanía. Cada tema, cada melodía y arreglo es fácilmente aplicable a situaciones y paisajes diarios. La música llega a los oidos como procedente de una radio detenida en el tiempo de una ciudad más relajada, amena, imaginaria pero que a la vez resulta reconocible (Santa María, me anima a citar la nacionalidad uruguaya de Gastón, en un acto de asociación libre por demás pretencioso). En la música suenan tenues aires rioplatenses, pero eso no resulta un límite sino todo lo contrario: es un punto de partida para la imaginación y creación de sonidos, que llegan del jazz, pero también pueden evocar a paisajes alpinos, al tango apache parisino o incluso acercarse a los Balcanes. Nada directo, eso si. Todas son suaves reminiscencias, lo cual facilita la expansión imaginativa del oyente, y construye un disco que termina resultando a la medida de cada uno.
Aunque también toca guitarra y armonio, la novedad mayor en este artista uruguayo (que hoy vive en Argentina, pero que supo recalar también en Francia), es la incorporación del oboe como el elemento central de buena parte de sus composiciones. Sin la asiduidad del clarinete, el jazz recurrió a él en más de un oportunidad (Charles Mingus, es el primer ejemplo que se me ocurre), pero en la música popular de estas tierras es una auténtica rareza. Y si apuro a mi memoria al respecto en este mediodía de jueves, solo me devuelve como dato alguna reescritura de “Oblivion” por parte de Astor Piazzolla.
Para su presentación en vivo, Gastón estuvo acompañado por casi todos los músicos que grabaron el álbum: Nicolás Olivera en guitarra eléctrica, Agustín Uriburu en cello, Nicolas Ojeda en el contrabajo, Victoria Zotalis en voz, más el reemplazo de Omar Menendez en lugar de Pedro Bulgakov en la batería. Y en la noche de este miércoles porteño, el disco fue mostrándose reordenado, reforzando aquella primera impresión que me había causado el formato físico: el clima, los pantallazos fugaces que la música es capaz de evocar, cobran vida cualquiera sea el contexto en el que se los escuche. Aunque claro, en la calidez del Bebop y con una copa de malbec a mano, todo resulta siempre mucho mejor.
“Vals de Emilia” (el elegido para abrir el concierto) es un valsesito criollo al cual el tarareo de Zotalis es capaz de situarlo en el Tirol. En “Lemon paisano” el swing es contagioso, y hacia el final la voz de Zotalis y el cello de Uriburu se hermanan provocando un efecto bellísimo. Un cello que al igual que en “Remember la goutte d'or” encuentra sonidos que remiten a caminos piazzolleanos.
En “Ola de lago”, el intenso oboe de Gastón le deja paso al lucimiento de Nicolás Olivera en la guitarra eléctrica, y aunque “Groovy farm” haya sido presentada como una chacarera vaquera, situándola en la soledad de un campo uruguayo, yo no pude evitar que la mente me translade bastante más al norte, y que algunos pasajes de guitarra la hayan detenido en el desierto texano.
La única canción cantada del disco es “Flechazos”. O mejor dicho, la única canción del disco con letra, porque la voz está más que presente, y es un elemento central en la propuesta de Urioste. Hasta ese momento los exquisitos aportes de Victoria Zotalis se limitan a tarareos, a alguna palabra soltada con sentido rítmico, convirtiéndose en otro instrumento que aporta arreglos etéreos a las melodías. Pero en el caso de “Flechazos”, se trata de un poema breve, cantado con gravedad mientras la voz es acompañada por un cello que alterna entre el pizzicato y el arco. Hacia el final, cuando las palabras desaparecen, la voz apaciguada entrega algún rastro spinetteano. Dueño de una encantadora letanía, “Enamorarse es irse al agua cuando sube la marea”, el tema que le siguió, dejó lugar al lucimiento de Nicolas Ojeda en el contrabajo. El bajista, a la hora de la presentación de los músicos, también sería reconocido por Gastón por su aporte en los arreglos.
A partir de allí el concierto sumó un nuevo condimento: la complicidad mas allá de lo musical. Comenzaron algunos comentarios y diálogos entre Victoria y Gastón, que rápidamente encontraron respuesta entre el público. En “Intro” la excusa fue el lugar en la lista de un tema con ese nombre. Pero más adelante el origen oriental de Gastón será excusa también para divertidos contrapuntos. A pesar que en el disco “Intro” dura menos de un minuto, anoche, intervención de Menendez en la batería mediante, se prolongó por un tiempo más. “Levitando” fue el único tema ajeno a “Últimos soles del verano” que se esuchó anoche, aunque se acopla a la perfección con el espíritu del disco.
El final se construyó a partir de climas opuestos: “La goutte d'or” es rítmica, universal y le sentaría a la perfección a una Big Band, aunque al final la melodía baje las pulsaciones y los lamentos en la voz de Victoria Zotalis remitan a lejanos aires flamencos. Y que el cierre (al igual que en el disco) haya sido con “Oh!precipiciovolaromorir” no resultó casual. Es en ese tema en donde el oboe de Gastón Urioste se expresa con mayor profundidad en un cierre plagado de tintes melancólicos, que terminó por redondear una noche más que entrañable.
La vocación abarcativa de “Últimos soles de verano” tendrá sin duda un correlato en la expansión del incipiente recorrido solista de Gastón Urioste, y el soplo de originalidad que su disco significa será capaz de abrirle nuevos caminos y escenarios. Por lo pronto, para los que disfrutamos del concierto en el Bebop, tenemos mucho para contar y recomendar.



sábado, 11 de julio de 2015

Andrea Alvarez en el Teatro Vorterix - Presentación de "Y lo dejamos venir"

A fines de 2014 se editó el libro “El agua mala” de Josefina Licitra, una crónica acerca de la inundación que se llevó puesta a la localidad de Epecuén en Noviembre de 1985. Unos meses más tarde, Andrea Alvarez eligió al mismo pueblo como escenario para la cubierta de su cuarto trabajo solista, “Y lo dejamos venir”. El por qué de Epecuén lo explicitó en su momento la propia Andrea en su sitio oficial: “documento viviente del resultado de la capacidad de corrupción del ser humano”. De la desidia, acoto yo. Del exceso de confianza ante una naturaleza que tarde o temprano nos termina doblegando. Y así como en el libro de Josefina Licitra los testimonios compilados dan cuenta de sentimientos que van desde la impotencia y el asombro hasta la bronca, el disco de Andrea Alvarez expresa a esos mismos sentimientos con una fuerza arrolladora, que los expone a sangre viva y los grita a viva voz, en otro disco de rock directo y sin vueltas, visceral.
Anoche era la presentación en el Teatro Vorterix, una apuesta interesante para un trio que no suele tocar seguido ni habitar los grandes escenarios porteños. Los viernes en la ciudad suelen ser de por sí complicados, y para lo mi lo era doble, así que llegué cerca del horario anunciado para el inicio del show. Aún así pude ver el final del set de Billy James and His One Man Band, un uruguayo que toca blues del delta con su slide guitar mientras usa sus piernas para percutir un bombo y marcar el pulso en el hi-hat. Interesante el sonido, aunque a primera escucha a mí me resultó un tanto repetitivo y lineal. No dejó de ser un buen “amenitie” para la espera del show principal, puesto que lo hice a garganta seca; la barra del Vorterix deberían clausurarla por mal gusto: apenas esa bebida que pretende ser cerveza llamada Quilmes y Fernet con Pepsi (!).
Como si para abocarse al nuevo trabajo fuera necesario calentar motores, el trio dio inicio al show con varias citas de “Doble A”, el disco anterior de Andrea, de 2008: “Alter ego”, “Calladitos”, “Doble A” y “Sapo”. Y si bien el disco aquel y el nuevo tienen muchos puntos en común, en este nuevo trío con Tomás Brugués en guitarra y Lonnie Hillyer en bajo, la propuesta sanguínea de Andrea parece haber encontrado a sus mejores intérpretes. Las premisas son claras, un riff basta para desatar la energía de una banda que toca cada tema como si fuera el último. La potencia es arrolladora, y aunque esta vez la produccción del disco corrió por cuenta propia, el rastro de Jim Diamond y el espíritu de Jack White se perciben todavía en muchos de los temas nuevos. El disco finalmente debutó con “RU fucking with me”.
Como en toda presentación (y más tratándose de una artista que ha colaborado con infinidad de músicos), hubo invitados. Conce Soares fue la primera, y es una percusionista que Andrea conoció en el proyecto “Se trata de nosotras”, un colectivo de artistas femeninas que desde Enero giran por el país concientizando acerca de la trata de personas y la divulgación del número 145 para denuncias. Y el aporte de la percusión fue fundamental para que “Olas” (de “Dormis?” 2004) tuviera un pasaje al que la guitarra de Brugués terminará por darle un tinte “santanesco”. “Se pudre todo” (un tema que ya había tenido una versión de descarga digital y que fue regrabado para “Y lo dejamos venir”) es un grito casi apocalíptico, y “Vende humo” un desafío en modo futbolero que la cae tan perfecto a un político mentiroso como a las promesas vacuas de un ex.
Aunque desde que salió “Doble A” yo dije que el grupo de Andrea Alvarez es el Pappo's Blues de nuestro tiempo, el formato trío en el rock argentino tiene en Manal a su primer gran exponente. Y no fue casual entonces que “Porque hoy nací” haya formado parte del setlist. Andrea estaba contenta y divertida. Emocionada con el lugar, con la gente que había ido, pero especialmente, visiblemente orgullosa con su nuevo trabajo. En escena, su brazo izquierdo en alto por sobre la batería al final de cada tema cuenta como un pararrayos que se extiende para recargar la energía liberada en la interpretación del tema anterior, pero es también sinónimo de victoria. De la victoria de una heroina baterista que con cada tema tema y cada golpe de tambor derriba uno a uno los mitos machistas del mundo del rock.
Richard Coleman fue el segundo invitado, que empezó participando en “Toxico”, pero que escencialmente subió para hacer “Despertándote”, el tema que cierra el disco, y está dedicado a Gustavo Cerati. Y aunque la canción resulta una expresión de incomprensión ante una ausencia inesperada, en un disco cuyo uno de sus vectores es la desidia ante los alertas, el final de Gustavo no deja de resultar una paradoja. Por cierto, nadie lo nombró, pero todos sentimos que su espíritu nos sobrevoló en ese instante. Que de tan intenso mitigó mi pena porque no haya tocado “Aleluya”, la maravilla que hicieran en conjunto para “Doble A”.
“Y lo dejamos venir” (el tema) es un blues denso, pesado, brumoso con un grito agudo como estribillo que marca el punto más alto de Andrea desde lo vocal, y que no hace otra cosa que confirmar mi cita a Pappo's Blues. Después quedó tiempo para el tercer invitado, Mariano Martinez , que participó de “Te lo juro” y “Lastima todo”. Se había hablado de Mollo como invitado también, pero aparentemente una gripe lo dejó afuera.
Hacia el final se encaminaron “Vamos viendo” y “Muerto”, de “Doble A”. “Cargué mi cruz, jugué morir, resucité y te parí. Estás muerto”. Así es todo en las canciones de Andrea Alvarez. No requiere de grandes frases ni juegos de palabras. Son expresiones brutales, honestas, tan elementales como contundentes, expelidas con una fuerza imposible de contradecir y montadas sobre riffs que desentumecen al músculo más agarrotado. Y si el disco ya de por sí es capaz de expresarlo, en vivo la performance duplica el efecto. Las piernas zapatean el piso con cada golpe de redoblante, y en la pista unas chicas chispeadas se atreven a un pogo que reparte salpicaduras de la cerveza que emana de vasos a medio beber.
“Alucinado quiero vivir” propone Pappo en “Algo ha cambiado”, el tema que Andrea Alvarez y su trio (otra vez con Mariano Martinez sobre el escenario) eligieron para cerrar el concierto. Y sí, alucinado, no había otra manera de sentirse después de semajante dosis de rock. Tan convincente resultó, que cuando las cortinas del escenario se corrieron y mientras los oidos aún no dejaban de zumbar, nadie se atrevió a pedir nada más. No solo quedaba la convicción de que la banda lo había dado todo, sino la conciencia de que nuestros cuerpos ya no podían recibir más.






