lunes, 25 de agosto de 2014

Spiritualized en el Teatro Vorterix

A veces sucede que en el fin de semana se juntan un montón de cosas. En este en particular, en términos musicales, tenía todo cubierto. Sold Out. El sábado los veinte años de Catupecu Machu en el Luna Park. Y ayer, el regreso de Spiritualized en el Teatro Vorterix. Quienes estuvimos en Octubre de 2008 en La Trastienda, guardamos en la memoria a aquella noche de Jason Pierce como una función inolvidable. Y si bien aquel show incluyó bises, yo me quedé con la explosión de electricidad y psicodelia de “Take me to the other side”, como última imagen. Así que pensar este regreso de Spiritualized en una versión acústica, casi que resultaba la contracara perfecta y complementaria de aquella noche.
El formato acústico no es caprichoso y tiene un motivo: Jason Pierce y su salud. En aquella primera visita llegaba cantándole a las salas de “ambulaces and emergency” luego de la internación, con dos paros cardíacos incluidos, a causa de sus pulmones. Y una dolencia hepática crónica fue lo que llevó a Jason a pensar que jamás podría volver a estar parado sobre un escenario y a cranear esta versión desenchufada de Spiritualized.
Con el Vorterix expectante, muy concurrido (no a reventar como otros conciertos a los que fui a ese teatro) el concierto tuvo un arranque fallido. O un “no arranque” como diría un tristemente célebre personaje. Las luces se apagaron, por debajo del telón se vieron algunas pies que caminaban, y de pronto volvieron las luces y la música del DJ. Diez minutos después sí largó el show, casi en paralelo con los SMS que me informaban de los goles de Teo y Carlitos Sanchez, situación que me dispuso aún mejor para el cocierto que se venía.
Abrieron el show con “Sitting on fire” y enseguida le pegaron “Lord let it rain on me”. Jason Pierce sentado con una acústica del lado derecho del escenario, sus lentes oscuros de siempre, y un atril delante suyo. Del otro lado un piano Rhodes, y en el fondo un coro de cuatro voces femeninas más un cuarteto de cuerdas. Tenues luces azules eran el complemento perfecto para ambientar el show. Íntimo, cálido, confesional. Es probable que estas palabras resulten repetidas, pero no hay mejores. Delicado por donde se lo mire. “True love will find you in the end”, esa belleza de Daniel Johnston que Pierce nos regaló anoche, casi que podría sonar eternamente en ese clima.
Fiel a su costumbre, no hubo más que silencios y afinaciones entre tema y tema. Jason Pierce parecía tan absorto como el público. Apenas unos tibios aplausos se sumaron para el coro de “Soul on fire”, pero nadie se animó a quebrar el clima. Y en la continuidad de canciones, esta versión reducida de Spiritualized citó a Spacemen3 con “Walking with Jesus” y cada canción funcionó como una caricia. “Feel so sad”, “Stop your crying”, “Anthing more”...el concierto resultó una sucesión de plegarias y gratitudes, dichas y tristezas, súplicas, amores y desamores. Todo ambientado por el extraordinario estado de la garganta de Pierce, un piano sugestivo, cuerdas deliciosas y un coro de impronta gospel que reforzó el feeling en cada canción.
Si se trataba de graficar con música el estado en que nos encontrábamos en el teatro, tal vez “Ladies and gentelmen we are floating in space” podría ser la expresión más precisa, y cuando hacia el final se cita al “(I can't help) falling in love with you”, la reacción de todos es tan conmovedora, que hasta el abstraído Pierce dedicó un saludo. Y todo era dejarse llevar y conmoverse. Abrazos y caricias. El lamento de la armónica en “Broken heart” estremece. Y el final con “Lord can you hear me” resume a la perfección la impronta del concierto. Porque a pesar de que el tema fue publicado en el '89, parece compuesto pensando para ese formato que gozamos anoche, en el cual el coro se lució como nunca.
Había más y la prueba fue que ni el coro ni el cuarteto de cuerdas se movieron de su sitio. Y entre tantas otras cosas que rondan el mundo Spiritualized, había un disco nuevo. O un último disco, mejor dicho, porque “Sweet heart, sweet light” data ya de 2012. Y es un gran disco, por muchas motivos, pero principalmente porque Jason Pierce nunca hace discos malos. Y entonces con “Too late” dio comienzo el tramo definitivo del show. “Love always shows when theres hearts that can break “ canta Pierce y como una contracara, un antídoto o una afirmación liberadora, como si la reincidencia resultara inevitable, “I think I'm in love” sacude y despabila. El coro replica en español a Pierce y en términos rítmicos, se consumó el momento más alto de la noche.
Jason Pierce no habla. Apenas si saluda agitando su mano, como despidiendo un tren desde un anden. Pero es educado y tiene canción de despedida. Y esa es “Goodnight goodnight”, por cierto algo lúgrube, pero que funciona. Y uno a esa hora no sabe si subirse a abrazarlo, consolarlo o bendecirlo. Yo ya había recibido el SMS con la noticia del cuarto gol de Teo y a esa altura estaba bajo una sensación intermedia entre la hipnosis y el éxtasis dificil de explicar. Si una noche antes Catupecu Machu me había hecho pisar sin el suelo a pura energía, ayer también me fui en el aire. Pero en este caso no resultó de un salto, sino de una elevación en el sentido más espiritual de la palabra.

domingo, 24 de agosto de 2014

Catupecu Machu en el Luna Park - El grito después

            Con Catupecu Machu me une una relación bastante especial. Por el origen casi amateur en recitales colegiales de un Industrial de Floresta compartido en los ‘80, y además porque fue la primera banda de rock con la que compartí gustos (y recitales) con mi hija. Y para los seguidores de este blog no será difícil chequear es que es una de las que mayor cantidad de post merecieron. Así que el festejo de los veinte años era una celebración a la que no podía faltar. Como tampoco hacer un repaso desde aquel bajo machacante de “Calavera deforme” hasta este “El grito después”, un combo que incluye documental, un Box Set, que tuvo su propia exposición gráfica en el Centro Cultural Recoleta, y que en cuanto al tema adelanto en sí, refuerza el sonido que Catupecu viene proponiendo desde “Simetría de Moebius” y “El mezcal y la cobra”. Una banda que estalló con “Y lo que quiero es lo que pises sin el suelo”, que sorprendió rupturista con “Cuadros dentro de cuadros” y que luego del accidente de Gabriel Ruiz Diaz, sobrevivió a fuerza de una prepotencia, constancia y fortaleza admirables. Que se volvió un tanto mística, bastante más oscura, y que fortaleció el rol de Macabre, quien desde los teclados, se convirtió en el soporte musical en el que Fernando Ruiz Diaz decidió apoyarse desde 2006.
            Anoche, durante casi cuatro horas de show, por primera vez en veinte años, Catupecu Machu miró hacia atrás. Con motivos más que justificados, pero con la misma actitud nada complaciente que los caracteriza. La misma que los llevó a cambiar en cada  álbum, a experimentar, a los acústicos en teatros, a noches íntimas de música y gastronomía en San Telmo, a congregaciones casi sanadoras, como aquel show en Obras a semanas del accidente de Gabriel. Y digo que miraron hacia atrás porque desanduvieron su carrera abriendo su show aniversario con “El grito después”, su reciente estreno, y armaron una fiesta de cumpleaños repleta de amigos y compañeros de ruta, con un setlist en el que tuvieron una inusual preponderancia “Dale!”, su disco debut de 1997, y “Cuentos decapitados” (2000).
            El concierto podría dividirse en dos grandes tramos. El primero amagó a ser un concierto típico del Catupecu Machu de hoy, apenas con una elección más abarcativa de las canciones. “Secretos pasadizos”, “Confusión”, “Eso espero” fueron los calentaron el ambiente hasta que con “Óxido en el aire” apareció la versión más “industrial” de Catupecu, que tuvo continuidad es “Dialecto”, “Origen extremo” y “Muéstrame los dientes”. Con una escenografía formidable y grandilocuente para el general de la banda, que incluyó unos triángulos gigantes en las espaldas del escenario, y una puesta lumínica impactante, con flashes, lasers y haces de luz por doquier. En ese contexto, la banda apenas bajó un cambio para “Cuadros dentro de cuadros” y la primera de los innumerables mantras para Gabriel Ruiz Diaz, en este caso sumando a Gustavo Cerati, con la cita ya clásica a “Persiana americana”, y cerró ese tramo con “Metropolis nueva”.

