jueves, 8 de septiembre de 2016

Marco Sanguinetti en el Centro Cultural Kirchner - Presentación de "Como desaparecer completamente"

Un poco más atrás encontrarán en este mismo blog un posteo dedicado al evento “Sanguinetti plays Radiohead”. En aquel momento el proyecto se ofrecía como un camino paralelo en el transitar de Marco por los escenarios, cuando todavía andaba presentando su propia música, en especial el disco “Ocho”, publicado a fines de 2013. Un año y medio después, el proyecto creció. Al formato trio inicial se sumaron instrumentos y voces, se amplió el alcance de las canciones abordadas, y se acaba de consumar en un álbum doble, bautizado “Como desaparecer completamente”, que anoche Marco Sanguinetti presentó en una casi repleta Sala Argentina, del Centro Cultural Kirchner.
Y para comentar lo que sucedió anoche, voy a empezar por el final. Por Marco sentado en el piso sobre su pequeño armonio de fuelle manual y la voz de Milena L'argentiere en una íntima versión de “Motion picture soundtrack”. El show había terminado y la melodía sencilla quedó flotando en la sala a modo de un bis por el que no hubo que rogar. Es una canción de despedida, hacia un moribundo o la confesión de un suicida, da igual. “Te veré en la próxima vida” escribió Yorke para “Kid A”, y en parte de eso se trató el show. De los primeros muestras de un proyecto que se asume satisfecho y comienza a despedirse para abrir espacio a vidas nuevas musicales.
Aquel recorrido del que comenté alcanzó con el disco un objetivo que tal vez nunca se había propuesto en el comienzo, y habiendo inquietudes y creaciones propias por mostrar, necesita cerrar su círculo. No se trata de agotamiento pero está claro que Sanguinetti Plays Radiohead es más una pretenciosa (en el mejor de los sentidos de la palabra) evocación, que un kiosquito de alguien que busca hacerse un lugar a fuerza de composiciones ajenas. Así lo contó Marco Sanguinetti anoche durante una de sus intervenciones entre los temas, y en el trato de las canciones, en la forma de presentarlas y describirlas, no resulta muy dificil creerle de manera ciega.
Marco Sanguinetti se toma en “Como desaparecer completamente” el trabajo de deconstruir y reamar las canciones de una banda a la que admira. Y lo hace a sabiendas que probablemente el resultado de esas canciones que a él lo conmueven hayan pasado por un proceso similar antes de ser grabadas, porque claro, es Radiohead. Esa ingeniería sonora y melódica original es consecuencia de un trabajo artesanal donde nada es caprichoso, y también lo será en las versiones moldeadas por el piano de Marco.
El show comenzó con el grupo reducido a piano, batería (Tomás Babjaczuk ) y bandeja de vinilos (DJ Migma), con “Airbag” y “Paranoid android” mientras por encima de los músicos se proyecta la tapa de “OK Computer”. Las canciones se presentan en detalles, motivos que son la excusa para expansión de las propias búsquedas de Marco. Y el heterogeneo público del CCK se sumió con docilidad a la propuesta. Cada canción tuvo en la proyección de la tapa del disco que la contiene, su anclaje visual con sus creadores. El resto de los puntos de contacto, quedó a cargo de la avidez de nuestros oidos.
La premisa es recorrer a Radiohead en todos los formatos y por ese motivo hay canciones de todos los discos de la banda, incluso “Burn the witch” del último trabajo “A moon shapel pool”. Aun los que conocíamos el abordaje no dejamos de sorprendernos por el crecimiento del proyecto. Si bien hay citas que resultan imposibles de no repetir a la hora de una descripción (la chacarera en “Everything in it's a right place”, el sonido jazz progresivo que remite a los neoyorquinos The Bad Plus en “I might be wrong” y “The national anthem”, el piano clásico en tono de drama tanguero en “Creep”), la voz de Milena L'argentiere y la guitarra de Pablo Butelman, que progresivamente se van sumando al escenario, le aportan nuevos tintes y texturas a las versiones, que las llevan a relucir diferentes. “Weird fishes / arpeggi” (voces) y “We suck young blood” (guitarra) fueron algunos de esos ejemplos.
Hubo tiempo para los agradecimiento (al productor Manza Esain, ayer en la consola, Marco lo nombró “nuestro Nigel Godrich”) y para una breve reflexión acerca de la música, su alcance, la importancia del hecho artístico y la necesidad de su difusión para abrir espacios de pensamiento. La función del Estado en esto y el arte como constructor de identidad, como cuando recordó que (luego de haber tocado la canción que traducida da nombre al disco) en su visita del 24 de marzo de 2009, los británicos eligieron “How to dissapear completely” para sumarse a la memoria de las víctimas del golpe de estado del que ese día se cumplían treinta y tres años.
Y si de identidad se trata, creo que allí reside el principal logro de Marco Sanguinetti en “Como desaparecer completamente”: pasear a los temas de Radiohead por nuevos rumbos, desnudarlos en la mayoría de los casos de sus palabras, concretar nuevas imágenes con las mismas piezas del mismo rompecabezas y conseguir que en todo ese nuevo entramado, nunca pierdan su esencia.
Hubo tiempo para “Black star”, “Little by little” y el concierto se cerró con “Idioteque”. Luego sí, ese final mínimo que anticipa nuevas vidas. Milena L'argentiere se aboca a la melodía con sus propios modalidades y tonos, repitiendo a su manera el ejercicio propuesto por Marco Sanguinetti y la canción se esfuma con el último aire que el fuelle permitió “respirar” al armonio. Por lo pronto, de acá a fin de año seguirán los shows de presentación, y luego, el disco doble quedará como único testimonio de una propuesta tan interesante y honesta, como lograda. 