jueves, 18 de junio de 2015

Johnny Marr en Niceto 2015

Cuando hace un año y pico me fui de Niceto después del primer show en solitario de Johnny Marr en la Argentina (el evento resultaba un sideshow del Lollapalooza 2014, en el que le dieron poco espacio y lo confinaron a un horario demasiado temprano), lo hice con la convicción de que lo veríamos de nuevo por estas tierras. Era una sensación difícil de explicar, que se basaba más en una propia intuición (que a decir verdad, ha fallado más de una vez) que en la promesa del músico, pero que como expliqué en la crónica de entonces, se sustentaba en que a Johnny Marr lo seguía el nucleo “duro” de fans argentinos de los Smiths, y eso me hizo pensar que semejante tenacidad merecía recompensa. Y desde ya, con las emociones de la primera experiencia frente a frente a flor de piel, que había reciprocidad en lo ferreo de la incipiente relación.
Pues bien, pasó muchísimo menos tiempo que el imaginado, y fue la gira de presentación de “Playland” la que lo trajo de nuevo a la Argentina. Y como si aquella intuición resultara una verdad constatada por el universo, la cita se consumó en el mismo espacio: Niceto Club de Palermo. Con un clima bastante más frio que la primera vez, pero solo afuera del recinto. Adentro Niceto estaba desbordado de gente e igual de cálido que un año atrás.
En cuanto a estructura, el show tuvo casi la misma que la del año pasado. Temas propios y las canciones de The Smiths (más algún cover), mechadas en los momentos cruciales del concierto. Si alguien que fue a aquel y no a este intenta imaginárselo, le bastará cambiar un par de nombres en la grilla, reacomodar no más de dos o tres temas y listo. Poque aunque ahora los discos propios son dos, la esencia de la intención del guitarrista de Manchester parece ser incluir una presencia bien notable de su pasado más glorioso en los shows. La etapa actual de Marr lo muestra en su momento más inspirado desde la lejana separación de los Smiths, y tal vez sea esa inspiración la que haga que el combo presente/pasado resulte imposible de divorciar.
La apertura (tan puntual como en 2014) fue con “Playland”, el tema que le da título al segundo trabajo solista. Post punk en su versión más pura, que podría sonar a destiempo y que sin embargo convence de entrada. Y en seguida “Panic” provoca el primer pogo de la noche. Yo ya no estoy para grandes sacrificios físicos a la hora de vivir un show, pero la estampida me perdió entre la gente y emergí a unos pocos metros del escenario, privilegiada posición que mantuve hasta el final del concierto. Había llegado bastante sobre la hora, había pasado por la barra, y el amontonamiento me había impedido acceder del todo a la pista.
Hablando de posiciones, la vez pasada estuve en el que se supone que es el VIP, arriba y bien cerca del escenario, pero también de uno de los parlantes que me atronó y que no permitió que disfrutara de todos los detalles de la banda. En esta oportunidad sucedió todo lo contrario, y es notable gozar de un grupo que a la medida del talento de Marr, es pura energía cuando corresponde, pero muestra infinidad de detalles y exquisiteces en cada arreglo, con un sonido en vivo que es sumamente más poderoso que el que el cuarteto alcanza en su versión de estudio. Así sonaron por ejemplo “The right thing right” y “25 hours”, una de cada uno de sus discos solistas. Y esa energía se vuelve dance irresistible con la celebradísima “Easy money” y una linea de bajo que le debe su existencia a la inspiración de Peter Hook. “New town velocity” es dueña de una sugerente belleza y es una excelente decisión que sea una de los temas de “The messeger” que hayan permanecido en el setlist.
Para los ansiosos que chusmeamos los detalles de la gira no resultó una novedad, pero no por eso no dejó de ser una bendición, que Johnny Marr nos regalara “The headmaster ritual”, aquel tema que abría “Meat is murder” y cuyos arreglos de guitarra bien justifican el paso de Marr por este mundo. El bueno de Johnny entendió cómo venía la relación con el público, colgó una bandera argentina con la inscripción “Johnny genius Marr” en el escenario (regalo de fans, seguramente), se adelantó varias veces durante los solos, respondió con gestos a los elogios y esta vez no nombró a Kun Agüero, que por estos días es nuestro y solo nuestro.
El show fue breve, compacto y bien dosificado. “Back in the box” y “Generate! Generate!” nos pusieron lo pelos de punta, “Bigmouth strikes again” nos reclamó más energías, cantamos el estribillo de “The messenger”, disfrutamos de “Candidate” (tema nuevo tocado como adelanto el año pasado), volvimos a bailar con “Getting away with it” de Electronic, y despedimos a Marr repitiendo eso de que “never never want to go home” y que si esa noche era la última, nada nos importaba un carajo. “There is a light and it never goes out” es un hit, un mantra, y funciona como un mutuo agradecimiento eterno: “the privilege is mine”.
El regreso no se demoró, y esta vez Johnny Marr abandonó la pretensión de ponerse a la par de su ex compañero de juventud en “Please, please, please let me get what I want”, aunque no se resignó a abandonar a los Smiths para el primer paso de los bises. Entonces hizo “Stop me if you think I've heard this one before”. Después “Upstarts” y terminó el show en una versión de la banda más oscura, recargada de guitarras por momentos superpuestas y saturadas. Primero un cover potente de “I feel you” de Depeche Mode, casi para congraciarse con este cronista y su nuevo proyecto radial, y por último ese temazo que es “How soon is now”. Algo que se sabe desde siempre, pero que expuestos los sentidos ante una nueva escucha, es imposible dejar de repetir.
Eran 22:35hs, para los que laburamos al otro día resultaba casi ideal. Llegué a casa temprano, justo para la trifulca entre brasileños y colombianos al final del partido. Durante el trayecto de regreso un taxista intentó explicarme por qué el rock empezaba y terminaba con La Renga, pero lo que me dijo entró por un oido y salió por el otro. Podría haber contestado que el rock es “the son and the heir of nothing in particular. You shut the mouth”, pero no valía la pena. 