            Un pasaje instrumental de pura adrenalina fue lo que sirvió como para dar vuelta la página y pasar de un show aniversario a una auténtica fiesta repleta de invitados. “Cuentos decapitados” volvió a la lista después de años, y después, como para que quede claro que aún en plan revisionista Catupecu nunca deja de mirar hacia adelante, Fernando Ruiz Diaz quedó solo en el escenario y con un Hang, estrenó un nuevo tema que habla de “el infinito, la creación y el amor”. “Vamos a seguir haciendo lo que se nos canta el orto” había afirmado Fernando al inicio de “Cuentos…” y lo confirmó incluyendo en medio de su fiesta ese pasaje mínimo, íntimo y conmovedor, que tal vez haya mostrado como nunca el impacto que la paternidad tuvo en su arte.
            Después sí vino la fiesta y la sucesión de invitados. Hubo de todo, algunos previsibles, muchos compañeros de ruta, algunas sorpresas y hasta justicieros homenajes. Laura y Mariano Manzella le pusieron flamenco a “La llama”. Pasó “Viaje del miedo”, y una noche Abril Sosa volvió a Catupecu a cantar “Entero o a pedazos” (con citas a “El sueño” y “Los tres deseos” también) y a confirmar tácitamente que cuando Fernando se refirió a “un único invitado que no quiso venir”, hablaba de Javier Herrlein. “Vistiendo”, aquel tema de “Cuentos decapitados” que cantaba Gabriel, encontró en la trompeta de Gillespie detalles más que delicados y terminaron con “Hay casi un metro de agua”. El Zorrito Von Quintiero subió para “Perfectos cromosomas” y sorprendieron a todos con una cita a “Es todo lo que tengo” de Lisandro Aristimuño. Y la sorpresa se completó con el propio Lisandro subiendo al escenario, con el que hicieron una potente versión de “Para vestirte hoy”, tema que Fernando, confesó, le canta a su hija Lila.
            Entre las entradas y salidas de músicos y amigos, el concierto se volvió algo desprolijo y anárquico, pero a nadie le importó. Entre los invitados previsibles estuvieron el primer baterista de la banda, Mariano Baraj (“Mil voces finas”), y Pichu Serniotti (“Acaba el fin”). Los integrantes de Sick Porky y Connor Questa se sumaron para una tremenda versión de “El mezcal y la cobra”, y para demostrar que Catupecu sigue mirando y apostando al futuro, no solo propio, sino también ajeno. A Walas y al Doctor Mondello casi que no hubo ni que presentarlos, y “Plan B (anhelo de satisfacción)” es otro de los mantras de energía masiva para con Gabriel.
            Fernando, como siempre, habló mucho. Y esta vez no solo recordó tramos y anécdotas de su carrera como músico, sino que además le hizo lugar a su condición de espectador. Recordó mucho los ’80, los tugurios y la explosión artística que dio lugar a innumerables proyectos artísticos durante la primavera democrática. Sumo, Fricción, Los Casanova, fueron nombres que se dijeron sobre el escenario y que a más de un veinteañero le habrán resultado una extrañeza. Por ese motivo hacer subir a Isabel de Sebastián a cantar “Héroes anónimos”, y reunir a los dos ex- Clap, Diego Frenkel y Sebastián Schachtel para “A veces vuelvo” resultó un acto de justicia.
            Hacia el final lo único que sobraba era energía. Algunos (los menos) miraban el reloj y se tomaban el palo, vaya a saber por qué motivo. Otros seguíamos atentos y saludábamos a Gaby Martinez de Las Pelotas, que se calzó el bajo para “Magia veneno”. Y después con Leo De Cecco revivieron “Elevador” mientras la voz sampleada de Gabriel gritaba para que le abran la puerta. Tery Langer de Carajo y Zeta Bosio fueron los que se sumaron en un interminable “Dale!”. En el medio Macabre tomó el micrófono para “Blietzkrieg bop”, y entre los respiros, los saltos, las rondas de pogo,  los gritos para Gustavo y Gabriel, pero que también eran para darnos ánimo a nosotros, decirnos que falta poco y que había que dejar lo que quedaba allí dentro, Catupecu Machu terminó “Dale!” con Agustín Rocino y un salto enorme para lanzarse hacia el público.
            Después de tanto subir y bajar de artistas. Después de tanto repaso, emoción, reencuentro y descarga de energía, el nombre de Luis Alberto Spinetta casi que era el único que faltaba citar del universo habitual de Catpecu Machu. Entonces, como esta vez no hubo “Seguir viviendo sin tu amor”, Fernando lo recordó como “el hombre que pisó sin el suelo” como excusa para preanunciar un final tan previsible como esperado. Y mientras sobre el escenario cuatro suenan como veinte, la banda que invita a elevarse demuestra una vez más que no solo no pisa sin el suelo, sino que además vuela sin techo. A esa hora, mientras el frente frío empezaba a terminar con el mini veranito de Agosto, no quedaba otra cosa por decir que: Salud Catupecu, por veinte años más!