lunes, 29 de agosto de 2016

Nacho Vegas en Ciudad Cultural Konex

De Nacho a Nacho. De Nacho Fernandez en Nuñez a Nacho Vegas en el Abasto. Así terminó mi fin de semana, con un domingo que compuso todo lo que Santa Rosa había desarreglado el sábado. Aunque los meteorólogos en televisión dicen que Santa Rosa no existe. Pero a la televisión mucho no hay que creerle. A los Santos medio que tampoco. En realidad hay poco en lo que uno puede creer, así que no queda otra que aferrarse a lo que uno quiere. A los vinos, cantares y amores, a decir del Nacho Vegas, el asturiano que luego de un año, volvía a pisar Buenos Aires.
Aunque en el último tiempo (y en especial a partir del nacimiento del movimiento 15M en Madrid) ya nos tiene acostumbrados, la versión de Nacho Vegas resultó diferente a la del año pasado. Porque su costado social ha quedado más expuesto que nunca en su EP “Canciones populistas” y lo que en sus letras y repertorio venía insinuándose sutil, se transformó anoche en Ciudad Cultural Konex, en el hilo conductor de su concierto.
La noche no comenzó con él, sino con Manolos, un grupo local que no tiene nada que ver con los rumberos catalanes, y que básicamente me sonaron como un grupo tributo a Sabina. La paradoja es que especialmente más me sonaron como tributo a Sabina cuando hacieron sus propias canciones. Lugares comunes de la lírica y la prosa del madrileño repetidos como fórmula, dieron por resultado un somero anticipo al concierto de Nacho. Con poco para destacar a mi gusto, me resguardo de una opinión definitiva por dos consideraciones: tocaron en un formato acústico que no es el habitual en ellos que bien pudo haber exagerado mi percepción, y a la hora de tocar un tema de Joaquin, eligieron “Con la frente marchita”, lo cual necesariamente supone buen gusto de origen.
Empecé hablando de la diferente versión de Nacho Vegas que nos visitó este año, más que nada por el repertorio. Pero hubo otra diferencia con el concierto del año pasado: vino con banda reducida; apenas un cajón peruano, bombo y platillos en la percusión, y una guitarra eléctrica. Y necesariamente el formato no puede ser casual cuando el asturiano viene reivindicando el formato folk de la canción. Al juglar que se expresa con mínimos aditamentos y que hace de su sensibilidad artística el arma para contactarse con el público.
El show comenzó bien clásico: “El hombre que casi conoció a Michi Panero”, y varios temas de “Resituación”, en donde se destacó “La vida manca”, cantada por los porteños como si conocieran Gijon como la palma de sus manos. Eso sí, después de los dos primeros temas se sumó al escenario un coro presentado como “Coro Nacional Anti Fascista Tamara Bunke” y que significó la primera aparición de las garras rebeldes de Nacho. Además claro, de la imagen de la guitarra con la insripción “This machine kills fascists”, una forma de homenajear a Woody Guthrie, inevitable cita a la hora de hablar de juglares comprometidos.
A partir de allí comenzó el momento más combativo del repertorio, con temas como “Canción para la PAH” (que retrata el drama de los desahucios en España y colabora con el movimiento social que nació como respuesta a ello), “Polvorado” y “Vinu, cantares y amores”. En este último, el estribillo “Que sin una y vinu, cantares y amor, no, esta nun llega mío revolución” tal vez mejor se expresa el espíritu de este Nacho Vegas de mirada social. No hay renuncia a la bohemia para seguir el tono marcial de una proclama. Las arengas no están excentas de ironía, el humor abunda y el mundo resultante de la revolución será un mundo en donde no falten los brindis y las fiestas. En medio de todo eso, el guitarrista Hans Laguna fue presentado como adherente a la República Socialista Catalana, “odia tanto a España como al macrismo”, agregó Nacho y provocó risas.
Por suerte Nacho no se conformó con eso y nos llevó a pasear también por sus mundos intimistas, como “Dias extraños” (tal vez su mejor aporte al disco en común con Enrique Bunbury) y “Lo que comen las brujas”. De allí hasta el final los climas y temáticas se intercalaron, mientras el público no dejó nunca de cantar e intentó tibiamente algún comentario anti macrista. Pero estaba claro que quien dirigía la batuta era Nacho Vegas desde el escenario, haciendo uso de su tono cansino, a veces tímido, siempre poco adepto a las declamaciones, y felizmente el show nunca dejó de ser tal, evitando caer en clima de mitín (aunque la imagen de una guerrillera metiendo una bomba en el culo de Videla, colada en una canción, se le acercó bastante).
No por eso dejó de haber firmeza y consecuencia desde el lado social, como cuando se sumó el banjo de “El violinista del amor y los pibes que miraban” para una versión de “Santa Barbara bendita (En el pozo Maria Luisa)”, un himno de los mineros asturianos.
Para el final quedaron expuestas, con dos temazos de su repertorio, los diferentes abordajes del universo según Nacho Vegas: “Cómo hacer crac”, y la despiadada pintura de una sociedad a la deriva frente a la crisis, y “La gran broma final”, su tema de “La zona sucia” que recreó el final de su pareja con Cristina Rosenvinge.
Entre aprietes con el horario de cierre de la sala, Nacho se hizo lugar para volver, y de su paso por Chile se trajo una versión de “La Petaquita” de Violeta Parra. La gente le pedía canciones anarquistas e incluso “La internacional” (estuvo haciendo “Los dos gallos” en algunos conciertos de la gira), pero Nacho respondió con la nostalgia hacia su tierra natal cantando “Luz de agosto en Gijon”. Y cuando yo esperaba que el cierre definitivo nos traiga a su recreación de Phil Ochs en “Ámenme, soy un liberal”, Nacho eligió despedirse con Townes Van Zandt y “Que te vaya bien, Miss Carrousell”, con el público agolpado sobre el escenario.
Nacho Vegas agitando y abrigando a la vez en el agosto porteño. Una costumbre que, felizmente, se está volviendo habitual.




sábado, 20 de agosto de 2016

Octafonic en el Teatro Vorterix - Presentación de "Mini Buda"