domingo, 17 de mayo de 2015

Zappa plays Zappa en el Teatro Opera

        Aunque lo mío ustedes bien saben que es hobby, si nos ponemos un poco estrictos lo que va a suceder a continuación será el intento de ustedes, que no saben leer, de tratar de entender lo que yo, que no sé escribir, pretendo contar de la descomunal noche de Dweezil Zappa y su banda en el Teatro Opera. Claro que en este caso no se tratará de entrevistar a nadie, sino simplemente del, de antemano vano, intento de transmitir las sensaciones de una noche única e inolvidable.
         El show del Teatro Opera se había anunciado en el marco de la gira tributo al 40º aniversario de “One size fits all”. Sin embargo el jueves, mientras los jugadores de River se tiraban agua en los ojos tratando de aliviar el ardor provocado por el gas arrojado por hinchas de Boca impotentes ante la evidente superioridad de un rival que los dejaba fuera de la copa en su propio estadio, la banda de Dweezil Zappa descargaba en el show agregado en el Teatro Vorterix, un setlist completamente diferente al de la gira prometida. Eso le puso un interrogante extra al show, que se dilucidó, mientras en Paraguay la CONMBEOL hacía gala de su misericordia infinita para con los agresores poderosos, cuando los puntualísimos músicos salieron a escena e iniciaron el concierto con “Inca roads”.
         Mas allá del jugueteo con la teoría de los platos voladores y las líneas de Nazca, la música realmente parece llegada de otro planeta. No porque uno la conozca deja de sorprenderse, y en esos cortes, idas y vueltas, cambios de ritmos y climas, la música interpela, exige, incomoda y termina seduciendo a fuerza de una precisión implacable y una interpretación sentida y cercana a la perfección. Los climas se construyen en función del álbum, el jazz fusión del comienzo, la cadencia de “Sofa nro1”, el groove de “Po-jama people”, el rock progresivo con el sello bien ‘70s de “Florentine pogeon”, en un combo de recorridos musicales que en “San Ber’dino” parecen encontrar su punto de comunión. Continua en “Andy” y cierra con “Sofa nro 2”.
          Para que todo lo que había sucedido hasta allí, y para que se consume la orgía musical que lo sucedió, hubo una banda integrada por músicos notables que lo permitieron. Dweezil muestra como aprendió cada detalle de su padre a la hora de tocar la guitarra, y con una humildad delicada dirige a sus compañeros de banda, que parecen haber hecho el mismo recorrido que él, pero sin lazo alguno de consanguinidad. Chris Norton inventa sonidos en los teclados, se luce en los momentos más jazzeros de la noche y es dueño de un falsete imprescindible a la hora de temas como “Inca roads”. Ryan Brown marca los tempos desde a batería, y golpea los tambores dirigiendo los pasajes más anárquicos en términos de ritmo y contrapuntos. Kurt Morgan toca el bajo casi siempre de perfil al público, rara vez se pone de frente y tiene un gancho muy particular con Sheila Gonzalez, ya que por momentos se aíslan y parecen tener su propio goce compartido al margen de la banda. Seguirlo con el oído solo a él, por momentos es lo que hice, resultó un placer inigualable. Precisamente Sheila Gonzalez es un imán. Toca teclados, saxos, flauta, aporta voces, pero esencialmente vive la música con su cuerpo. Baila, zapatea los ritmos, sonríe siempre, se adelanta, se complota con Kurt, y hasta es la primera en animarse a una arenga al público cuando detecta que el coreo de la gente permite acoplarse a algún pasaje musical reconocible. Por último Ben Thomas es el que con su voz grave (sin desmerecer el resto de sus aportes en vientos y guitarras) nos permite cerrar los ojos  y sentir que el universo está consumando lo que el cáncer de próstata nos privó a fines de 1993. Mas allá de que el apellido ya lo colocaba lejos de esa calificación, Zappa plays Zappa es mucho más que una banda tributo.
   Luego de “One size fits all”, Dweezil nos comunicó, y Sheila tradujo, que en ese momento era el cumpleaños número siete de su hija Ceylon. Así que le cantamos un feliz cumpleaños, que fue grabado por un asistente, y que le llegará via web como regalo. Después sí se empezó a consumar un espiral de éxtasis tal, que terminó cerca de medianoche con la gente de pie, agolpada contra el escenario, bailando, sacando fotos, y repartiendo brazos estirados a modo de saludo. Al happy birthday en honor a Ceylon, Dweezil nos gratificó con “The torture never stops” (no me voy a extender, pero imposible no señalar la vigencia de esas palabras en el USA del presente) y “The black pages #2”. Y a medida de que el show avanzaba se fue haciendo presente el humor, otra de las características imprescindibles a la hora de convocar el arte de Frank Zappa en su versión más completa.
      Seguir el setlist de memoria es imposible, ya habrá quien se encargue de citarlo con precisión, pero hubo tramos especialmente participativos por parte del público: “Baby snakes” seguida del encolerizado “I’m so cute”, por ejemplo. Un placer detenerse en  los gestos de sorpresa de los músicos cuando la gente coreaba “Peaches en Regalia” como si se tratase del riff más predecibles y el actual hit radiofónico.  Y como si fuera poco (y en el mismo orden que en “Hot rats”) le siguió ese blues podrido extraordinario que es “Willie the pimp”. Captain Beefheart también merecía al menos una cita en la noche (y no sería solo una).
        A la música de Frank Zappa no se la puede querer a medias. Al que le gusta, le gusta en serio. Por ese motivo quien lea esto y no haya estado anoche, se estará maldiciendo cuando lea títulos como “Uncle Remus”, “Cosmik debris”, “Trouble every day” y “The grand Wazoo” (impecable Sheila Gonzalez en el saxo). Una cantidad indecible e inclasificable de clásicos, como si Dweezil estuviera pagando la deuda que su padre dejó al no visitar jamás el continente. Y no había mejor manera de homenajear a Frank que con “Sinister footwear”, el elegido para cerrar el concierto. Impredecible, inclasificable, hasta ilógico si uno se limita a la formalidad y pretensión de la mayoría de la música a la que accede habitualmente.
        Para el momento del regreso y los bises,  ya la gente de la platea se había agolpado sobre el escenario. Sonó “Dancin’ fool”, como para que baile todo el mundo. Un (no tan) pibe sacudía su brazo al ritmo de la música como colgado de un para avalanchas, sentado en el borde del escenario. Una chica bailaba moviendo su cuerpo casi con la misma anarquía que la música. Otra fue invitada a subir por Ben Thomas para las preguntas de rigor: querés tomar algo? sos judía? Sos de Libra? Alguno aprovechó para una selfie con los músicos. Pasó "I'm the slime" y el final arrollador con “Muffin man”, como para no olvidar nunca. Como para salir zapateando a Corrientes, para masticar una porción de pizza y comprobar que uno era capaz de volver a cerrar las mandíbulas, de una boca abierta por la admiración, la sorpresa y el avasallamiento de una música única, de una banda notable y de una historia que por fin, hijo mediante, se había consumado.







                

sábado, 25 de abril de 2015

El Cuarteto de Nos en el Luna Park - Presentación de "Habla tu espejo"