domingo, 17 de agosto de 2014

El Asunto en Cafe Vinilo

                Anoche era un día de estrenos. O mejor dicho, para mí era un día de estreno, así, en singular. Pero sucedió algo inesperado, cuando en una heladería en la esquina de Corrientes y Billinghurst descubrí que existe el helado de Pico Dulce. Una revelación, una utopía consumada que me dejó bien a punto y con el ánimo más en alto que nunca para el otro estreno, al que sí estaba programado, y que se trataba del debut de El Asunto en el Café Vinilo.  Minutos antes, en una  célebre taberna de picadas de Almagro, una octogenaria que debió llamar al SAME en medio de la cena, celebraba el éxito en la medición de su presión arterial con….una tabla rebosante de salames y quesos (!!!). Bizarra escena que bien pudo ser una toma descartada de “La Nona” y que yo no podía pasar por alto en este posteo.  
                Bien, este blog habla de música así que vuelvo  a lo que de verdad importa. El Asunto se trata de la reunión de cinco voces femeninas, compositoras todas, que han sabido ponerle música a estos primeros años del siglo XXI. Con diferentes historias, estilos y recorridos, pero con una vocación común por la melodía cuidada y la delicadeza vocal. Laura Ciuffo de Hamacas al Rio, Sol Fernandez de Enero será Mío, Eloísa Lopez, Paula Meijide y Carolina Pacheco y su Señorita Carolina, decidieron reunirse en un proyecto común que funciona paralelo a su actividad, pero que ayer, puesto a prueba sobre un escenario, mostró argumentos como para dejar en claro que la propuesta vale  para tener  vuelo y recorrido propio.
                La gacetilla prometía canciones “apenas intervenidas por elementos armónicos y electrónicos” y entonces uno estaba preparado de antemano para un concierto en donde la preponderancia estaría puesta en lo vocal. La curiosidad estaba entonces en cómo la suma de composiciones consumarían una unidad que le otorgue al proyecto una identidad propia y que no lo limite a una suma de “individualidades”, como diría Macaya. Y ya en la apertura con “Savasana” de Carolina, el funcionamiento empezó quedar claro. Arreglos cuidados, clima intimista, y una paleta de sonidos tenues que se modelan con la contraposición de colores que expone el tema. De allí en más cada compositora aportará dos canciones que parecieran fundirse en un crisol y que renacen guiadas por un hilo invisible que las enhebra y les da nueva identidad.
El conjunto resulta  una reunión de amigas. El nombre del proyecto remite a lo que no se puede decir, al secreto, a una especie de pacto de lo que se evita nombrar. Y en ese contexto la voz sutil, el low fi y la intimidad pareciera encontrar su mejor y lógico ambiente para expresarse. El nerviosismo confesado por Carolina en el comienzo no se notó, y en gran parte se debió al clima desestructurado que se vivió en el escenario. Comentarios entre ellas y algún chiste interno, le otorgaron al show la forma de un ensayo con público. Pero cuidado, no confundir. Porque a la hora de las canciones, cada arreglo, cada detalle minucioso, dejó en claro que estábamos ante la concreción de un proyecto maduro y trabajado.
Decía que cada una de las integrantes aporta dos canciones que, si bien fueron presentadas informando la autoría, ninguna pareció reclamar propiedad alguna. En ese sentido, el desprendimiento suma siempre y no resta nunca. Además de “Savasana”, “Luna nueva” de Paula Meijide, “Decanta” de Enero será Mío, “Abrázame” de Eloisa y “Sin decir” de Hamacas al Rio formaron parte de la primera mitad. Por sus características originales, tal vez las canciones más “desarropadas” resultan las  Eloisa y las de Sol, pero sorprendió el renacer la pegadiza melodía de “Sin decir” sobre apenas un base programada.
La segunda mitad funcionó de la misma manera. Y si bien en el ambiente se respiraba un clima más femenino que feminista, la fortaleza retratada en  “Tractor” de Señorita Carolina, introdujo en la noche la temática de la violencia de género y los femicidios. En resto de los casos (en especial en los temas de Sol y de Eloisa) las letras resultan pinturas surrealistas, o breves retazos de momentos íntimos u oníricos. Paula aporta “Hécate” en la que refiere a la Diosa de la Oscuridad y con ello una dosis de misticismo. “Un nuevo amor” de Hamacas abandona su lado bolerístico y se muestra a gusto en esa fineza vocal que la reviste.  Y para el final quedó “Espiral”, el tema que abría “Por un paisaje”, el disco de Eloisa de 2009 y que resulta una paradoja, porque el “no voy a esperar más” contrasta con la paciencia, la construcción  minuciosa, y la serenidad con las que El Asunto aborda el desafío de presentar sus canciones.
Sin negarse al pedido y sabiendo que no había más temas trabajados, esta vez la despedida fue un auténtico bis. Y como si ese vértice  de energías coincidentes guiara a su aportantes por el camino apacible que las define, la elección de “Luna nueva” resultó más que lógica. Los ciclos, el ritmo natural, la cadencia de la marea y su influjo en los ánimos dibujo un cierre ideal para la noche de presentación en público de El Asunto. Ya hay dos fechas más definidas, y el tiempo será el encargado de determinar hasta donde este remontar hermoso que presenciamos anoche, consigue tomar vuelo.






sábado, 9 de agosto de 2014

Vero Verdier y Lucho Cervi en el C.C. de la Cooperación

            Este viernes ofrecía una buena cantidad de opciones musicales. Entre ellas, la presentación de “Remolino”, el extraordinario segundo disco de Acorazado Potemkin. Yo no llegaba por horario, y la verdad es que fue una lástima, porque el evento que motiva este posteo era ahí nomás y a continuación, así que hacer el doblete hubiese resultado formidable. Eso sí, de salir más temprano de casa me hubiese perdido del show que dio un loquito vagabundo que se subió al 26 mientras iba para el centro y, a cambio de unas monedas, se despachó con unos cuantos covers a capella de Guns'n Roses en versón Capusotteana, que incluyeron, en el caso de “Don't cry”, hasta traducción simutánea de la letra. La simpatía maravillosa que solo pueden provocar los locos, y si el pibe no oliera todo lo mal que olía, se compraba el colectivo conpleto. Como despedida unos pibes del fondo le pidieron una de Soda, y el loco reveló que en su vida cuerda (o no tanto) resultó un melómano hecho y derecho, pues nos cantó la nada condescendiente “Ella usó mi cabeza como un revolver”. En Primera Junta lo invitaron a bajar, porque los pasajeros se amuchaban adelante; ya sea porque querían apreciar su desafinado canto a una resptable distancia, o directamente porque no querían olerlo. Lástima, era divertido y yo elegí imaginar que no se bañaba porque había hecho una promesa hasta que se despierte Gustavo Cerati. O Axl Rose baje de peso, vaya uno a saber.
            Bien, volviendo al tema que nos ocupa (??), en la sala Osvaldo Pugliese del Centro Cultural de la Cooperación, a medianoche cantaban Vero Verdier y Lucho Cervi, presentando “Pink moon”. Que un espectáculo que promete canciones sin otra pretensíón que ofrecerlas en una versión despojada, elija ese  nombre para presentarse, ya de por sí es un excelente augurio. En mi caso además se sumaba la profunda necesidad de escuchar cantar a Verónica Verdier, porque aún no pude superar el síndrome de abstinencia de Proyecto Verona (?'??). Y además se sumaba la presencia de Lucho Cervi (ex-Auge, hoy solista con una interminable lista de presentaciones compartidas que incluyen, entre tantos, también a PV) en guitarra, con lo cual la noche venía completita.
            Además del hermoso nombre con el que la bautizaron, la sala del Cooperación es perfecta para este tipo de propuestas. Sillas y mesitas rodeando un escenario que en relación con la sala, es muy amplio. Es esa forma la que permite construir ese ámbito de intimidad que un recital así requiere. En mi caso, un café que despabile (era medianoche, había laburado todo el día y los años no vienen solos) y a disfrutar. Y vaya si me recibieron bien, tanto que ya el primer tema fue “Vértigo”,  de Proyecto Verona. Tanto Vero como Lucho salieron con lentes oscuros (después Vero aduciría un problema ocular, y explicaría el otro par de lentes en la solidaridad de Lucho) y tocaron toda la primera parte con dos guitarras acústicas, algo que me provocó intriga, porque el despliegue del escenario ofrecía además un teclado, un bajo y una elemental batería. Enseguida con “Mrs. Robinson” el concierto sí tomó el rumbo que prometía: folk de los '60 y '70, más ese mismo espíritu replicado en décadas posteriores. Bienvenida entonces la canción, esa que sumadas a las imagenes de la película, me llevaron a tener alguna vez la primera y elemental noción del concepto de MILF.
            Esa primera parte exclusivamente con guitarras incluyó  versiones de “Something stupid”, “Cruzando puertas” de Draco Rosa, “Tu voz bipolar” (Vero habló de ella como la primera y única canción que compuso en guitarra y para mí fue un regalo; “Caravana” quedó inamovible en mi Ipod desde el mismo día de su edición), y una de Corinne Bailey Rae que cuando dice “go, put your records on, tell me your favourite song” bien podría resumir el espíritu del encuentro musical al que asistíamos. Además Vero Verdier alcanza, a mi gusto, la más destacada performance vocal de la trasnoche del viernes. “Tiny dancer” y “California”, rescatando la etapa folk de Joni Mitchell, cerraron esa primera parte.
            Cuando uno relata o comenta shows como este corre dos riesgos: el primero, limitarse a nombrar una sucesión de canciones, lo cual, con su solo encadenamiento, es capaz de reconstruir una noción patente del clima que se creó a partir de ellas. El segundo riesgo es extenderse en cada canción, porque su historia, la manera en que uno la conoció, el sginificado y sentimiento particular que despierta en cada uno, provoca innumerables caminos posibles. Así que para la segunda parte del show, voy a ser más resumido. “Like star”, la luminosa y dulce melodía de Corinne Bailey Rae abrió ese segmento, ya con Vero Verdier sentada el teclado. A partir de allí el clima tomó un ritmo más marcado que terminó por consumarse cuando un baterista invitado le marcó el pulso a “Fixing a hole”. “Be bop”, ese tema jazzeado que abría “Encendida” cerró la lista de citas a Proyecto Verona, ya con Lucho Cervi tocando el bajo.
            Hacia el final fueron y volvieron en el tiempo. “Easy” de los Commodores, “You send me flying”, rescatando a la Amy Winehouse más jazzera, y por supuesto “Pink moon”, leit motiv de la cita. Confieso que yo ya me daba por satisfecho, pero unos aplausos tibios, mínimos, como cuidando de que un bullicio repentino no quiebre el clima encantador que nos había impregnado durante ago más de un ahora, consiguieron que Lucho y Vero regresen para despedirse con un par de regalos más: “Más y más”, del Draco más masivo, y “Valerie” de The Zutons, aunque abordada desde el mismo lugar con el que la versionaron Amy Winehouse y Mark Ronson.