  Un Buda pequeñito que alcanza su nirvana en una explosión de rock industrial digna de Trent Reznor, es el leit motiv del segundo disco de Octafonic. Un Buda que señala a occidente y su perdición, y que invita a la salvación en una reencarnada vida libre de corrupción espiritual. Una imagen que pareciera encontrarse en el preciso instante de la transformación, de la liberación colosal de energía cuyas consecuencias resultarán impredecibles. Una situación de la que si uno es más o menos consciente, no podrá provocar otra cosa que ansiedad. Y así se percibía el ambiente del teatro Vorterix a pocos minutos del incio del show que significaría la presentación oficial del segundo disco de Octafonic: ansioso.
  Mi tercera visita al teatro en menos de diez días, quienes siguen el blog estaban avisados. Pero a diferencia de las dos visitas anteriores, no se trataba de reencontrarse con un pasado dando pruebas de vigencia, sino de un presente otorgando señales de futuro. Octafonic, la banda más difícil de encasillar del ambiente local, se proponía demostrar que un disco de sonido tan complejo como “Mini Buda” era posible de ser plasmado sobre un escenario. Y aunque mucha gente pareció demorarse en el acceso, al momento del comienzo del show, media hora después de lo anunciado, el recinto se encontraba repleto.
  Un guarda que pide tickets de ingreso en un tema de se llama “Welcome to life”. Si bien cuando uno habla de Octafonic por lo general hace referencia a su sonido, al alcance de los estilos abordados y a la expansión de su búsqueda musical, yo no podía dejar pasar por alto semejante ironía. Porque no hay manera que sea casual. Porque en un disco que se propone trascender, o al menos juega con eso, la parábola mercantilista del nacimiento tiene que ser necesariamente una señal. Y en ese piano que se presenta progresivo y que da comienzo tanto al disco como al concierto, hay mucho de lo que uno va a poder absorber a continuación. Se percibe, fundamentalmente, inquietud.
  El viernes Octafonic no solo ofreció un concierto consagratorio, un nuevo paso en el camino de su creciente popularidad, sino que reafirmó un hilo conductor que es su razón de ser:la fusión de estilos inabarcables desde lo musical, una maquinaria perfecta a la hora de la armonización de sonidos e instrumentos y un repertorio que con dos álbumes en su haber, es capaz de plasmar sobre el escenario una performance que no tiene antecedente directo en el medio local.
  “Nuestros miedos crean un Dios”, terminan sentenciando en “God”, el segundo de los temas del disco nuevo que tocaron y que es una reafirmación de la idea inicial: sentidos y sensaciones cuyas consecuencias son expuestas a carne viva. No se trata solo de lo nuevo: pasan “Mistifying” y “Love” del disco anterior (“Monster” - 2014) y la idea es la misma. En definitiva no hay manera de no linkear, por ejemplo, a “Love” con Radiohead, y más precisamente con el Radiohead de “Lotus flower”, como si una nueva referencias a Buda resultara necesaria.
  un repaso tema por tema de un show que consistió en todo el último disco y casi todo el primero, resultaría tan aburrido como absurdo. Solo puedo decir que hubo de todo: desde disco hasta funk metal (incluso dentro del mismo tema, como en el caso de “Plastic”). Aires house devenidos en más funk, pero cuasi psicodélico (“Sativa”), synth pop que cita a los primeros '80s y hasta citas latinas como en “Nana nana” , donde el calipso es una excusa para terminar dando pasos de baile. Rock industrial con reminiscencias orientales (“Mini buda”) o loops progresivos con estallidos en donde los vientos arman un pandemonium de riffs agresivos (“Wheels”, “Monster”). Y si bien el virtuosismo en Octafonic está puesto al servicio del conjunto, el clima festivo de la presentación dejó lugar a lucimientos individuales, como los de Hernan Rupolo en la guitarra, con un solo citando a Steve Ray Vaughan al final de “Wheels”, a Ezequiel Piazza con solo de batería durante “Monster” y los vientos, con menos ostentación pero igual de efectivos, haciéndose un espacio durante “I'm sorry”.
  Nicolás Sorin dirige una orquesta que se caracteriza por el buen humor. No solo el clima de fiesta se vive abajo del escenario, sino que además se perciba sobre el mismo. Y en un punto el ambiente es hasta familiar, como cuando Lula Bertoldi sube al escenario a sumar su voz y despide a su pareja (Sorin) con un apasionado beso al paso, como s estuvieran en el living de su casa, mientras la banda redondea su noche pasando primero por el paisaje apocalíptico de “Over” y luego se proclama rebelde ante la repetición y el hastío en “Slow down”, casualmente las canciones que cierran cada uno de los álbumes de Octafonic.
  Inevitablemente se recurrió al formulismo de los bises, aunque por la rapidez en salir y volver al escenario, lo de Octafonic haya significado solo tomarse un respiro, quedaban dos canciones por presentar de “Mini Buda”. Primero pasó “Thats OK”, tal vez la más amena desde lo melódico, aunque no exenta del toque incalificable de Octafonic, cuando los vientos guían al estribillo hacia un placidez de ribetes épicos. Y el cierre fue con “What”, otro funk metálico con idas y vueltas en tempos, vientos caóticos y un mensaje que quiebra la ironía inicial y las pretensiones de trascendencia, cuando ante las falsas máscaras y los mensajeros hipócritas, Octafonic se despide anunciando “we´re not gonna stop till it bleeds” a un paso que resulta un espejo del pogo que se ensaya frente al escenario.

  Ya con el clima apaciguado por las luces, las caras de satisfacción en el teatro en retirada, resultaban indisimulables. Aunque más de uno seguro seguía repitiéndose el “what” encolerizado, y andaba con salir por las calles a patear tachos de basura. Diga que estamos grandes para esas cosas.  