   Por lo general prefiero ver a El Cuarteto de Nos en vivo a la hora de la presentación de sus discos, y siempre lo hago con las canciones con varias escuchas en su haber. Pero en este caso en particular el interés era doble. Después de la trilogía “Raro”, “Bipolar” y “Porfiado”, la banda uruguaya se despachó con disco de quiebre extraordinario. Con los mismos argumentos musicales de siempre e idénticas fórmulas a la hora del entramado de palabras, pero con una mirada personal, en donde la ironía, el inconformismo y la inmadurez dan lugar a devaneos existenciales, cuestionamientos filosóficos y un repaso por las incertidumbres de la adultez, como el paso del tiempo, hijos, padres, la memoria y la trascendencia. Y si bien “Habla tu espejo” no es estrictamente lo que se se suele calificar como un disco conceptual, tiene una ilación y una lógica en el orden de aparición de las canciones, que me llevó a imaginar (erróneamente, como no tardaría en descubrir) que la presentación se haría de un tirón, respetando el armado del álbum.
   En un Luna Park casi colmado (estimo que se trató de su show más convocante en Argentina), poco más de diez minutos después de lo pactado, abrieron con “El aprendiz”, tal vez la canción nueva que mejor linkea con la trilogía que los volvió masivos. Pero no solo eso fue lo que me llevó al pasado. A principios de siglo, y cuando aún no cruzaban con asiduidad las fronteras del Uruguay, El Cuarteto de Nos tenía una canción sarcástica para con el death metal llamada “Mamá, el bajista me está pegando”. Y durante buena parte del primer tramo del show me sentí maltratado por una mezcla que dejó al bajo demasiado al frente y con un grado de saturación que por momentos impedía comprender lo que cantaba Roberto Musso. A mi alrededor las caras de espanto fueron varias, mientras que en el campo la gente celebraba y cantaba a viva voz sin rastro alguno de semejante incordio. Tal vez no haya sucedido esto en todos los sectores del estadio, pero con la tecnología sonora con la que se cuenta hoy en día cuesta creer semejante desatino, que fue una enorme mancha en el show.
   “Ya no sé qué hacer conmigo” y “El hijo de Hernandez” confirmaron que la presentación del disco no sería lineal, y el inconformismo primero, y la definición por oposición luego, levantaron a la gente que se sabe las letras de memoria. Santiago Tavella y su“ Enamorado tuyo” cerraron ese primer tramo de la presentación. Varias pantallas detrás y por sobre la banda emitían imágenes fugaces, coloridas, por momentos geométricas, que en consonancia con flashes por decenas, conformaron la puesta de un grupo que no suele exagerar a la hora de la escenografía.
   El tema que le da nombre al disco tiene un estribillo pegadizo y concentra el espíritu del trabajo: un auto reconocimiento impiadoso, sin concesiones. “Cómo pasa el tiempo” se introduce en la filosofía de interpretar el concepto de tiempo, que se resuelve en un “Carpe diem” imperativo. En medio de ellos varios pasajes anteriores que se acoplan perfecto a las nuevas canciones. Roberto Musso escribe por lo general en primera persona, y aunque uno sabe que eso no necesariamente convierte en una confesión de por sí a cada canción, facilita que “Asi soy yo”, “Breve descripción de mi persona” o “Cuando sea grande” resulten creíbles y hasta lógicas en el contexto del proceso de reflexión personal de “Habla tu espejo”.
   “Whisky en Uruguay” es una reinvención del “Whiskey in the jar” irlandés, que yo conocí por Thin Lizzy, otros por Metállica, y que tiene infinidad de versiones. Ya habían hecho algo parecido tiempo atrás con el “Mr. Postman” beatle devenido en el propio “Bo, cartero”. En el disco esta canción tiene una función primordial: descomprimir la angustia que deja “21 de Septiembre”, canción que en el show terminó sucediéndola. Roberto Musso canta sobre el Alzheimer de su madre de una manera desgarradora, sobre una melodía bellísima y con unos hallazgos poéticos que estremecen. Es imposible no terminar con los ojos enrojecidos con esa historia en la cual un primer beso como recurrente recuerdo resulta el único anclaje de un ser evadido de la persona que fue algún día. La fecha con tono primaveral no es casual: es también el día que el mundo dedica a concientizar sobre la enfermedad. Cuesta no quebrarse al oirla, y es admirable la entereza de Roberto al cantarla.
   “No llora” es otro de los puntos cruciales del disco. La paternidad y la inquietud sobre la fortaleza de una hija que alguna vez tendrá que vivir en el mundo sin la protección paterna. La mirada condescendiente, la construcción de un futuro imaginario para el devenir de una niña que aprende a dar sus primeros pasos y a transitar las primeras adversidades, son las vacilaciones que expone la canción que transmite alta dosis de emotividad. Antes había sonado “Algo mejor que hacer” y luego siguió “Pobre papá” en donde un Santiago Tavella, con su tupida barba entrecana y su puño izquierdo levantado resulta un Carlos Marx, pero cuyo manifiesto es una apología a la fiaca digna de Roberto Arlt.
   A la hora de definir hits, ese sitio en “Habla tu espejo” le corresponde a “Roberto”. Dentro del álbum es el momento en el que aflora la conciencia. Base hip hop típica del Cuarteto , un compilados de consejos para atravesar desventuras y contratiempos, y una sentencia: el día que no escuches estas voces es que vas a estar muerto. Desde allí el final se encadenó con la eufórica “Miguel gritar”, y ese divague surrealista y pop que es “Yendo a la casa de Damian”.
   Mientras esperábamos el regreso al escenario, me quedé pensando en que tres canciones del disco habían quedado afuera, y que posiblemente (ahí sí acerté) no sonarían en los mal llamados bises. “De hielo” (en donde el amor trastoca a un personaje destemplado a fuerza de desvelos y desengaños), la prepotencia optimista de “Caminamos”, y “Un problema menos”, el casi resignado cierre del disco, en donde el personaje inconformista y provocador, asume que en el mundo que lo trascienda apenas se lo recordará como un escollo salvado. Esas ausencias en medio de un disco de un recorrido metódicamente estructurado, a mi juicio hicieron que el show resultara trunco en tanto presentación.
   Desde ya que de ninguna manera esas elucubraciones que empezaba a crear mi mente y que concreté en el párrafo anterior hicieron que deje de disfrutar lo que siguió. De “Porfiado” llegó “Todos pasan por mi rancho”, luego “Me amo” y como la venganza es un plato que se sirve frio, para último momento quedó “Benito”. Aunque la despedida definitiva fue con la suma de desgracias del “Invierno del 92” y la hija de Musso saltando y bailando por delante de la batería.
   Me fui feliz, volviendo a cantar para mis adentros varias de las canciones, pero con una íntima sensación de que el show resultó algo modesto en función de las posibilidades que permite un trabajo brillante como “Habla tu espejo”. Aunque tal vez la culpa sea de mis pretenciosas expectativas de adulto, y a mí también me corresponda un profundo reconocimiento frente a un espejo, antes de seguir juzgando a los demás. Qui lo sá. 





sábado, 4 de abril de 2015

Semana Santa con Audia Valdez, Martín Rodriguez y Marco Sanguinetti 4et

                No sé si por el fin de semana largo, o porque dos de los últimos tres posteos que subí al blog coinciden con los artistas que estuve viendo estos días, pero lo cierto es que estuve a punto de no subir nada, y guardarme las sensaciones para mí solo. Pero al final la pasé tan bien escuchando música en vivo estos días, que decidí armar esta crónica a medias, contando un poco de cada uno de los shows que fui a ver.
                En el primer caso, estuve viendo a Audia Valdez en el Sky Bar. La última vez que la había visto, Eloisa Lopez había podido presentar una propuesta integral y audio visual que me fascinó. En esta oportunidad se trató de un show compartido con Martín Rodriguez (otro artista de Twitin Records, próximo a editar su nuevo material por el sello), y en una versión a la que podría calificar de minimalista. El Sky Bar es un recinto en el piso 13 del Hotel Pulitzer, abierto a todo el público  que tiene su mayor razón de ser en el after office de entre semana. Un jueves santo solo estaba poblado por algún ocasional visitante, pasajeros del hotel y los que específicamente fuimos a escuchar música. Buena previa con música francesa contemporánea. El clima ayudaba (es una terraza semi cubierta), y la excusa era la mejor.
                Abrieron con “Espiral”, una canción de Eloisa de su disco “Por un paisaje”, y en general el show se concentró en los temas de “Fotogramas”, el último trabajo de Audia Valdez, algún anticipo de Martín Rodriguez , y varios covers. Mucha pista, la guitarra de Martín y un bombo legüero. Al escuchar las canciones de “Fotogramas” cada vez me gustan más, y confirmo la primera impresión: se trata de un trabajo para descubrir con cada escucha, para interpretarlo, disfrutarlo, y al que el tiempo mostrará cada vez más maduro. Los sonidos son bien adaptados al formato reducido, y aunque hay canciones como “Fotogramas” que relucen con el mismo brillo que en el original grabado, hay otras  que encuentran su propia identidad en los arreglos de ocasión (“Dos mentes”, “Evolución”).
                No conocía las canciones de Martín Rodriguez, y por lo poco que escuché el jueves se trata de melodías luminosas, con reminiscencias folklóricas, y la impronta de Cerati y Spinetta rondando a cada una de ellas. Lindos arreglos, guitarra delicada y una voz llana que sabe decirlas y hacerlas lucir. En medio, y tal vez apuntando al público desprevenido, una potente “Ana no duerme”, el tributo a Cerati con “Cosas imposibles” y una gran versión electrorock de “Across the universe”. En definitiva, hermosa tarde/noche de jueves, en un espacio que si no fuera por los precios de su carta, sería ideal.
                Anoche volví al Bebop Jazz Club para volver a escuchar a Marco Sanguinetti. Pero en este caso no se trataba del proyecto versionando a Radiohead, sino el regreso con su cuarteto y sus propios temas, en especial del disco “Ocho”, último trabajo producido por Manza Esain.  La espera en este caso estuvo amenizada por unos quesos y la herejía del crudo y la bondiola, acompañados  de unos cuántos tragos de la mejor versión de la sangre de un Cristo, que en modo Houdini on, por esas horas debería estar cavilando cómo zafarse de las ataduras romanas.
                El concierto abrió con “Cuchillo”, y a lo largo de algo más de una hora nos mantuvo a todos en vilo con una música zigzagueante, capaz de crear y romper climas, y que tiene como guía un rastro urbano que pareciera ser el hilo conductor entre el vértigo y la melancolía.
                Además de un posesionado Fermín Merlo en batería, y el aporte de DJ Migma, el cuarteto se completa con el contrabajo de Nicolás Ojeda. Sonaron temas de “Ocho” (“Claramente”, “Navigator”), “Sucesos” (de “El otro”-2011), y un par de nuevas composiciones. La primera con un motivo que se repite y que gana en intensidad con una notable percusión que interpreta a la perfección el caos contenido que propone la música. La segunda se trató de una melodía sutil, sentida y con aires de nostalgia. Hubo algo también de Radiohead, para cerrar cada uno de los dos tramos en los que se dividió el concierto: primero con “Airbag” y luego “Black star”.
Victria Zotalis hizo su aparición para el único tema cantado de “Ocho” (“La ventana”, con Marco Sanguinetti en armonio), y para el cierre quedó (en un bis anunciado, que no terminó siendo bis) el tramo final de “Dark side of the moon”, con citas al one hit wonder de Blas Parera.