            Si mi viaje de ida al centro había incluido a un lunático imitador de Axl Rose, el regreso estuvo acompañado por un taxista que no paró de murmurar todo el viaje. Como un rumiante, su boca se movía y despedía sonidos ininteligibles, que en la mente del conductor seguro se consumaban en palabras e ideas, vaya a saber acerca de qué dilema. O tal vez, a su tímida manera, él también volvía cantando.




sábado, 2 de agosto de 2014

Juana Molina en el Teatro Vorterix

                Anoche, cuando llegué a casa de regreso del recital, escribí en mi perfil de Facebook: Thom Yorke + Björk + Nini Marshall = Juana. Fue algo muy intuitivo y casi como para dejar testimonio de dónde había estado, y caracterizado por mi tendencia a la exageración, aún a la hora de exagerar. Pero lo cierto es que ahora cuando me pongo a escribir, vuelvo a ese capricho y casi que se me ocurre la necesidad de justificarlo. Entonces pienso en la letanía de la voz de Yorke, en “The eraser”, en la superposición de texturas y loops electrónicos. Y si se trata de la islandesa la cosa viene por los modos en el uso de la voz, en algunas palabras elegidas y pronunciadas por su sonoridad, en la modulación gutural de “Medulla” y hasta algunos gestos tribales de “Volta”. Y bueno….lo de Nini  Marshall es más que obvio, aunque de solo pensarlo se me aparezca la voz de mi abuela recordándome que “Nini Marshall hubo una sola, nene. No escribas pelotudeces”.         
                En el Vorterix el público era de lo más ecléctico a pesar de que el prejuicioso pueda imaginar un ambiente hipster. Hoy por hoy, y por suerte, ciertas etiquetas no significan limitaciones, y si uno ve una campera de Kiss en un recital de Juana Mollina, es porque la batalla está más cerca que nunca de ganarse.         
                El show empezó muy pocos minutos después de lo programado, con un teatro colmado (tuvo que agregar una nueva función para el 23) y expectante. Abrió con el tema que nombra al disco, “WED 21”, y siguió con “Eras” y “Lo decidí yo”, también de ese disco. Ella en el centro del escenario, con la SG colgando de sus hombros, un teclado, una consola e infinidad de pedales.  A su izquierda Diego Arcaute en la batería, y del otro lado, Odín Schwartz en teclados y una electroacústica. Muchos aparatos y cero escenografía. Como si en definitiva, más allá de toda la tecnología, en el fondo se pretendiera representar que la esencia de los sonidos sigue siendo la misma.
                Con “WED 21” Juana ha abandonado la preeminencia de las texturas acústicas y fue incorporando complementos eléctricos y beats más agresivos. La manera en que los sonidos son sampleados en vivo y se van incorporando a los temas permite una versión gráfica de la composición de las canciones. De las armonías que se van concretando y también desarmando, porque los recorridos son sinuosos, imprevisibles y enrevesados.  Cada canción avanza en una espiral hacia un climax sonoro que pone a todo el mundo a bailar. Un baile leve, de pequeños cabeceos de personas que tampoco se comportan de manera sincopada, sino que parecieran sumirse en la misma  imprevisibilidad de la música. En ese punto, “Un día”, del disco anterior, resulta el punto más alto, con un crescendo que eleva al éxtasis. Es fantástico sentir como el letargo bagualístico original se desvanece para reconvertirse en una catarata de beats que dejan al público a los gritos. Antes dije Björk y en ese momento yo pensé mucho en “Declare Independence”
                “Vive solo” y “Ay, no se ofendan” también pertenecen al último disco y continúan en la misma línea, y luego Juana cambia de guitarra y se adelanta en el escenario para un set más intimista. Allí aparece la versión mínima de Juana Molina, en donde su voz susurrante se vuelve frágil, y el clima se tiñe de una ligera somnolencia que se hamaca entre sensaciones angustiantes y placenteras. Eso sí, el clima se vio interrumpido durante “Curame” cuando le avisaron a Juana de un desmayo en el fondo de la sala y eso dio lugar a un paso de comedia (Juana improvisó una letra acerca de traer a la chica desvanecida al escenario que estaba fresquito), que aunque resultó hilarante, cortó con la pretensión de la artista. Incluso “Rara” sonó desubicada y la desconcentración provocó algún leve pifie. Temas “oldies” (Juana dixit) y una especie de relax para retomar el impulso rítmico.
 
                “Las edades” resulta reflexiva, y “Ferocísimo” fue  recibida como hit. “Bicho auto” fue otro momento clave en la noche (también lo es en el disco) en donde  unos teclados oscuros encierran a las guitarras de espíritu country, al tiempo que los sintetizadores construyen una vorágine sonora sin respiro que continua en una superposición de voces y sonidos, que sumadas a la música, se resuelve en un caos tan pavoroso como seductor. Por momentos, hasta surrealista. Y como si para la despedida fuera necesario redoblar el clima, el cierre quedó a cargo de “Sin guía no”, sumando angustia a todos los sentimientos anteriores. Más coros se incorporan y superponen, y la pregunta “Cuándo va a venir el día?” termina convirtiéndose en una súplica al límite de lo tolerable. El final requiere de un prolongado respiro reparador.
                Hubo bises, por supuesto, y primero escuchamos la pesadilla consumada en “Final feliz”, y un nuevo (falso) cierre con “Los hongos de Marosa” (una de las más pedidas, además de un insistente muchacho que no dejó de pedir “El perro”) en donde una especie de psicodelia  tenebrosa recompone el estado de trance al que nos había llevado el concierto. Y aunque Juana volvió al escenario una vez más para despedirse definitivamente con la culposa “Quién?”, a los efectos de un concierto cautivante, se trató más de un regalo de que un complemento.
                    Volviendo a casa, cuando me bajé del 42 pasé por una cuadra por la que casi nunca paso, pero que me encanta por el siguiente motivo: es bastante oscura, muy poco transitada y las casas tienen tantos sensores de movimiento que a medida que voy avanzando se encienden a mi paso y me hacen sentir una estrella. A veces sucede que también pasa un perro, las luces se encienden igual y me desilusiono. Pero después me consuelo pensando que también Pier llenó Obras. Bo sé si esto último tiene mucho que ver con el recital, pero en mi memoria todo forma parte de la misma noche. 