domingo, 14 de agosto de 2016

Television en el Teatro Vorterix

 Me ha pasado, felizmente, más de una vez tener dos shows internacionales con apenas horas de diferencia. Y siempre que esto ocurrió, se dio que los shows suponían climas muy diferentes entre sí, más que nada por estilos de cada banda. Eso fue lo que pasó en el salto de Pixies a Regina Spektor, y también con Pulp y Joss Stone con apenas horas entre uno y otro. El sábado volví al Teatro Vorterix que había abandonado el jueves a la noche, luego del show de PIL, para ver por segunda vez en Argentina a los Television de Tom Verlaine. Pero a diferencia de aquellos conciertos disonantes, entre estos dos se encadena una lógica fácil de percibir. Así como Lydon con los Pistols le vomitó al mundo su furia y sacudió la música pop adormecida por el virtuosismo a mediados de los '70, Verlaine desde Nueva York redefinia la etiqueta “punk” con un sonido inédito, junto a Richard Hell, los Talking Heads, y el resto de la movida del CBGB.
Después del concierto de Television en 2013 (en el mismo teatro), saber que volvían y no verlos, hubiera significado una decepción. Los tipos me habían elevado los sentidos por poco más de una hora y media y no había manera de saber que eso podía llegar a repetirse y no estar presente. Y no solo estuve de nuevo, sino que además entré temprano, puesto que me interesaba la apertura a cargo de Barbi Recanati y Gustavo Fiocchi, la mitad de Utopians.
Salieron un tanto más tarde de lo pautado y dedicaron el breve set a mostrar tres de las nuevas canciones que serán parte de “Todos nuestros átomos”, el nuevo álbum de la banda que, producido por Jimmy Rip, presentarán en el mismo escenario el 23 de septiembre. Entre ellas, “El tren de la alegría”, canción que ya circula en las redes. Después, y para afirmar su ADN garagero frente a algún desorientado que aún no los ubique, se despidieron con dos covers: “Hurt me” de Johnny Thunders y “Dancing Barefoot” de Patti Smith. Mas allá de la buena recepción por parte del público (que fue llenando la sala mientras ellos tocaban, por lo que la idea de retrasar el set resultó positiva), y de escuchar los temas nuevos, resultó muy lindo percibir la emoción de los chicos ante la banda que estaban teloneando; una inocultable como sincera admiración.
Luego sí salieron los Television y luego de una breve intro, largaron el show con “Prove it”. Si bien la vez pasada nadie salió disconforme ni mucho menos del Vorterix, sí quedó claro que por tratarse de una banda tan esperada, a muchos nos quedaron varias canciones pendientes, en especial del imprescindible “Marquee moon”. El segundo tema fue “Elevation” entonces si aquellas ausencias en el setlist significaban algún tipo de deuda, Televisión las empezó a pagar con creces la noche del sábado.
Después de “Venus”, Verlaine (bastante parco como de costumbre a la hora de las palabras) miró hacia las bolas de espejos que cuelgan del techo del teatro y comentó que le resultaban hipnóticas. En ese momento a mí me pareció hasta gracioso eso en boca de él, cuando era su guitarra la que estaba produciendo ese efecto en nuestros cuerpos amuchados frente al escenario. Y el descomunal solo en “Tom Curtain” no hizo otra cosa que corroborar esa impresión. Cada vez que Verlaine punteaba en su guiitarra, era cuestión de cerrar los ojos y sentirse volar. A continuación, el turno de lucirse le correspondió a Jimmy Rip, en “1880 or so”(del tercer disco, el menos conocido de la banda), con una impronta más rockera, pero no menos inspirada.
El de anoche sí fue un show hitero, aunque la palabra hitero sea imposible de asociar al universo Television. Pero entre nosotros, cuando digo hitero, me refiero que hubo mucho de Marquee Moon y los nombres que fui citando son prueba de ello. Además volvieron a tocar un par de temas inéditos. “I'm gonna find you”, que es un blues rural al que Verlaine canta desgranando las palabras al estilo de Dylan. Y “Persia” una excusa para un descomunal cuelgue instrumental, donde las guitarras se cruzan en un prolongado ejercicio sonoro, en donde los climas orientales guían al momento más elevado en términos de inspiración. Los punteros laser de los encargados de seguridad que procuraban desalentar a los fumadores no conseguían otra cosa que complementar visualmente el efecto que la música nos traía desde el escenario. En un momento, Tom Verlaine se arrima a Jimmy Rip y le dice algo al oído, y el gesto casi que los vuelve humanos; oírlos complementarse parecía el resultado de un telepatía a prueba de interferencias. Tan ensimismado escribo recordando ese momento sublime, que casi se me escapa nombrar a Billy Ficca, quien desde la batería guió los climas de “Persia” con maestría.
El cierre quedó a cargo de la balada “Guiding light” y por supuesto, “Marquee moon” con los músicos sonriendo de ver a la gente coreado las intrincadas guitarras, que obviamente, vuelven a lucirse en esos más de diez minutos que el vinilo original, despidiéndose en fade, les impidió gozar a los melómanos contemporáneos a la edición del disco. Parafraseando aquella desgraciada traducción del tema de Harrison del Álbum Blanco en la edición local, podría titular a ese momento “guitarra, vas a volar”.

Comencé este posteo recordando el show de Television en 2013 y en el texto que le correspondió a ese show, con vergüenza por la osadía que significaba reclamarle algo a semejantes bestias, me acuerdo que anoté a “Friction” en la columna de pendientes. Pues bien, esa fue la elección de Television a la hora de regresar al escenario y despedirse de manera definitiva. Y entonces, aún para los que nos habíamos quejado de llenos, no quedaba más que reclamar y decir. Simplemente rendirse a que aquel recuerdo idílico, había quedado reducido a anécdota por un concierto todavía más grande que el anterior. Porque solo Television puede superar a Television.