Cuando salí me di cuenta de que había recorrido las noches del jueves y viernes santo, a una ciudad que a nivel del suelo estaba atravesada por piquetes en forma de procesiones, comiendo, bebiendo y escuchando música en terrazas y sótanos. Sutil manera de transgredir la mía, ja!





domingo, 22 de marzo de 2015

Lollapalooza 2015 Dia 1 - Jack White + 10

            Uno de los grandes problemas de los mega festivales es que puede suceder que haya artistas que uno quiera ver sí o sí y toquen a horas insólitas. Como el caso de St. Vincent para esta primera fecha del Lollapalooza 2015. Espero que quienes hayan podido verla la hayan tratado lo suficientemente bien como para tentarla a volver, porque yo no llegué. Al margen del horario, el hipódromo de San Isidro queda lejos y trasmano y para los que trabajamos medio día, nos resulta imposible llegar a tiempo para esos primeros sets. Pésima elección de zona para un festival. Y seguro que alguien de Zona Norte que lea esto estará pensando “pero nosotros siempre tenemos que viajar, era hora que por una vez los porteños muevan el culo”. Y yo digo: no. Cada uno se mueve acorde a su hábitat y costumbres, y no le pidamos al chancho que migre. Para eso Dios (!) creó a las golondrinas  y a los de Zona Norte.
            Bien, como había previsto según mis cálculos, llegué para el final de Interpol. La verdad es que con ellos tenía una mala experiencia, y del show gratuito que dieron en Puerto Madero me fui media hora antes completamente hastiado. Pero mientras buscaba lugar para tirarme un ratito en el pasto después de los dos millones de kilómetros que hay que atravesar dentro del hipódromo si se entra por Santa Fe para llegar a la zona de los escenarios, “Slow hands” sonó como la mejor bienvenida. Y para entonces ya estaba en clima.
            Se supone que una de las gracias de estos festivales es pasear de escenario en escenario y escuchar un poquito de cada cosa. Pues bien, yo en esto soy muy conservador, así que elegí lo que iba a ver y me abstraje de lo que sucedía a mi alrededor. Y para la hora en que yo llegué, todo se repartía entre los escenarios 1 y 2.  Al término de Interpol, llegaba The Kooks, luego Foster The People, y finalmente Robert Plant y Jack White como plato fuerte.
            Con respecto a las dos primeras bandas me pasó algo extraño: si bien ninguna de las dos me impresiona demasiado, esperaba menos de The Kooks, y algo más de Foster The People. Tal vez un hueco hipster en mi espíritu, no sé. Y resultó al revés. Porque si The Kooks que arrancó medio demagogo, prolijo y no mucho más, a la altura del tercer tema sonaban de primera y derrochaban energía. “It was London” y “Bad habit” resultaron un dueto fantástico. Aunque la gente coreó “Seaside” junto a Luke Pritchard, a mí esa versión de la banda me resulta menor. Lo mismo cuando se pretenden una banda de power pop. Sin embargo cuando se ponen más bailables es en donde se vuelven más interesantes, como en el caso de “Forgive & forget”. Eso sí, cuando los tipos tocan un hit irresistible como “Junk of the heart (happy)”, uno comprende que solo por haber hecho eso se merecen todo lo bueno que les pase.
            Para el caso de Foster The People, mi expectativa estaba puesta en una experiencia algo más psicodélica, que nunca sucedió. Es cierto que esa característica en ellos aparece en cuenta gotas, pero mi mente imaginó que el vivo le podría abrir más espacio a esa veta de la banda. Pero no sucedió. Y si bien parte de la decepción pueda deberse a mis expectativas equivocadas, lo cierto es que los tipos me resultaron una heladera. Si el viento del sur había traído de prepo al otoño disfrazado de invierno la noche anterior, Foster The People se encargó de consolidar el reinado del frio. No es que los temas estén del todo mal, hay cositas interesantes, pero a mí no me generaron absolutamente nada. Paradójicamente cuando sí se pusieron a tono a final del set, especialmente a partir de “Call it what you want”, la gente se les empezó a ir y repartir entre los dos escenarios linderos, esperando los sets de Cypress Hill por un lado, y Robert Plant por el otro. “Pumped up kicks” por supuesto fue la mejor manera hitera de empezar a despedirse, cosa que sucedió definitivamente con la guitarrera “Don’t stop (color on the walls)”.
            A Robert Plant lo había visto en el Luna Park en 2012 y considerando la ausencia de nuevo material y la consolidación de los Sensational Space Shifters como banda de apoyo, no esperaba nada nuevo. Simplemente la felicidad de estar frente a frente ante uno de los máximos próceres del rock. Sin embargo Plant me sorprendió. De aquel show de 2012 extrajo los momentos más bluseros y rockeros, dejó de lado los temas más étnicos, acomodó el setlist al contexto de festival y privilegió los clásicos. Y literalmente, la rompió. Le costó algo engranar con la voz durante el “Baby, I’m gonna leave you” con el que abrió (notable y lucida intro en acústica a cargo del barbado Liam Tyson), y después fue tomando temperatura. “Tin pan valley” y “Rainbow” le abrieron paso a “Black dog” y su riff bluseado, que le encuentra una vuelta de tuerca fantástica al clásico. En el medio aparecieron las intervenciones de Juldeh Camara y su violín africano de una cuerda, que construye pasajes de auténtico trance en medio de las canciones. “Going to California” y “Ramble on”, cada una en su clima, son los temas que Plant toca lo más fiel posible a las originales de Zeppelin, y en momentos como el “Spoonful” de Willie Dixon o “Fixin’ to die” de Bukka White (lucimiento a cargo del otro violero, Justin Adams), la banda saca lo mejor de sí. Los samplers y efectos disparados  John Baggot (frecuente colaborador tanto de Massive Attack como de Portishead) son los que le aportan al grupo los sonidos más modernos. El cierre fue con “Whole lotta love” en mix con “Who do you love”. Contradiciendo el correcto comportamiento en los festivales que aconsejan la ausencia de bises, Plant volvió al escenario para hacer “Rock and roll” cuando la gente ya se acomodaba para ver a Jack White.
            La gente no se había terminado de pasar del frente de un escenario a otro cuando la banda de Jack White ya había salido al escenario y arrancado con “Just one drink”. Y fue un anticipo perfecto: todo fue así. Urgente, sin pausa, adrenalina al máximo sin descanso. Que Jack White haya repartido el set entre todas las etapas de su carrera es lo de menos. Que haya pasado por The Raconteurs con “Broken boy soldier”, por White Stripes con “Dead leaves and the dirty ground”, y hasta haya metido un cover de Gene Vincent como “Baby blue”, nada de eso fue lo trascendental. El tipo es un compilado perfecto de la música norteamericana. Un manual abierto del folk, del country, del blues rural, del blues en general y por supuesto del rock and roll. Sabe todo, porque antes de músico es un gran melómano y aplica todo ese conocimiento a sus temas y a su concreción en vivo. Es un concierto por momentos cocainómano, porque hasta para hablar con el público Jack parece apresurado. Como si la misión fuese liberarse de una sobrecarga de energía a lo largo de la hora y media de show. Con una banda extraordinaria a la que dirige con gestos y órdenes al oído. A la que la muerte de Isaiah Owens no la afectó, y en la que se destacan el baterista Daru Jones, y la violinista y cantante Lillie Mae Rische.
            Cuando suceden momento con el concierto de anoche es casi imposible transmitir las sensaciones con palabras. Ver a Jack White en vivo fue como gritar setecientas veces en dos horas el gol de Pisculichi a los bosteros. Un éxtasis total, pero que además está lleno de música y condimentos que hacen que el tipo sea una bendición y lo mejor que le pasó al rock en el siglo XXI. Ese rock que han dado por muerto tantas veces y que gracias a Jack White se ganó cien años más de vida. “Lazaretto” es un disco del carajo y en vivo suena aún mejor. Y los muchos temas de White Stripes que tocó, se muestran más vitales y expansivos cuando abandonan el minimalismo original, como “We’re going to be friends” o “Ball and biscuit” (ya en la segunda parte de show).  Cuando Jack White cierra la primera parte del set con “Power of my love” de Elvis Presley, representa de manera perfecta al pasado y presente del rock al mismo tiempo.
            Si en todo ese primer tramo el concierto había hecho méritos para ganarse el adjetivo de descomunal, el cierre fue todavía mejor. Primero la sorpresa, el riff de “The lemon song” y la presencia de Robert Plant sobre el escenario, algo que yo había soñado pero que como no se había dado en Chile, creí que jamás se concretaría. Y la cita al “Killing flor” de Howlin’ Wolf, que en voz de Plant y en medio de ese tema, es casi una confesión de parte. Sin duda a la hora del racconto será EL momento de esta edición del Lollapalooza argentino. “Steady and she goes” y “Little bird” prepararon el terreno para la apoteosis que significó el final definitivo con “Seven nation army”. Lo único que podrá superar a Jack White será el mismo Jack White. Inolvidable, a la altura de los mejores conciertos que vi en mi vida.  
            Para el cierre de la jornada quedaba todavía a Calvin Harris, pero después del despliegue valvular de Jack White, resultaba una herejía. Me volvían a la cabeza los prejuicios y aquello del “trabajo honesto” del que hablaba Pappo. Así que aproveché para huir, además por aquello de las distancias, y que en horario nocturno se podía duplicar el trastorno. Sin embargo un colectivo al que ni siquiera le vi el número pero que decía “Puente Saavedra” me sacó rápidamente de allí; sumado a que en General Paz me esperaba con el motor encendido el único 133 que queda con vida, convirtieron al regreso en un trámite.  Lla sucesión de hechos fortuitos me permitió que una media de la mañana haya estado en Flores devorando unas porciones de pizza con la misma voracidad con la que Jack White toca su guitarra.