                
               

               




jueves, 31 de julio de 2014

Flopa, Manza, Minimal en Ultra Bar

Bueno, ayer era un día extraño. Un poco por las decisiones de la economía grande, esa que resulta inalcanzable de comprender, a pesar de que uno lo intenta porque intuye que guste o no, lo involucra. Y porque había palmado Julio Grondona, y más allá de mi aborrecimiento por el personaje, yo temo por la suerte del fútbol argentino: en AFA nadie debe saber,ni siquiera, dónde está la llave del cuartito donde guardan la bordeadora para mantener el cesped del predio de Ezeiza. Entonces el aire estaba raro, con ese ambiente de que algo está por pasar, así que cuando las cosas amagan a ir por el lado de la incertidumbre, lo mejor es refugiarse en las certezas de la música. Aunque mi decisión de estar en la despedida del ciclo de Flopa, Manza y Minimal en Ultra Bar, venía de mucho antes. Incluso de antes de que sea despedida. Porque el ciclo arrancó en Junio, atravesó exitoso el clima mundialista, y se prolongó a lo largo de todo Julio, consumando un total de nueve miércoles.
Los seguidores del blog ya conocen mi simpatía para con el Ultra Bar y sus copetines, solo voy a hacer referencia a que esta vez privilegié el horario a cualquier otra actividad, y decidí concurrir bien temprano para tener la seguridad de una buena ubicación y ver el show en las mejores condiciones
“Todo el viento no alcanzará para empujar la carreta de los días por llegar a destino...” así abría el disco que en 2003 grabaron Mariano Esain, Flopa Lestani y Ariel Minimal. Y como si ese andar lento fuese el ritmo permanente del funcionamiento del trío, poco más de diez años después, esa frase sirve para abrir el concierto que retoma su intermitente funcionamiento. Y “La voz del tiempo”, y “Trampas” en continuado pueden llegar a confundir el sentido del recital como si se tratase de una evocación literal de aquel álbum maravilloso. Evocar el disco, dije. Y en realidad a medida que avanzan las canciones me fui dando cuenta de que era una buena manera de definir lo que sucedía sobre el escenario, aunque en un sentido expansivo. Porque la evocación trascendía al disco en sí y remitía directamente al espíritu que le dio origen al proyecto. Al hecho de juntarse y tocar. De ver qué sale. De complementarse, escucharse, sumar palabras y melodías, de cantar con la misma pasión las canciones propias y las ajenas. Por eso cada historia particular y sus muchos cruces (Manza y Minimal tocaron juntos en Martes Menta a principios de los '90) estarán presentes a lo largo de toda la noche.
Al margen de lo que acabo de describir, el concierto tiene una estructura bien definida: temas en conjunto en dos bloques con intervalo, y set mínimos con espacios solistas. Pero será ese espíritu, un poco fogonero, pero que tiene más de fiesta de cumpleaños concurrido, el que haga que todo fluya en una continuidad placentera. Tanto es así, que las canciones del disco “La piedra en el aire” que grabaron solos Flopa y Minimal en 2012 se suman al repertorio como si siempre hubiesen pertenecido a los tres. “La máquina de hacer todo mal”, “¿Y cuánto más tengo que pagar?” (Griesa, agrega Flopa volviéndonos a la realidad, cuando presenta la canción), y “Cosecha de amor” fueron las canciones de ese disco que sonaron en la primera mitad. Flopa, para su parte en solitario eligió una canción por disco: “Huecos” (de “Emoción homicida”-2007), y “Vengas conmigo”, con algún aire spinetteano, de “Dulce, fuerte, grave” de 2004. Por allí sonó “Reaccionar” de Menos Que Cero, y “Metal”, una canción nueva. Ese primer tramo se cerró en formato trío con “Sonajeros”.
Si uno se detenía en el rostro de cada uno de los músicos y en los diálogos jocosos entre ellos, quedaba claro que reinaba la buena onda. Con la gente pasa algo raro: cada uno canta los temas bajito. Todos se saben las letras, todos celebran las canciones, pero el canto conjunto nunca llega a consumar un murmullo que se interponga con las voces que llegan desde el escenario. “Mi propia marca”, una nueva de Flopa, abrió la segunda parte. Y tal vez eso sea lo que mayor motivo de celebracíón provoque este ciclo: que haya canciones nuevas. Que juntarse sume más y más música, y que sean más los motivos para brindar. “El almaherida”, mi preferida de las de Ariel fue seguida por esa belleza de Pez que es “Bettie al desierto”. Y Manza solo recurre a su banda actual, Valle de Muñecas, con “Dias de suerte” y “La soledad no es una herida” (que no se adapta con tanta facilidad al formato acústico como la primera, y se nota).
“¡Así se trabaja!” (de “La piedra en el aire”), un tema nuevo de Manza, y la energía de “Abrazo impacto”, precedieron al último de los sets individuales: el de Ariel Minimal que estrenó “El manto eléctrico” un tema nuevo a grabar con Pez, y después hizo “Disimular”. A medida que esa última mitad del último miércoles del ciclo avanzó, el clima se volvió más ameno, íntimo y cómplice. “Atolondrón” fue puro Flopa y Minimal, y entonces Manza metió “Demasiadas impresiones” de Menos que Cero, como si hiciera falta más equilibrio a algo que parece haber nacido equilibrado. Y “Auxiliar” será otra nueva, tal vez la más sencilla de tararear a primera escucha.
Para el final quedó un agradecimiento para el staff, el lugar y para nosotros, que hicimos posible que cuatro miércoles se conviertan en nueve. Y yo, que había usado la figura del cumpleaños masivo para describir el clima en Ultra, lo relacioné con esas fiestas que uno organiza y le cae tanta gente que termina dividiendo la cosa como “familia a mediodía”, “amigos a la noche”. Si se hace la suma, la convocatoria justifica un teatro. Sin embargo, ninguno de los que estuvimos estos días, podríamos sentirnos más a gusto que entre esas mesitas de madera y la tarima apenas iluminada desde la que nos cantan “Debajo del álbum blanco” y “Dejadez” como despedida. Y así como en la canción los pasos en el vacío fortalecen, uno vuelve a la ciudad con una sensación parecida. Aunque se trate menos de pasos al vacío que de caminar en el aire. Que es casi como volar.