viernes, 12 de agosto de 2016

Public Image Limited en el Teatro Vorterix

El show promediaba, John Lydon le cantaba a su insatisfacción, a la impotencia de no poder hablar ni caminar, a una memoria que le resulta esquiva. Relata allí (I'm not satisfied) la meningitis de su infancia y el esfuerzo por sobreponerse a la frustración de esas limitaciones, algo que según él mismo, lo terminaría definiendo como artista, pero fundamentalmente como persona. Delante suyo, en un atril, va pasando las hojas que le recuerdan las palabras que tiene que decir, cantar, gritar. Parece una Mercedes Sosa del punk. Está algo más ancho, sus pelos coloridos tienden a seguir parados, su noz nasal es más grave pero aún conserva la virtud de conmover en cada aullido, los aritos en sus lóbulos lo vuelven un “señor copado”, y yo desde abajo del escenario, mientras marcaba el ritmo con zapatazos en el piso, me repetía: envejeció bien, John Lydon envejeció bien.
Cuando hace unos años recibí el newsletter de NME (o Spin, o Mojo, no viene al caso) en donde se anunciaba que John Lydon reunía PIL, me acuerdo que lo publiqué en mi perfil de Facebook como una de las noticias destacadas del año. En ese momento no pensé en qué era lo que Lydon le podía aportar a la música en tiempo presente, en qué podía significar en mí escuchar nueva música de esa banda, pero escencialmente jamás imaginé que esa reunión me iba a permitir la posibilidad de verlos actuar en vivo.
Desde ese momento, Public Image Ltd. publicó dos discos. El nombre del primero remite a una reafirmación de identidad (This is PIL), desde el título del segundo (Whats the world needs now) la banda se ofrece a modo de respuesta a las ansiedades y carencias de este tiempo, pero también se toma espacio para aquello de ponerse de pie a señalar eso que está mal. En ambos, el sonido que los caracterizó en los '80 y que definió al post punk, renace actual sin perder un ápice su capacidad de sugestión y encanto. Y cuando su música se apodera de un escenario, el tiempo toma la precaución de hacerse a un lado.
Anoche el show empezó puntual. Puntualísimo. Cuando los músicos se acomodaban sus instrumentos, saqué el celular del bolsillo para sacar alguna foto que grafique este post y el reloj cambiaba de 20:59 a 21:00hs. Empezaron con “Albatross” del fundamental “Metal box”. Lydon se burla de Malcom McLaren. No se olvida, sigue siendo el mismo. La banda suena bien, crea atmósferas oscuras a fuerza de guitarras etéreas y el pulso de las bases obliga al cuello a provocar un cabeceo constante y sistemático. Pero es con los temas nuevos en donde esta versión de PIL se siente más a gusto y suena más aguerrida, como en el doblete “Double trouble” y “Know now”. La versión actual de la banda incluye dos miembros que pasaron por alguna de las encarnaciones de los '80: el baterista Bruce Smith y un guitarrista con pinta de granjero desarreglado: el ex The Damned Lu Edmonds. El cuarteto lo completa Scott Firth, un bajista sesionista, de origen jazzero pero que tiene como antecedente haber formado parte de la backing band de las Spice Girls.
Fue con “This is not a love song” que el público empezó a participar con coros y sería algo que no se detendría jamás. En medio de la pista, algunos hacían lugar para el pogo, al tiempo que le gritaban a John para que comparta el vino que tenía encanutado en el fondo del escenario y al que cada tanto le dedicaba un trago. Y los ritmos disco trajeron los primeros pasos de baile. Esta vez, a diferencia del histórico show en Obras en los tempranos '90, no hubo escupitajos ni petardo, todo transcurrió con normalidad.
El setlist combinó con habilidad temas nuevos (en una proporción alta para una banda de tanto recorrido, por lo general se apela a un par de temas nuevos y apostar a los seguro) como “The one” y “Corporate”, con clásicos como “Death disco”, en donde la guitarra se aunó con las gargantas para que Lydon pudiese concretar su terapia de gritos con la que pretende saldar la muerte de su madre. Y en ese contexto de comunión entre público y banda, “The body” fue una fiesta.
Si con “Deep water” Lydon se propuso describir musicalmente el bálsamo que resultan sus paseos aguas afuera con su yate, lo consiguió a todas luces. En tiempos en los que el medio rockero local se encuentra en la picota, con denuncias de abusos y declaracaciones tan absurdas como dañinas, con “Religion” Lydon le devolve al rock el lugar de acusador. Y si de condenar abusos e injusticias se trata, el cierre con “Rise” no pudo ser más adecuado. La ira es energía, sí. Y Lydon lo sabe más que nadie.
Quedaron unos bises de regalo. “Public enemy” para el PIL más punk en términos sonoros, y el dueto con el que viene cerrando todos los conciertos de la gira:”Open up” (el tema de Leftfield con el que colaborara en la grabación) y “Shoom”, tema que también cierra el último disco de la banda.
Día de semana, salí rápido y se me fue un 42. Quería ver el partido de basquet, así que invertí en un taxi. Aunque pensándolo bien me podría haber llevado una bolsa de dormir al Vorterix; el sábado allí mismo toca Television, y el jueves que viene Octafonic presenta su segundo disco. Después les cuento, obvio.




viernes, 5 de agosto de 2016

Martín Rodriguez y Darío Jalfin en el Centro Cultural Kirchner - Ciclo "En la Cúpula"