sábado, 7 de marzo de 2015

Marco Sanguinetti plays Radiohead - Bebop Jazz Club

            Recién al empezar a escribir me di cuenta de que este era el primer post de 2015. Raro, porque por lo general a esta altura  del año ya tuve un par de conciertos vistos dignos de comentar acá. En realidad, ahora que lo pienso, lo que no hubo fueron posteos, porque durante enero la vida me permitió conocer algunas ciudades europeas y la música en muchos casos funcionó como guía turística. Pero además me pude dar el lujo de ver a Vincent Delerm actuar en el Olympia de Paris. Y si bien por estar mente y cuerpo de vacaciones no lo comenté, no lo puedo dejar de citar por dos motivos. El primero para darles un poco de envidia (que asumo será de la sana), pero el segundo y principal es porque aquella noche Delerm, quien se caracteriza por su arreglos prolijos y a veces hasta orquestales en su manera de abordar la chanson, tocó solo con su piano. Y el piano es el protagonista principal de este post.
            Mas allá de algún comentario previo ocasional y muy por arriba, a Marco Sanguinetti lo conocí cuando tocó con su cuarteto teloneando a The Bad Plus en La Usina del Arte. Recuerdo que de aquella noche me quedaron algunas ideas grabadas asociadas a su música: impronta porteña como hilo conductor ante la integración de estilos, y la música como incidencia en el andar cotidiano, a tal punto que lo relacioné con el cine.
            En este caso la propuesta no dejaba lugar a dudas: Sanguinetti Plays Radiohead. Pero lo que yo sí tenía era la inquietud de cómo sería abordarda la música de Yorke y los suyos. Porque a la hora de adentrarse en las estructuras de las canciones de Radiohead, para desarmarlas y reinventarlas, los caminos se pueden cruzar con varios escollos. Hay antecedendes en todos los estilos. En el jazz, Brad Mehldau desde ya, y también los Bad Plus hicieron “Karma Police”. Chistopher O'Riley hizo lo propio desde una óptica clásica hace más de diez años. Incluso hay una versión dub y reggae de “OK Computer”. Pero si había algo valioso en la apuesta de Sanguinetti era agregar un desafío extra: que cada disco de Radiohead tenga por lo menos un tema durante el concierto. Y para quien conozca la discografía de la banda sabrá perfectamente de lo inquieto e impredecible de los caminos transitados por Radiohead a lo largo de su historia, y que este recorrido  sinuoso impide aproximarse a todos los trabajos desde el mismo ángulo de una mirada musical. Acotación extra para cerrar la larga introducción: el Bebop Jazz Club es ideal para este show. No solo por su comodidad y estilo, y porque el jazz tocado en sótanos siempre tiene un plus místico, sino porque además, si hay una versión de Radiohead que más me sorprendió y siempre recuerdo, fueron aquellos videos de “In rainbows” grabados para “From the basement” que los mostraban ensimismados, creando un mundo musical aparte en aquella abstracción.
            Una vez ubicados sobre el escenario Ezequiel “chino” Piazza en la batería, DJ Migma frente a sus bandejas, y Sanguinetti en su piano, el único elemento que decora la presencia de los músicos es la tapa del vinilo de “OK Computer” sobre un atril. Un detalle escenográfico que no es menor, sino una pista. Porque serán esas tapas de cartón intercambiadas tema por tema los únicos indicios que Sanguinetti nos dará sobre cada versión. Eso, y el “preparen sus airbags”, que aconsejaba el flyer en la web, y que nos sumergiría en el concierto. La noche en definitiva no solo se trataba de la música reinventada de Radiohead, sino también del encuentro y desafío entre una cofradía de fans.
            Acumular palabras para describir lo que sucedió con cada canción interpretada anoche resultaría un sinsentido, así que voy a limitarme a contar sensaciones y de cómo me transportó y a qué me remitió cada momento musical. En “Black star” el motivo se repite hasta alzarse en un clima que decaerá hasta recuperar su original calidez. En “I might be wrong” aparece uno de los momentos más jazzeros y emparentado (en especial por el tempo rockero de la percusión) con The Bad Plus. El “Everything in it's right place” de “Kid A” se vuelve chacarera, aunque el 6/8 no alcance para explicar absolutamente nada de lo que escuchamos. Sanguinetti habla de destruir temas, sin embargo no es esa la sensación que llega a mis oídos. Los loops y fraseos siguen sosteniendo las versiones, y el carácter ya de por sí expansivo de la música transita carriles paralelos sin abandonar nunca su guía original. Y a veces sorprende, como en “Creep”, cuando la melodía confesional se consagra en un estribillo digno de una balada de Chopin.
            Hacer versiones instrumentales de canciones que originalmente tienen letra puede desatar varias consecuencias. En algunos casos la melodía despojada puede brillar por cuenta propia y revelar detalles que las palabras opacaban. Pero otras veces, como en la mayoría de los casos de las versiones de Radiohead de Sanguinetti, los patrones obsesivos, paranoicos y enclaustrados permanecen vigentes aún despojados de la letra. Y aunque con esto no quiere desmerecer un ápice al intérprete de anoche, está claro que la virtud está en la cohesión de las creaciones originales.
            La continuidad muestra a “Kid A” con “The national anthem” y un despliegue percusivo extraordinario. Y luego la intimidad de “Motion picture soundtrack” en la que Marco Sanguinetti se aboca con su pequeño armonio. Si bien el aporte de DJ Migma es digno de valorar a lo largo de todo el concierto (cuéntenle a Pappo lo que puede hacer un DJ, desafía Sanguinetti en un momento), por lógica iba a tener su momento más destacado en “King of Limbs”, citado con “Little by little”, luego del tenue pasaje por “In rainbows” con "Nude".  Y a la hora en que el concierto ya había pasado bastante más de la mitad, uno se da cuenta que la propuesta se trata tanto de un abordaje y desafío artístico como de un homenaje. Un gusto personal ahondado por la fascinación con la música de la banda de Abigdon, en el marco de un descubrimiento personal y permanente. Por ese motivo Sanguinetti rescata el valor de “Hail to the thief”, colocándolo entre sus discos preferidos, cuando la crítica (y buena parte del público)  lo ha destinado a la categoría de un disco menor dentro de la discografía de la banda, a la hora de versionar “Scatterbrain”
            Para el final se rompieron todos los misterios (si es que para alguno todavía los había) y entonces el  “Idioteque” que cerró el concierto fue el único tema en ser anunciado por su nombre. Aunque a decir verdad quedó un bis también anunciado, que a pedido del público,  quedó a cargo de la expansiva “Paranoid android”, tema que forma parte de la discografía de Sanguinetti a partir de su presencia en su disco “El otro” de 2011. 