sábado, 19 de julio de 2014

Underdog en The Roxy

                La de ayer era la noche de un viernes largo, de una semana más larga aún y que debió haber comenzado con mis oídos cumpliendo la íntima promesa de escuchar la discografía completa de Romeo Santos, debido a que Argentina había salido campeón del mundo. Vaya a saber qué tipo de empatía tenemos con ese tal Göezte, que lo movilizó a evitarme tal oprobio, pero lo cierto es que ahí andaba yo deambulando por Palermo y sin copa del mundo bajo el brazo.  La cosa es que el cansancio fue vencido por las muchas ganas que tenía de estar en la presentación de “Other clouds” el nuevo disco de los reunidos Underdog. Así que lo tiempos cuadraron e incluso bastante antes de la hora anunciada (24hs) yo ya estaba en la puerta de The Roxy, acompañado por un puñado de grandulonas que aguardaban la salida de Valeria Gastaldi, quien había cantado previamente, para robarle un autógrafo o una foto.
                Fiesta Roxtar, auspicio de Ultrabrit magazine, y una banda que lleva colgada la etiqueta de brit pop presagiaban una noche más que interesante. Underdog, luego de un par de discos y un show como soporte de Queen + Paul Rodgers en  Velez que les valió buenas críticas, se había disuelto casi en silencio. O mejor dicho, multiplicado en los proyectos  de Eddy Caparelli (The Ocean) y Guillermo Stolzing (Moodyman). Esos proyectos nunca caminaron por separado y eso fue lo que los llevó a tocar nuevamente bajo el nombre madre el año pasado, cuando  una invitación de la Cancillería los reunió para el Liverpool Sound City. Dieron además unos cuantos otros  shows en las islas, incluyendo el mítico escenario de The Cavern. Y fue ese proceso el que parió “Other clouds”, el tercer disco de la banda, que en verdad se trata de un EP de seis temas.
                Yo había tenido oportunidad de escuchar algunos adelantos subidos a la web, pero me interesaba en particular escuchar en vivo los nuevos elementos a los cuales aparentemente apelaba Underdog para expandirse en su alcance sonoro. Y si bien la apertura resultó una bienvenida con tonalidades conocidas, para “Halt!”, Underdog empezó a mostrar sus nuevas cartas. Una línea de bajo repetida y pesada que remite a “The national anthem” de Radiohead, pero también a la propia “Death’s in the party” de “Utopic” (2004). Para los que conocemos la música de Underdog nada nos llamó la atención en particular. Las melodías limpias, el dejo melancólico en la voz de Caparelli, y los crescendos en los climas que propone la guitarra de Stolizing dejan bien en claro que dentro del amplísimo espectro que abarca la etiqueta del brit pop, el grupo elige transitar los caminos que remiten a grupos como Travis, Keane, el Radiohead menos pretencioso y especialmente el primer Coldplay.
                Las experiencias por separado hicieron que en algunos temas nuevos la presencia de la electrónica ocupe un lugar más destacado, pero Underdog hilvana un show que demuestra que más allá de las búsquedas, mantiene en absoluto su esencia. Entonces canciones como “Privacy”, “Don’t let me lie” y “Staring out for my window” conviven con nuevas como la languidez culposa de “Moments” y una “Other clouds” que suma a esos mismos sentimientos un tono de reproche y auto  afirmación, que tiene su correlato en una base de dientes apretados.  Detrás de los músicos, el anuncio con el nombre de la banda se deshace para dar lugar a proyecciones que van desde el cine mudo a un cielo estrellado,  y que devienen en líneas inquietas y variables que parecen salidas de carátulas de un reproductor de música digital.
                Hacia el final se destacó una excelente (y muy celebrada) “Apocalipstick” (de “Privacy” – 2007), y fuera de programa y a pedido de un fan, una versión acústica de “Circles”, la canción encargada de cerrar “Other clouds”. Quedó el escenario vacío con algunas programaciones sonando mientras las luces jugaban con tres bajas columnas que decoraban la puesta. En el regreso, Underdog cerró con “Yet to come” y la nueva “Fake UR”. A medida que esta última  avanzaba, en mi mente se iba figurando la genial sátira de Mitch Benn cuando cantó aquello de “Every thing sounds like Coldplay now”. Porque en este caso la influencia pasa a segundo plano y el tema resulta un homenaje directo y sin velos. La melodía, los falsetes del coro y la guitarra hacen de la canción una pista digna de “Parachutes”. Claro, Mitch Benn vive de la malicia y en mi caso la referencia me provocó apenas una sonrisa, al tiempo que pensaba lo bien que sonaría “Fake UR” en unas cuantas FM si los programadores aceptaran la sugerencia de darle una oportunidad. Y si alguno de ellos pasa por este blog, anímese,  haga la prueba y después me cuenta.
                Las consideraciones de las primeras líneas de este posteo fueron las que me llevaron a abandonar veloz The Roxy y procurar rápido un taxi hasta mi casa. Incluso si estacionar al borde del colchón estuviera permitido, lo hubiera solicitado. Eso sí, durante todo el viaje, unas cuantas agridulces melodías se repitieron en mi mente en continuado, haciendo del regreso un viaje más que placentero.
               
               
               






               
               

                

viernes, 6 de junio de 2014

Yo La Tengo en Teatro Vorterix

Un jueves porteño bien otoñal resultaba ideal para recibir a Yo La Tengo. Aunque yo venía de una semana movida, sin demasiado tiempo para detenerme a aclimatarme y casi que llegue al Vorterix por inercia, había algo en el ambiente que indicaba que los planetas estaban alineados para recibir a los músicos de Nueva Jersey. El show estaba anunciado temprano y mi puntualidad me llevó a disfrutar de buena parte del set de atrás Hay Truenos, la banda local que los teloneaba. Grata sorpresa, no los conocía (apenas me había informado de que son de Neuquen), y casi que la elección fue perfecta. Con su sonido que en buena parte coincide con la expansión instrumental de Yo La Tengo, pero con algunos otros condimentos interesantes. Por momentos las melodías tienen reminiscencias dark, las guitarras se complementan perfecto y cuando se internan en climax distorsivos saben manejar muy bien los volumenes y los tiempos como para no saturar y salir airosos. Por otra parte se enfrentaban a un público acostumbrado a esa propuesta, con lo cual no estar a la altura los hubiese dejado en evidencia. Fueron muy bien tratados a lo largo de todo el set y se llevaron un gran aplauso de despedida.
Bien, una vez cerrado el telón y mientras apenas se podían ver piecitos que se movían acomodando equipos e intrumentos, el Teatro Voerterix que lucía bien poblado desde temprano, terminó por completarse el límite de la sobreventa (Algo que sucede siempre allí, y presumo que si algún día alguien se toma el laburo de verdad de chequear este dato, se deberían comer un garrón. Aunque con la radio del mismo nombre cubriendo eventos oficiales del Gobierno de la Ciudad, sospecho que los inspectores no estarán muy interesados en entrometerse en estos menesteres).
Yo había visto a Yo La Tengo en La Trastienda en 2010, y aunque uno sabe que las listas de tema cambian según cada ciudad y son imprevisibles, hay un espíritu en sus shows que sí es permanente y que marcan el clima para el que uno se predispone: distorsión noise, hipnosis, belleza acústica y un rumbo imprevisible, siempre guiado por un Ira Kaplan, quien es el que lleva la voz de mando a la hora del sube y baja de sensaciones por las que va transitando el show.
Abrieron con “Stupid thing” de “Fade”, su último trabajo. Georgia Hubley estaba a cargo de una de las guitarras, y James Mcnew en la batería, sitios que intercambiaron al segundo tema. Justamente fue el último disco en el que se centró el show. Un disco que si bien continua la linea que vienen trazando desde hace unos cuantos años (en donde la primera escucha resulta más accesible para oidos desprevenidos), a mí me resultó más logrado y menos previsible que el predecesor “Popular songs”. Pero esa no fue la única premisa en un lista que entre “Fade” y “Fakebook” (1990) se llevaron buena parte del show. Porque el concierto tuvo preeminencia de sonido acústico. Y si bien hubo tiempo para la distorsión en temas como “Super kiwi” o el rítmico y casi funk falsete de “Mr. Tough”, fueron las canciones más suaves las que constituyeron la esencia de la noche de Colegiales.
“Autumn sweater” fue el primer clásico en aparecer, y a partir de “Before you run” encadenaron unas cuantas canciones de “Fade”, entre ellas “The point of it” y la encantadora “Cornelia and Jane”, con Georgia al frente. En todos los casos se trata de melodías casi susurradas, con arreglos mínimos, que cuando las canta Ira parecen lamentos y que se vuelven súplicas cuando es Georgia la que se hace cargo de la voz. La gente se contagia del clima, a tal punto que pareciera hipnotizada y se limita a una escucha pasiva. Cerca mio unos discuten por el destino del humo de un cigarrillo (la prohibición de no fumar en los boliches no se cumple, y si no la van a hacer cumplir, que la saquen. De esta manera lo único que genera son rispideces entre fundamentalistas del humo y sus víctimas alérgicas) y son acallados de manera vehemente. Otros intentan acompañar con palmas algún tema y son silenciados con chistidos. Como si nada pudiera interferir el trance que prosigue en “The one to cry”, “Griselda” y “I'll be around”. Ira cambia de guitarras, se sienta frente a los teclados, la percusión pasa de las sutiles escobillas a la firmeza de los golpes de tambor, y la banda parece reinventarse a sí misma con cada tema.
Recién hacia el final, mas allá de los climas que fueron intercalando entre los tramos acústicos y que parecieron una provocativa forma de jugar con los extremos, es en donde la electricidad finalmente gana su espacio. Un equilibrio entre un ruido ordenado y la delicadeza tensionada al límite de la fragilidad. Y allí “Ohm” es un mantra que abre “Fade” y que compila los mayores atributos de Yo La Tengo, con destino de clásico. Antes “Sugarcube” había provocado que algunos headbangers evidencien que no todo era quietud en la sala. Y el final demoledor con “Pass the hacket, I think I'm goodkind” y una linea de bajo repetida hasta el infinito, una métrica perfecta sobre la cual Ira Kaplan despliega su éxtasis de ruido, acribillando la guitarra, golpénadola con palillos de batería, mientras la abandona en un acople e intenta entrometerse entre la gente, lo cual va a terminar resultándole imposible. Fueron casi diez minutos de una espiral sonora que rompió el encanto al que los oidos habían sido sometidos durante todo el tramo previo del concierto.
Si la elección de los temas del cuerpo principal de un show de Yo La Tengo es imprevisible, los bises suelen ser un misterio aún mayor. Abrieron con la propia y calma “Our way to fall”, y pasaron a una tremenda versión de “Can't seem to make you mine”, aquel tema de The Seeds que pasara también por manos de los Ramones. Y como si ellos mismos se dieran cuenta de que para bajar necesitaban hacerlo de manera abrupta, se sumergieron en el enorme desafío de “By the time it gets dark”. Y digo enorme desafío porque la voz de Sandy Denny será inalcanzable, y entonces es en la cadencia initimista que Yo La Tengo le imprime, en donde la canción reluce diferente, pero impregnada de la misma gracia otoñal que la original.
El escenario se fue despojando de instrumentos y en la despedida, que amagó a ser definitiva y no fue tal, con el cover de Sun Ra “Somebody's in love” las armonías casi que se limitaron a los arreglos vocales. Toda ese clima se mantuvo en el segundo regreso, aunque con el agregado de una cuota de informalidad, ya que el tema de cierre lo terminó eligiendo Ira Kaplan sobre el escenario, mientras invitaba a los asistentes a sumarse a la banda. “Speeding motorcycle” de Daniel Johnston fue entonces la encargada de la despedida definitiva con Yo La Tengo convertido en quinteto.
La lenta salida de la gente, la levedad de los gestos sonrientes y conformes, casi que fueron una continuidad de lo que habíamos presenciado. Y a poco de empezar a vernos enfrascados en la euforía típica del Mundial de futbol, ese cierre mínimo y tranquilo funcionó como una especie de paso por un spa, que nos permita disponer de las energías renovadas para las experiencias que se vienen.