En los últimos años el rock local sufrió dos pérdidas irreparables: la de Luis Alberto Spinetta y la de Gustavo Cerati. No viene al caso convertir este posteo en una vindicación de semejantes artistas (innecesaria, por otra parte), sino simplemente necesito empezar citándolos, porque a la hora de contar el concierto de ayer en el Centro Cultural Kirchner, necesariamente tienen que ser el punto referencial de partida.
El ciclo En la Cupula, curado por Tweety Gonzalez, se aboca a darle el espacio a un montón de artistas nuevos (y no tanto) que el circuito comercial les retacea. Es muy dificil componer una lógica entre la cantidad de espacios culturales cerrados en los últimos tiempos (tanto por cuestiones económicas como amparados bajo absurdos burocráticos) y este ciclo, que en su esencia mantiene el espíritu que uno percibía en el Centro Cultural antes del cambio de administración. Lo cierto es que el ciclo existe y uno no puede hacer otra cosa que celebrarlo. Y en mi caso particular, disfrutarlo en vivo.
Ya había estado en la presentación del ciclo con los shows de Audia Valdez y Zero Kill, y ayer concurrí especialmente para ver la performance en vivo de Martin Rodriguez, cuyo disco homónimo (publicado por Twitin Records) fue una de las gratas sorpresas que entregó el 2016.
Pero la noche no estaba dedicada a él en exclusiva, así que no puedo dejar pasar por alto la apertura a cargo de Darío Jalfin, quien presentó su nuevo álbum “La ilusión”. Acompañado de Los Alquimistas, el pianista y cantante mostró un compilado de canciones que se sostienen en melodías de una belleza que exigen a los sentidos para su disfrute completo, y arreglos cuidados que son un compendio de sonidos delicados y arreglos preciosos(que incluyen cello, flauta y clarinete) que visten las canciones llevándolas al terreno de un jazz suave, al que resulta imposible no emparentar (y en eso el piano de Jalfin es fundamental) con el primer Spinetta Jade.
El show contó con invitados, como la violista Christine Brebes y la voz de Loli Molina para una versión de “Dulce condena” y más tarde María Ezquiaga (la pareja de Darío, con quien grabara “Entre los dos” hace un par de años) en “Deja”. A mi juicio el momento el mejor momento del set fue la versión musicalizada del poema “Everness” de Jorge Luis Borges, cuya inclusión en el disco fue vetada por la inquebrantable María Kodama. Hubo citas a Luis A. Spinetta (A Starosta el idiota) y hasta un estreno, para terminar con “La Balsa”, cierre que redondea con Nebbia otra de las referencias inevitables a la hora de hablar de la música de Darío.
Después sí llegó el turno de Martín Rodriguez, en formato trío, acompañado por Alejandro Castellani en batería y Mauro Toro en bajo. Para los que no escucharon la música de Martín, resultará imposible percibir la diferencia entre el cuidado sonido del trío en el disco y el expansivo alcance del grupo en vivo. Ya la apertura con “Señal azul”, da la pauta de una crudeza que en el disco aparece más medida. Y si antes con Jalfin la referencia spinetteana venía por el lado de Jade, acá la referencia se va corriendo desde el final de la etapa solista de Luis hasta Los Socios del Desierto (y en esto el formato del trío en vivo ayuda mucho). Están muy claras las influencias y el gran mérito de Martin reside en que eso no suele forzado, y que el acercamiento, además de honesto sea el punto de partida para construir canciones que encantan por sus propias virtudes. “Corré, vení”, “Siempre así” y “Para ver” son ejemplos de melodías de una belleza y cuidado estético que seducen a primera escucha, y encadenadas en el show convencen al más desprevenido de que está frente a algo grande.
Días atrás Martín tuvo la delicadeza de venir a cantar en vivo a mi programa radial de covers, y allí con su guitarra acústica pasó por la chansón francesa, el tango, el folklore latinamericano, además de por supuesto el rock al que solemos etiquetar como “nacional”. Anoche salió de ese molde a la hora de versionar temas ajenos, y sorprendió con un “Across the universe” convertida en un funk rockerísimo en donde el trío alcanzó momentos dignos de Divididos. Después con Jalfin como invitado, volvió a su tono con “Iluminante”. (Dato ad hoc, el arreglo de cuerdas original estuvo a cargo de Carlos Villavicencio, el mismo de alguna orquestación en "Los ojos").
Para el final quedaron el impecable “Si abres oiras”, primer tema del disco y tal vez el más logrado y entrador, y “Salto al vacío”, otra inocultable cita spinetteana que se resuelve en un estribillo que cita a la otra gran influencia de Martín: Gustavo Cerati. Allí más que influencias que convergen, lo que uno halla es la continudad de una línea compositiva que felizmente Martín se muestra decidido a continuar. Gran versión, con descarga emocional incluida, a la hora de recordar a su padre
“Saga (Dragón)” quedó para el cierre, otro rítmico momento de la noche en el tema con más de Cerati del álbum. Y si bien algunos nos quedamos con la idea de escuchar una canción más, los rígidos horarios del CCK primaron. No hubo bis, y sí aparecieron las amables sugerencias a desalojar la sala con ritmo. Lástima, porque después de dos horas de disfrute musical, sentado en el piso de madera de ese ámbito hermoso, la noche merecía un final más relajado.
El ciclo continua el próximo jueves 11 con Proyecto Gomez Casa y Ulises Butrón. Yo que ustedes, lo estaría agendando.



miércoles, 6 de julio de 2016

Martes Indiegentes en Niceto - Valle de Muñecas, Bicicletas, Tan Frio el Verano, Usted Señálemelo

Esta fecha de los Martes Indiegentes en Niceto estuvo a punto de convertirse en un chiste de Les Luthiers, cuando (presumo que fue por ello) un partido de la selección en la Copa América la postergó para un miércoles. Por suerte (!) la burocracia municipal puso las cosas en orden: una fiesta con nombre de martes debe hacerse un martes y punto. Así que hubo que reprogramar, y entonces como Dios y Rodriguez Larreta mandan, la celebración ocurrió un martes.
Llegué a un horario en el que si se hubiese cumplido con la grilla anunciada, me hubiese dejado con muy poco de la primera banda, los mendozinos Usted Señálemeno. Considerando que uno labura al otro día, el retraso no deja de resultar un incordio, pero en términos de goce y descubrimiento musical, bienvenida la impuntualidad. Los chicos cuyanos deambulan en un electro pop, con algo de new wave, muy ochenta podría definirse a la propuesta. Van y vienen en los tempos, les gusta crear climas noise por momentos y de allí saltan al baile irresistible. Tocaron básicamente temas de su primer disco homónimo, algún estrena y tuvieron a Leo Garcia invitado en un tema. Hicieron un interesantísimo cover de “Tu nombre y el mio” de Lisandro Aristimuño y un poderoso “Cheques” del flaco Spinetta. Pero su principal virtud fueron convencerme con temas propios como “Plastilina” y “Fusión y fin”. Están grabando el segundo disco y estaré más que atento a las novedades.
El show de Usted Señálemelo se realizó en el lado B de Niceto. Del otro lado del tunel yo podía ver los reflejos en un los espejitos rectangulares de Tan Frio el Verano, la otra banda de la noche. Venezolanos ellos, afincado en Argentina, tienen una propuesta a la que le caben muchas etiquetas y a la que siempre le faltará una. Shoegaze, sí. Experimental, sí. Noise, sí. Ambient, sí. A ellos sí los había escuchado en su bandcamp y tenía muchas ganas de verlos en vivo, pero me enganché tanto con el primer show que poco puedo decir; llegué casi al final. Tocaron con sus rostros cubiertos con unas máscaras de ave rapaz y esos pocos minutos me alcanzaron para confirmar mis buenas impresiones digitales.
Las dos bandas de más trayectoria de la noche quedaron para el cierre. Primero fue el turno de Bicicletas, banda a la cual este blog le dedicó unos cuantos capítulos. Pues bien, la banda viene de celebrar su 15 años en San Telmo (evento que me perdí) y tal vez ese aniversario llevó a que el grupo recorra, dentro de un setlist acotado, temas de toda la historia de la banda. Abrieron con “Conversación” de Quema, y pegaron un lindo viaje al pasado con “Jueves” y de allí a lo último publicado por la banda hasta el momento: de “Magia amor locura animal”, “Buen muchacho”. Yo no los veía desde la presentación del disco, pero lo que percibí en la selección que eligieron anoche, que aquellas influencias de su paso por Mexico no están tan presentes en el Bicicletas del presente. Tocaron tres temas nuevos, y cada uno tiene una referencia a sus trabajos. Uno de las canciones remite a “Quema” (el tema que le da el nombre al disco lo tocaron hacia el final y fue uno de los puntos altos de receción del público, cita a “Rebel yell” incluida), otro tiene el beat de lo más bailable de “Magia, amor...” y el restante es otra cita a uno de los tópicos de la banda (además de la locura, los colores, los amigos y, por supuesto, el amor): la fiesta. Así como tocaron “Corre” del primer disco (“vamos a una fiesta en el bosque”) y “La gran fiesta”, llegó “La fiesta del zorro”, otro de los estrenos (el único al que le pesqué el nombre). Cerraron con otro clásico del primer disco: “Ojos”, paradójicamente uno de los primeros que había elegido tocar la última vez que pisaron el escenario de Niceto, allá por 2011. Por mi parte, la satisfacción de reencontrame con una de mis bandas preferidas del indie porteño, pero con el plus de las expectativas renovadas por lo nuevo que empieza a asomar.
Para el cierre quedó el show de Valle de Muñecas, del que tal vez sea del que menos tenga para decir. No por nada en particular, sino porque siguen adelante con “El final de las primaveras”, disco cuya presentación oficial tiene un detallado resumen un par de post atrás. Claro que no por eso voy a dejar de celebrar el reencuentro con canciones como “Las espadas del sol” y “Días de suerte” con las que abrieron el concierto. Dos contras tuvo el show de Valle de anoche: el horario, considerando el promedio de edad del público, que llevó a que más de uno relojee el celular y se retire silbando bajito, y la otra fue un volumen algo elevado de las guitarras, que no permitieron lucir del todo la voz de Manza. De la lista, poco para decir: muchos temas nuevos como “La cura y el dolor”, “La llave de los días mejores” e “Insomnio”, “Tormentas” (insólitamente alguien del público lo pidió después que ya lo habían tocado), algo de Menos que Cero y la energía de siempre. Las melodías que lucen bajo esa pared de guitarras y letras que van desde mínimas historias y guiños privados, hasta paisajes engañosos o que se deshacen en desierto, como en “1000 kilómetros”. Ese noise que no impide el impulso de seguir la letra como en un fogón. El cierre quedó a cargo de “La autopista que corre del océano hasta el amanecer” y “Vamos al cine”. Afuera todavía, después de más de cuatro días consecutivos, la lluvia decía presente, aunque bajo la forma de evidente despedida.
Para cerrar podría despotricar una vez más sobre la falta de apertura de un público que pareciera cerrarse a lo que le repite en la radio (quiero ser el dueño de tu corazón
en tu sillón..., verdad Bicis?) y sigue reservando a todas estas bandas maravillosas a pelear por rincones donde mostrar su música. Pero hoy no tengo ganas, que se vayan a cagar. Ellos se lo pierden.