            Mientras Marco Sanguinetti se prepara para regresar a los escenarios con su propia música, quedan dos fechas más para esta más que recomendable propuesta, así que queda hecha la recomendación. Una ideal manera de acompañar la transformación de la noche del viernes en la madrugada del sábado, con una copa de vino en la mano, y una música maravillosa  reinterpretada de la mejor manera. Porque aquel “the sound of the brave new world” del tema de Talking Heads que sirvió para bautizar a la banda homenajeada, anoche se mostró más vigente que nunca.




sábado, 29 de noviembre de 2014

Audia Valdez en Pan y Arte

Si una película resulta una sucesión de fotogramas, recortar cada uno de ellos bien podría significar la capacidad de detener el tiempo. De abstraer. De abstraerse. De mirar y mirarse escapándose de un destino que si uno permite rodar la película no tendrá posibilidad de modificar. Fotogramas, así se llama el disco que Eloisa Lopez plasmó bajo el nombre de Audia Valdez (retomando la identidad de sus comienzos, pero básicamente unificando todos sus proyectos bajo el mismo nombre) y que editó Twitin Records, el novel sello de Tweety Gonzalez. Y como dentro de los muchos y buenos trabajos que se editaron este año en Argentina, “Fotogramas” está entre los que más me gustaron, presenciar su concreción en vivo era un hecho que me debía. Y después de unas semanas de abandono para con las salas de música, no pudo ser mejor forma de retorno.
Pan y Arte en Boedo no suele ser una sala que albergue shows musicales, y aunque la propuesta excedía el concepto musical (el flyer prometía performance audiovisual), lo inusual del espacio le daba un condimento extra a la noche. Y cuando, después de una prolongada previa (la culpa es mía por mi pertinaz y exagerada puntualidad) con ricas empanadas y un dificultoso vino caliente, el show comenzó, esa sensación inicial acerca de la sala, quedó confirmada.
El disco de Audia Valdez tiene muchísimos condimentos interesantes, pero lo que sospecho a mí más me sedujo fue que está cubierto por un manto spinetteano. Y aunque incluya un tema dedicado al Flaco (“Tema para Luis”) esta idea excede ese hecho. Hay palabras, conexiones, mantras, pulsos que a mí me remiten, por ejemplo, a “Madre en Años luz” en cuerpo y espíritu. Escuchar canciones como “Gracias” o “Como brilla” tal vez ayuden para comprender esta impresión. Pero luego de varias escuchas uno comprende que si bien esa impronta se trata de una fuerza inspiradora omnipresente, para Audia Valdez no ese un fin en si mismo, sino la plataforma de lanzamiento de sus propias formas, sonidos, luces e incluso dilemas. Y si hablamos de puntos de partida expansivos, que el show (Un sueño en el que no tenemos nombres, según anticipó Eloisa antes de sumergirnos en la música) haya abierto con “Espiral” no resultó casual.
En “Otras vidas”, el cover de María Gabriela Epumer incluído en “Fotogramas”, hacia el final se repite con insistencia “Esto es un sortilegio para irme del pensamiento”. Eloisa Lopez se apropia de esas palabras y concreta su propio sortilegio en un viaje musical y visual que intenta hurgar, introducirse en el ser, recorrerlo en una especie de autoreconocimiento y luego exponerlo al mundo. Un mundo que es retratado bajo la tensión de lo frío e insensible frente a una naturaleza que se resiste a la renuncia y halla espacios para emerger siempre. “Belleza inmaterial”, “Seres benditos”, “Tu y yo” se suceden en un show que mostró a una banda sonando perfecta y expandiéndose más allá de los límites que las canciones exhiben en el disco. O los discos, mejor dicho. Porque “Por un paisaje”, el disco de 2009 editado como Eloisa Lopez también estuvo muy presente en el setlist.
Algo que no puedo dejar de lado es la cuestión de la iluminación y los colores. El comienzo del show se dió bajo tonos rojizos, tal cual el arte de tapa de “Fotogramas”. Pero con el correr del show irán cambiando. Por momentos Eloisa se va a adelantar, y la banda quedará tocando detrás de las proyecciones. Apareceran el azul, el blanco y el amarillo (imposible no pensar en Greenaway) y la música, sumada las imágenes y luego a la danza, compondrán un escenario en donde las tensiones de la existencia convivirán con viajes místicos, y aquel espiral pareciera convertirse en círculo cuando la voz de Eloisa reune a los extremos de la vida encarnados en el encuentro de una anciana y una joven. Robots humanos, frivolidad, coreografías inquietantes que transitan por expresiones tribales, autómatas y sexuales nos introducen en un espectáculo integral cuya coherencia no produce otra cosa que la expansión de todos los sentidos.
El telón delantero se descorre y Eloisa Lopez vuelve con sus compañeros de banda para la bella “Superheroes”, cuyos motivos folklóricos originales se oyeron acotados por una interpretación mucho más contenida, y con el teclado casi como único protagonista. Luego “Un día exacto” la canción del disco que mejor resume el concepto de “Fotogramas”. Las imágenes se siguieron proyectando por encima de la banda, y los pelos largos y lacios del bajista Martín Rodriguez con los colores desfigurándolo remitían casi graciosamente al iniciático Pink Floyd del UFO.
El cierre del concierto terminó por redondear el carácter integral de la performance. La magnífica “Dos mentes”, que abriendo el disco sirve como introducción al concepto del álbum, en el show construye la mejor expresión de las tensiones expuestas a lo largo de la noche. Las luchas internas, las propias inseguridades, la búsqueda permanente de una identidad atrapada dentro de otra. Y “Evolución” (de reconocibles huellas árabes en sus sonidos) pareciera querer esbozar una respuesta probable y optimista a las disyuntivas expuestas: el retorno a la escencia, a lo profundo, al reencuentro con uno mismo. Espiral o círculo. Desandar o completar un recorrido. En ambos casos se regresará inevitablemente al punto de partida.
No estaban programados bises, así que cumplir con el pedido del público significó un breve debate sobre qué tema repetir, que incluyó consulta a Tweety Gonzalez en la platea. Y la decisión recayó sobre “Belleza inmaterial”. Y mientras volvía a escuchar esa sugerencia a respirar hondo y elevarse por encima de lo abstracto e intangible, internamente algo me indicaba que a veces el universo encaja las piezas con la precisión de un rompecabezas. Cualquier otra elección hubiese significado retomar tensión e incertidumbre, y en cambio la repetida canción consiguió sostener un equilibrio que ni los ruidos de la calle pudieron quebrar.
La propuesta integral de Audia Valdez establece parámetros muy altos de pretensión y no defrauda. Y aunque la ambiciosa puesta no sea sencilla de repetir, está el disco que bien podría resultar un fotograma de ese todo al que quedamos expuestos anoche. Así que ya saben: si pasan por cualquier disquería y hurgando bateas se topan con una chica corriendo como la Lola de Tom Tywker, no la dejen escapar. Yo sé por qué se los digo.




viernes, 17 de octubre de 2014

Vapors of Morphine en el Teatro ND Ateneo

En el año 2004 se publicó un boxset en el que Dana Colley y Billy Conway se tomaron el trabajo de compilar varias de las obras que Mark Sandman había dejado, al margen de Morphine. Entre tantas canciones hay una llamada “Tomorrow” en la que Sandman canta “Mañana es hoy, nunca va a desaparecer. Hoy, mañana es aquí. Lo que suceda a continuación nunca ha sido tan claro”. Y como un mantra, fue la fuerza de esos versos en la voz grave de Sandman recreada por una mente que parecía adelantarse al concierto, la que me sirvió para introducirme en el espíritu de la noche que Vapors of Morphine llegó a proponernos a los porteños. Porque lo que sucedió a continuación nunca estuvo más claro: la obra pasada de un talento que parece llegada desde el futuro, y que se consuma en tiempo presente, consagrada por sus ex compañeros y por un Jeremy Lyons, que arrastrado por la fuerza devastadora de Katrina, llegó para completar el trío y poner en movimiento esa música que nos acompañó a lo largo de buena parte de la década del '90. Mañana nunca desaparece, siempre hay futuro. Prepotencia. Optimismo. Trascendencia. Morphine.
La noche abrió con un suave “Like swimming” mientras el telón aún no se había levantado del todo. Tranquilo, con una improvisación jazzera al comienzo en la versión más amena de la banda. Y enseguida “If” y su cadencia blusera. Pero no fue hasta que Jeremy Lyons se calzó el bajo de dos cuerdas y largaron con “Other side”, que la gente reaccionó ante el sonido que había ido a buscar. Allí sí el saxo (procesado por un amplificador de guitarras) de Dana Colley se enciende, Lyons ocupa con soltura el lugar de Sandman (refiriéndolo, citándolo, nunca imitándolo), y Jerome Deupree.....bueno, él toca en su propio universo. Si bien está sobre la tarima mirando y escuchando a sus compañeros pareciera conectarse de forma telepática. Y sencillamente, la rompe.
El proyecto alguna vez llevó el nombre de The Ever Expanding Elastic Waste Band y ya había pasado por el mismo teatro en 2011 bajo el nombre de Members of Morphine and Jeremy Lyons (con Billy Conway en segunda batería también como miembro). Sin embargo este Vapors of Morphine tal vez sea el nombre que mejor defina al proyecto. Remite a vestigios, estelas; señales de que hay algo que aún mantiene vivas a esas canciones. Como si lo único que nos separara de Sandman fuera una bruma espesa detras de la cual se esconde la energía magnética de Mark. Pero también la idea de reminiscencia abre la posibilidad a nuevos caminos. Entonces, en esa sucesión de canciones inolvidables como “Have a lucky day”, “Sheila”, “Eleven o'clock” o “Head with wings” aparecen pequeñas jams, improvisaciones contenidas que construyen pasajes hipnóticos, psicodélicos, de tintes bluseros que llegan desde el delta del Mississipi, pero también del oeste africano. Y es durante esos tramos que Vapors of Morphine encuentra su propia originalidad. Como en “Different”, una canción densa en la que el saxo pareciera citar contenido a los Beatles de “Whitin you, whitout you”.
En medio sucedieron un par de cosas insólitas: gente que llegaba media hora tarde (además de la otra media hora de retraso en el comienzo del recital) y preguntaba si hacía mucho que había empezado. Unos cuántos culos inquietos que se levantaban a buscar papitas al buffet, o al baño o vaya a saber qué carajo. Mi celular se quedó sin señal justo después de un SMS que decía “Penal para Libertad, se cortó la luz”, situación que colocó a mi Yo Riverplatense en estado de desesperación. Y para coronar, un señor de la fila de adelante que nos pidió a los de atrás que no sigamos el ritmo con los pies porque le producíamos vibración en su asiento (??). Estuve a punto de un “acting” simulando un Parkinson y reclamando por discriminación, pero decidí ignorarlo. En medio de tanto despropósito, que alguien le haya gritado un saludo de cumpleaños a destiempo a Dana Colley, casi que resultó natural y lógico.
Mientras tanto la banda seguía tocando. Improvisando pinceladas calmas y cautivantes, con pasajes más rítmicos y vibrantes. “Honey white”, “All wrong” fueron lo más destacado en ese sentido. Y luego de “I'm free now”, llegó otra jam con espíritu anclado en el delta, y una sorpresa: “de los Redonditos de Ricota, Sergio Dawi” anunció Dana en el mejor español que le salió a esa hora. Y juntos cerraron el concierto con “Cure for pain”, con el público de pie cantando por la cura para un dolor que a esa hora resultaba improbable, y que de existir en algún sitio recóndito, la música lo había vuelto placentero.
El regreso fue rápido (show en Motevideo un día antes y otro en Córdoba un día después, casi que no había que perder el micro) y aprovechando el calendario, abrieron los bises con “Thursday”. Por un instante me pregunté cuán mal le abrá caido esa historia de affaire y amenazas al señor correcto de la fila de adelante; su pareja bailando de pie a su lado e ignorándolo, me dio la respuesta. Y si algo faltaba para coronar la noche, “The night”, con la que casi que nos podrían haber mandado a casa a buscar en sueños la continuación que sus “bedtime stories” nos inspiraban. Pero volvió Dawi y con “Buena” el tono letárgico se perdió por completo. Dana Colley le cedió generoso a Sergio el lugar principal a la hora de los solos y el local se ganó sus propios aplausos. Y el cierre fue con Vapors of Morphine todavía cuarteto y “You look like rain”.
Tal vez porque querían despedirse en formato trío. Tal vez porque les caemos hermoso. Tal vez porque tenían hambre y querían compartirlo. La cosa es que regresaron al escenario y nos dejaron a todos pidiendo “French fries with pepper” a los gritos, mientras el teatro había perdido su forma y los pasillos eran un amontonamiento de gente despidiendo a los músicos.
Alguna vez fue Twinemen con Laurie Sargent, que aun citando al comic de Sandman desde su nombre, proponía otros caminos paralelos a Morphine. Ahora pareciera ser cuestión de recoger la estela y mientras los vapores se disipan construir un nuevo camino. Vapors of Morphine evoca a Sandman, y hasta por momentos lo invoca. Pero si hubo algo que yo percibí en esta visita es que la banda adquiere con paciencia y cuidado, su propia identidad. Mark Sandman ya mostró el futuro, será cuestión de construirle un presente que lo justifique.