jueves, 22 de mayo de 2014

Jesus and Mary Chain en Groove

Había terminado el show de Jesus and Mary Chain en Groove y mientras yo buscaba acercarme a la puerta, una chica le decía a su amiga: “me parece que nos cagaron”. Claro, había pasado apenas una hora y cuarto del comienzo de un show muy esperado, cuyas entradas no habían sido precisamente accesibles. Yo también me iba con ganas de más, especialmente porque el concierto había finalizado en un punto tan alto de intensidad, que quedaba gusto a poco. Volver tan rápido a la luz y al afuera (nunca mas justa esta palabra) resultaba injusto. Pero jamás juzgué a un recital por su duración (al menos no solo por eso) y a decir verdad, lo último que uno espera de los hermanos Reid es condescendencia, así que rápidamente me olvidé del reloj y comencé a repasar mentalmente los mejores momentos del concierto. Pero claro, no podía dejar de citar el dato de la duración, y si empiezo justamente por esto, no es porque me interese magnificarlo, sino para sacármelo rápido de encima.
Yo venía de un fin de semana de euforia riverplatense, y si a las 21 hs estaba a punto para los escoceses se debió a que Buenos Aires se puso todo lo húmeda, gris y melancólica que pudo, como para estar a tono para recibirlos. Además, al fin de cuentas, si uno llega a Palermo con la cabeza susurrándole aquello de “nine million rainy days have swept across my eyes thinking of you”, resulta evidente que el inconsciente ya se había preparado de antemano para el evento.
Entré cuando estaban empezando a tocar los Iguana Lovers, que están preparando su próximo disco que cuenta con la participación de Adrián Yanzón ex-Los Pillos. A esa hora la gente no era mucha, aunque la estoica cola que bajo la llovizna aguardaba para comprar entradas, hacían imaginar un marco más digno. Celebré la decisión de haber comprado la entrada anticipada, me hice de un trago y me acerqué a esuchar a los entusiastas teloneros locales.
Para cuando los Jesus and Mary Chain salieron al escenario, la pista de Groove ya estaba repleta, y sin mediar saludo ni mucho menos, largaron con un “Snakedriver” que sonó desprolijo, aún para los parámetros de la banda. Jim Reid bebía de su porrón de Stella Artois y cubría los eructos que le devolvía el diafragma con su mano derecha. El sonidista acomodaba rápido las perillas para que todo suene como lo esperado, William Reid comenzaba a construir su mundo aparte en el escenario, y el público esperó el bajo machacante de “Head on” para dar sus primeros saltos.
Mas allá de su historia y su innegable vigencia, Jesus and Mary Chain parece ser un grupo reunido para usufructuar la renaciente popularidad que les otorgó Sofía Coppola con “Lost in translation”. Toman partes de su discografía salteados (privilegiando “Automatic” e ignorando “Stoned & dethroned”), le agregan lo único nuevo que hicieron en quince años (“All thing must past”, buen punteo de William), entrelazan tramos oscuros con sus temas más bailables, y apuestan a que cualquier error sea atribuído a una premeditada vocación por mantener la vigencia de su “suciedad”. Un par de inicios en falso, cierto desgano que más que vocación parecieron pose forzada (ni siquiera la bandera escocesa que le alcanzaron conmovió a Jim Reid) y una maquinaria que por momentos parece sostenerse en piloto automático. Yo no había estado en el Personal Fest de 2008 (compararlos con su versión del '90 resultaría injusto), pero los comentarios sobre aquella presentación hacían previsible el tipo de show que iba a ver. Y por ese motivo, al bajar el nivel de exigencia, momentos como “Blues from a gun”, “Sidewalking” o “Teenage lust” consiguen rescatar la mejor memoria y construir momentos de alta intensidad.
No niego que imaginé que el reencuentro con Alan McGee (que acaba de relanzar Creation Records, de ficharlos en primer lugar y que además los acompaña en la gira) podía devolver la mística en niveles altos.Tal vez  eso quedará para la explotación comercial de los treinta años de “Psychocandy” en 2015, veremos. Pero no quiero ser injusto con esta versión de Jesus and Mary Chain, entre otras cosas, porque estaban tocando en un boliche que no se caracteriza por favorecer el sonido de nadie. Eso sí, evidentemente funcionan a un ritmo y bajo reglas que les son propios. Un setlist repetido por años tiene que significar necesariamente que la progresión de energía que va ganado espacio con el avance del show sea premeditada. Los hermanos Reid no se hablan, y apenas se miran. Al menos no pelean y eso ya es bastante. La base King-Colbert funciona perfecta, y la guitarra de Mark Crozer es desde lo instrumental lo más rescatable por lo parejo. Párrafo aparte para el look de Crozer, que con saco, camisa negra, pelo canoso peinado hacia atrás y patillas blancas, parece la versión de Tony el Gordo, pero después de un by pass gástrico.
Dije que show crecía de a poco, y a la altura de “Some candy talking” ya convencían . Encima le pegaron “Happy when it rain”, que resultó de lo más celebrado. Ver a un tipo de más de cincuenta, cantando que no sabe bien dónde está parado y pidiendo que lo traigan de vuelta, mientras confiesa que la lluvia lo hace feliz, es una postal tan perfecta de la banda, que me olvidé de cualquier prurito que había tenido con la performance hasta ese momento. Y cerraron con una sucia y felizmente distorsionada versión de “Halfway to crazy” a la que continuaron con “Just like honey” y una voz femenina presentada simplemente como “a friend”. Pobre versión, por cierto, que los devolvió al desparejo nivel del comienzo. Una pena, no tanto por ellos, pero sí semejante tema.
Muchos miraron la hora en sus celulares, porque se empezaba a consumar la idea de un show breve, casi festivalero (de hecho los festivales se han convertido en su hábitat natural desde la reunión de la banda). El regreso al escenario fue bastante veloz con la ruidosa “The hardest walk”. Jim Reid salió con el ceño fruncido, casi enojado y con movimientos más bruscos sobre el escenario. Como una metáfora de la decadencia había cambiado el porrón de Stella por una lata de Quilmes, pero a nadie pareció importarle. Es más, esa versión de Jim resultó muchísimo más interesante y conmovedora que la anterior. Y si “Taste of Cindy” estuvo a la altura de la ira del cantante , el cierre con “Reverence” y el repetido aullido de “I wanna die” consumó un remate perfecto. El pie de micrófono golpeado con furia contra el piso reafirmaba la voluntad de ese grito que llega desde “Honey's dead” y los iniciales '90, pero que permanece como una declaración de principios.
Varios volvieron a cronometrar la duración del concierto, pero a la salida abundaban más las sonrisas que las quejas. Y aunque ya no lloviznaba, la húmeda avenida Santa Fe a esa hora era la continuación perfecta para el show que había terminado. Yo me alejé de Palermo intentando conciliar sentimientos encontrados, pero cubierto de un melancolía que en gran parte había sido mérito de esos escoceses. Al fin de cuentas, a tipo con una remera que reza “Born to lose” y que anda a los gritos diciendo que se quiere morir, perfección es lo último que se me ocurriría pedirle.