viernes, 10 de junio de 2016

Calexico en Niceto

Decidí sobre la marcha ir al show de Calexico en Niceto. En realidad me enteré casi sobre la hora, la publicidad no abundó y una mano generosa que vendió a precio accesible una entrada de invitación me hicieron acreedor a un show al que me había resignado a perder. Pero me debía una revancha de mi ausencia en 2014, porque se trata de una banda que cuando la vi en La Trastienda, me había dejado con ganas de volver a tenerla enfrente.
La noche fria se prestaba para estar amuchados como de costumbre en Niceto pero la concurrencia no pasó de nutrida. La devaluación y el ajuste empiezan a mermar las convocatorias en los shows, y en las redes se empiezan a multiplicar las quejas para con los precios de las entradas. Pues bien, la cuestión fue que a la hora del show la concurrencia era respetable, pero distaba de la que el concierto ameritaba.
Empecé hablando de precios, renuncias y cuestiones sociales y no hay manera de no abocarse a la realidad de Calexico sin dedicar unas lineas a la amenaza de Trump. Claro, porque aunque la banda no haga de su paseo por los escenarios del mundo un alegato contra el magnate construyemuros, la comunión de la música del desierto de Arizona con los sonidos que llegan del otro lado del rio Bravo, lo vuelve una referencia inevitable. Alguna vez Milan Hlavsa dijo que sus Plastic People of The Universe jamás se habían propuesto hacer de su arte una proclama anti régimen, y que sin embargo habían sido perseguidos por la dictadura Checoslovaca porque lo que no podían aceptar era la libertad de la creación. Y en este caso, en definitiva, es otra vez el hecho artístico lo que incomoda y pone en jaque a los prejuicios de Trump. Es la música la encargada de borrar las fronteras que los fascista pretenden fortificar, y es la naturalidad con la que se expresa la que más expone la ridiculez de los prejuicios.
Calexico llegó a Buenos Aires para presentar “Edge of the sun” su último trabajo, pero la apuesta distó de reducirse a eso. Los de Tucson, que abrieron su show con “Frontera/Tigger” y es el drama y la desesperación del que busca salvarse cruzando la frontera aún a riesgo de dejar la vida lo que nos introduce en su universo. Y enseguida sí, el último disco con “Falling from the sky”. Para los que conocemos la carrera de la banda no nos sorprendemos como transitan de la cumbia a los sonidos del desierto texano. Sabemos de sus interminables referencias a Latinoamérica, que exceden lo rítmico y que se expresan en canciones como “Victor Jara hands”.
En lo que al show de anoche se refiere, comenzó en un clima íntimo que fue ganando en temperatura y que superó algunos escollos inesperados, como la rotura de la guitarra acústica de Joey Burns. Pero la sintonía con el público porteño se sintió desde el primer momento.
Calexico tiene una particularidad que para mí es su principal sello distintivo: la capacidad de transportar con sus sonidos al contexto que le dieron origen. Cuando suena el slide tiene el andar lento del viento desértico y cálido. Y las trompetas marichi en su estridencia llevan consigo el signo de una taberna en El Paso. La música retoma y profundiza el camino que abrieron Los Lobos y construye un repertorio que no se define por la fusión sino por la diversidad.
De los temas nuevos sonaron entre otros “Bullets & rocks”, “Cumbia de donde” (en el disco colabora Amparo Sanchez) y “Moon never rises”. Pero hubo lugar para todo, como “Sunken waltz”(otra vez el duro camino de alejarse de lo suyo para construir un destino en tierra ajena) y también “Soledad (cumbia en la mar)” de los también texanos Los Gallegos.
A medida que el show avanzó, no solo tomó mayor temperatura arriba del escenario sino también debajo. Las palmas, los bailes y los tarareos se sumaron a la banda, que con citas a Manu Chao y una violinista invitada sobre el escenario terminó por enamorar a su gente.
Para el final, con “Inspiración” (de “Carried to dust”) y una prolongada “Güero canelo” dejaron el escenario rápidamente con el sello de sus tips latinoamericanos preferidos. Un telón que se cerró veloz, las luces y la música de Bob Marley que ganó la pista de Niceto dejaron en claro que no había lugar para un regreso al escenario. Pero en los rostros de los músicos que abrazados se habían despedido unos minutos antes, quedaba bien en claro que el reencuentro ya comenzó su cuenta regresiva.