miércoles, 8 de octubre de 2014

Damon Albarn en el Teatro Gran Rex

Menos de un año había pasado del show de Blur en Villa Lugano. Un concierto en tono de reencuentro (entre ellos y con su público) y que estuvo plagado de hits, celebración y euforia. Aquella vez Damon Albarn acompañado por sus compañeros de banda nos regaló todo lo que esperábamos en un ambiente festivalero y masivo. Pero si hay alguien en el mundo de la música cuyos pasos son imprevisibles, ese es Damon Albarn. Y entonces este rápido regreso al país lo trajo con un primer trabajo firmado como solista y signado por el intimismo y la reflexión.
Yo llegué al Gran Rex con tiempo suficiente como para ver el final de Barco, los teloneros locales. Pop muy trabajado, un bajo de esos que te hacen mover el piecito aún a los menos dóciles con el baile y un tema, “Antes del desmayo”, que es un hit inmediato con claro anclaje en el mejor pop de los '80. Podría nombrar referencias, pero mejor escúchenlo y descúbranlas ustedes. Excelente elección para amenizar la espera.
Bueno, empecé diciendo que el espíritu con el que Albarn llegaba era diferente al de Blur y por algunos gritos eufóricos que saludaron su ingreso al escenario, estuvo claro que resultaría un desafío poner a la gente en el clima pretendido. Desafío que en definitiva fue alcanzado con sencillez. Primero Damon con recordó lo útil que puede ser la tecnología para acercar personas cuando la distancia es un escollo insalvable con “Lonely press play”, y de inmediato nos alertó sobre las consecuencias de la dependencia exagerada de la misma, con “Everyday robots”. Bien, si el artista expone esas contradicciones, por qué pedirle coherencia a un público que mientras escucha “We are everyday robots on our phones”.....graba todo con sus teléfonos celulares? Mi posición alta en la pullman me permitió advertir mejor que nunca esta escena.
Tecnología y mundo virtual. Qué mejor entonces que Gorillaz para el continuado. “Tomorrow comes today” fue recibida con la primera gran ovación, y siguió “Slow country”. En ese tramo del show el setlists estuvo dedicado a los innumerables proyectos paralelos de Albarn. Además de Gorillaz se citó a The Good, The Bad and The Queen con “Three changes” y hasta Rocket Juice and The Moon con “Poison” (un tema que no había tocado el lunes previo, y que se amoldó con facilidad al tomo de “Everyday robots”). En medio se intercaló “Hostiles” y “Photographs (you are talking now)” y ese tramo se coronó con una gran versión de “Kingdom of Doom”, cuyo cierre alcanzó un gran clima guiado por un piano marcado, tocado casi con furia mientras las guitarras construian un crescendo sonoro.
Si bien Damon se mostró comunicativo y atento (mojó a la platea con su botellita de agua, palmeó manos cada vez que se acrecó al borde del escenario, al que recorrió de punta a punta cada vez que no se sentó al piano), el tono de las canciones hizo que el show fuese recibido con más atención que participación. La escenografía fue sencilla y el escenario (y su piano) estaban coronados por una estrella de siete puntas, que sirvió para sumar algo de simbolismo místico a la puesta. La banda tuvo al bajista Seye en el pico de la simpatía y funcionó a la perfección para que los arreglos en vivo, que buscan escapar del extremo intimista del disco y mostrar fortalecidas a las canciones, luzcan en todos su detalles. En ese punto el tándem “You and me” y “Hollow ponds” (magnífica irrupción de una trompeta sumándose a tanto recuerdo melancólico) fueron lo más destacado.
Hacia el tramo final se sumó un coro que fortaleció vocalmente a “El mañana” y “Don't get lost in heaven” de Gorillaz. Después Damon tomó una acústica, se sentó sobre la caja del piano y cantó “The history of a cheating heart”. Si bien se trató de un momento delicado, de auténtica intimidad, y si bien eso de “the history of my life will show it's more than you know” es hermoso, aquí yo tengo una queja: el setlist indicaba que allí iba “Out of time”, tal cual tocó el día lunes. Y la primera función que se puso a la venta fue la del día 7, y entonces en esa fecha estaba el público más atento a las novedades, el más fiel, el que pagó primero y por lo tanto el que no merecía que fueran los rezagados del lunes los PRIVILEGIADOS en escuchar el clásico de “Think tank”. Después sí estuvo “All your life”, una lado B que nos trajo a Blur en versión gopel y la súplica final reclamando por alguien que asegure que todo estará bien. Como si esas pinturas de la sociedad moderna que signan a “Everyday robots” provocaran más incertidumbres que certezas y las miradas se dirigieran a un cielo improbable, el círculo se cierró con cierto dejo de ironía.
Para los bises sí tuvimos a Blur como se debe y “End of the century” cumplió ese papel. Sin embargo lo mejor estaría por venir. Se sumó el rapero africano M.anifest para una versión gloriosa de “Clint Eastwood” que no solo puso al teatro de pie por primera vez en la noche, sino que nos sacudió de la quietud expectante en la que nos había dejado el concierto. Y para el final volvió el coro y “Mr. Tembo”, una canción que en el disco suena algo desubicada, como sobrante de proyectos como DRC Music o incluso una intromisión de David Byrne en el espíritu de Damon Albarn, en el contexto del show lució resignificada. Climax absoluto de la noche y casi que pudo haber cerrado el concierto sino fuera porque ese honor le corresponde, como a lo largo de toda la gira, a “Heavy seas of love”.
En mi caso la ausencia de vianda en casa y el horario relativamente temprano que había terminado el show, me habían motivado a hacer una excepción a ms costumbres y cerrar la noche en una hamburguesería. Pero resultó que unos tal R5 había tocado en el teatro de enfrente, y el McDonalds estaba copado por adolescentes con vinchita, de esas que aterrorizan a Gelblung y a Feinmann, mientras sus padres cortaban Corrientes con sus autos estacionados en doble y hasta triple fila. Así que decidí huir de ese pandemonium teenager y me fui a buscar unas empanadas cerca de casa. Durante el viaje pensé en Damon Albarn alertando a esas adolescentes acerca del uso excesivo del celular. No creo que tenga éxito, pero por el solo hecho de haberme privado de “Out of time”, merece someterse a la experiencia.