martes, 15 de abril de 2014

Macy Gray en Niceto

Comenzar la crónica de una noche de música que me dejó en estado de gracia con una queja resultaría muy injusto. Pero dejar pasar la conocida, repetida y a esta altura irrespetuosa manera que tiene Niceto de tratar a sus concurrentes es imposible. Uno llega a un show anunciado a las 21 hs y se encuentra que ni siquiera abrieron las puertas del local. De allí todo el desplante que quieran imaginar. Bien una vez hecha la referencia, abandono el modo Defensa del Consumidor y me aboco a lo que de verdad importa. Porque después de una espera prolongada (tampoco se van a pensar que el show empezó cuando la gente estuvo adentro) bien musicalizada y con unos tragos que ayudaron a sobrellevar la espera, asistimos a una preciosa y encantadora versión de Macy Gray que contagió al público y que a partir de una lenta y progresiva sugestión, terminó por dejarnos en éxtasis absoluto.
Los primeros en acomodarse en el escenario fueron los músicos, quienes con unas corbatas luminosas se aprestaron en sus lugares e introdujeron musicalmente a Macy, quien entró con un traje de lentejuelas brillante y una sonrisa dibujada en el rostro que no se le iba a borrar en toda la noche. Allí nomás arrancaron con el rítmico “Why didn't you call me” al que le pegaron en seguida “Do something”, ambas del disco debut de Macy Gray, “On how life is”. Los quince años de aquel trabajo inicial que la posicionara junto a Erykah Badu y Lauryn Hill a la vanguardia de movimiento llamado neo soul, que para mí nunca fue otra cosa que la incorporación de sonidos modernos a las fórmulas clásicas del ryhthm and blues, era la visita. Claro que además estaba esa voz sugerente y delicada, y un carisma irresisitble.
Rápidamente Macy Gray presentó a sus músicos, interactuó con ellos casi tanto como el público y promovió los primeros gritos (cada vez que ella contaba cuatro había que lanzar un “ahhhh” lo suficientemente fuerte como para conformarla) y dedicó los primeros cumplidos. Los presentes pasamos a partir de allí a ser sexy people y un público maravilloso. Pero todo sucedió lentamente. En ese primer tramo lo que descollaba era la banda perfecta que la acompañó, y Macy Gray comenzaba a tomar temperatura privilegiando el diálogo con el público, con su voz bien afinada, pero a la que le faltaba la soltura que alcanzó varios minutos más tarde. En ese primer tramo, el bajista Michael Torres descolló en “Still” y Macy recién alcanzó su primera gran interpretación con la balada “Glad you're here”. Y entonces, como si la cadencia soul de ese tema hubiese roto un encanto, el resto fue de una energía y ritmo inigualable.
Hubo un elemento que Macy introdujo sutilmente a lo largo de la noche y a cuyo ritmo el show ganó obviamente en temperatura: el sexo. En su gestos, en algunos movimientos, y con sus manos “masturbando” el soporte del micrófono mientras observaba tocar a sus músicos. Pero también tuvo mucho que ver el repertorio elegido para ese tramo que empezó con “Sex-o-matik venus freak”, que incluyó “A moment to myself”, “Ghetto love” y la inédita “First time”, y que derivó en una desbordante “Sexual revolution”, que demostró que para disfrutar de la explosión de Macy Gray solo era cuestión de respetar sus tiempos. Hubo momentos de lucimiento para el baterista Shay Godwin al final de “Sex-o-matik...”, y para la trompeta en “Ghetto love”. Un crescendo que culminó con la banda tocando carnaval carioca y Macy meciendo sus brazos a la par de la gente.
“Sweet baby” fue la encargada de cortar el clima, como una especie de relajación premeditada para tomar impulso hacia el tramo final. Allí se lució el piano, y luego la guitarra de Martin Esstrada (es igual al Chino Luna) en “When I see you”, en lo que fue un tramo entre dulce y romántico. Entonces el “Da ya think I'm sexy” de Rod Stewart puso a todos a bailar, y el show cerró con el clásico que todos habíamos ido a buscar, y que era el broche perfecto para celebrar los quince años de la explosión de Macy Gary, “I try”. En una versión intensa, prolongada, con todos los tips de juegos con el público repetidos hasta el hartazgo, con la cita al Marley de “Three little birds”, la gente corando el “Here is my confession, may I be your possesion....”, y un cierre a solas de la banda, que se retiró muy aplaudida, mientras la gente a pesar del lunes y el horario solo pensaba en pedir un poco más.
El regreso al escenario repitió en tiempo reducido el recorrido del show. Primero fueron unos toques clásicos del pianista, quien luego se calzó la acústica mientras la batería era cubierta con una paño para que suene apocada en “Stoned”, el anticipo de “The way”, inminente octavo album de estudio de Macy Gray. Al alegato pro marihuana (aunque fuera del escenario Macy no muestra el mismo entusiasmo por el cannabis) le faltaron las imágenes del video alusivo, pero en lo melódico le dio al show un tono más limpio y pop. A ese clima se sumó la versión semi acústica de “Beauty in the world” tarareada por todo el mundo. Y a  ese canto casi inocente lo siguió el cover de “Creep” de Radiohead, paradójicamente la más cantada por el público de principio a fin. El “I’m a creep” tenía muy poco que ver con la noche, pero los modos de Macy hicieron sentir a la confesión más como un juego perverso que una auto flagelación psíquica.
Para el final quedó “The letter”, la historia del desafío de dejar el hogar en busca de la libertad y la decepción de asumir que en realidad no hay tal cosa. El coro gospel acompañado por el público con garganta y palmas no pudo ser mejor puesta para la historia con la que Macy Gray decidió cerrar el primero de sus conciertos en Buenos Aires. La cantante se retiró saludando y dejando que los músicos se despidan de a uno, recibiendo el merecido aplauso mientras los sonidos se apagaban de a poco. En su página en Facebook, Macy Gray se presenta diciendo que quiere ser tan famosa como la medianoche, poderosa como un arma y tan amada como una pizza. Quise buscar un mejor cierre la nota, y la verdad que no encontré.
Afuera el taxista que me llevó a casa me contó que había cambiado el turno para manejar durante el eclipse. Seguro soy más que injusto con él, pero en ese momento ni me importó. A esa altura hasta me había olvidado de que me hubiese gustado oir alguna de las versiones que Macy hizo en su reinterpretación de “Talking book”.