lunes, 18 de abril de 2016

Hamacas al Rio en Café Vinilo - Presentación de "Fresco"

La música y el clima. A mediados de semana la ciudad amaneció cubierta por una bruma londinense luego del paso de la británica Laura Marling. Parecía una puesta en escena perfecta. Ayer, mientras Hamacas al Rio presentaba “Fresco”, su reciente EP, la ciudad empezaba a recibir el aire del sur que además de bajar la temperatura, promete terminar con dos semanas de humedad pegajosa. Es así, a veces se da que todas las piezas encajan a la perfección, porque claro, además era noche de domingo y la calidez e intimidad del Café Vinilo invitaban a escuchar música en las mejores condiciones.
Los que siguen este blog saben de mi debilidad por la banda de Laura Ciuffo y Fernando Bellver, así que su regreso no podía ser mejor noticia. Mis vacaciones me había privado del primer show del año, pero la balanza se equilibró cuando en mi regreso como público pude asisitir a la presentación oficial de las nuevas canciones, publicadas únicamente en formato digital.
Llegué con los deberes hechos y las cuatro nuevas canciones oidas un par de veces, pero teniendo en cuenta que no las presentaron todas juntas, sino mechándolas dentro de un setlist que recorrió toda su carrera, voy a ir dando mis impresiones haciendo el mismo recorrido propuesto por la banda.
El show abrió con “Cuando” del primer disco que ya lleva una docena de años de publicado y que sigue siendo mejor punto de referencia para iniciarse en el universo de Hamacas. El mundo íntimo contado desde una perspectiva personal, a veces tímida, a veces en tono confesional, pero siempre envuelta en melodías amigables, que sugieren escenas y paisajes, y seducen desde los arreglos y la preciosa voz de Laura. Por eso, reencontrarse en vivo con bellezas como “El mismo invierno” no pudo resultar otra cosa que una experiencia reconfortable.
Luego del parate motivado por maternidad (y paternidad en este caso) mi curiosidad iba dirigida a cómo ese hecho se haría un lugar en las letras y la temática de Hamacas. Y es facil de advertir en “Zoo”, primer tema nuevo que tocaron, cómo las mismas palabras habituales reorganizadas en función de la experiencia, cobran un sentido nuevo. En esta y en otras nuevas canciones, el mar, el invierno y ese caractertístico “mi”, que expresa un mundo interpretado desde la primera persona, encuentran la forma de concretarse en un sentido diferente. Aquí la palabra clave es puente, en una canción tan facil de salir tarareando, que enternece.
El café Vinilo admite el show electrificado a volumen controlado, y en ese contexto la elección de las canciones resultó adecuada. Tal vez algunas como “Otra forma” y en especial la intensidad de “En el aire”, requerían de menos límites para lucir en su mejor forma, pero de todas maneras encontraron hacerse un lugar destacado en la noche. El show que se dividió en dos tramos, cerró su primera parte con “Al final, el parque” del disco homónimo de 2010.
La seguda parte abrió con “Fresco”, otro de los temas nuevos y que linkea directamente con “Zoo”. Acá son el vuelo y la mañana las que se resignifican y en el “todo es nuevo para mí” se resume el sentido de otra melodía pegadiza. Luego, “Lleva el mar” devuelve inmediatamente a Hamacas al Rio al mundo íntimo, en un tema que parece salido de “Mitad de Junio”. Y otra vez al pasado. “Seis soles”, con un destacado coro a cargo de Florencia Salmon, el hit “Sin decir” y una de las viejas canciones que más me gustan y que el público mejor recibe: “Campanas”.
“A la luna” es tal vez la canción nueva que necesita más oidas para aprehenderla, pero enlaza con aquellos dos primeros discos de la banda, y son los arreglos los que la terminan por redondear otro gran tema. Por eso la despedida con la intimidad desnuda de “Mitad de Junio” resultó un enlace perfecto. Aunque claro, “Un nuevo amor” y sus aires de bolero, enmarcó como bis la despedida definitiva en un tono mucho más luminoso y optimista.
Había que volver a la calle. Y si al principio lo de “Fresco” me remitió al clima y al termómetro, al escuchar las canciones en escena la sensación que me llevé no fue de fresco sino de frescura, en el sentido más aliviador de la palabra. Hamacas al Rio promete más shows y seguro el regreso traerá consigo más nuevas canciones. Será cuestión de estar atentos.



jueves, 14 de abril de 2016

Laura Marling en La Trastienda

En mayo se van a cumplir cinco años de la primera visita de Laura Marling a Buenos Aires. En aquella oportunidad vino a formar parte de un festival y en una de las fechas le tocó telonear a Jack Johnson. Sin embargo se había reservado un encuentro ínitimo con sus fans en el Samsung Sutdio en donde nos regaló una docena de canciones. Fue aquella vez cuando un puñado de personas apiñadas frente a un escenario, cuando comprobamos la madurez de una artista que parecía haber nacido con ella. Laura tenía por entonces 21 años y sin embargo cantaba como si tuviera diez vidas vividas por contar.
Estamos en 2016 y a esta altura la británica parece haber superado hace rato cualquier tipo de prejuicio y carga que pudieran haberle significado las calificaciones que fue recibiendo a lo largo de su carrera. El aporte económico que supone su familia de título nobiliario, y la facilidad con la que llegó a grabar su primer disco (“Alas, I cannot swim”) de la mano de Charlie Fink de Noah and the Whale, su pareja por entonces, entran en la columna de los prejuicios. Que a los 18 años se haya hecho referencia a ella comparándola con Joni Mitchell puede significar para una joven apenas dejando la adolescencia una (usando una expresión de moda) más que pesada herencia.
Sin embargo Laura Marling atravesó todo. Convivió con noviazgos de alta exposición (Marcus Mumford), despedazó a los prejucios a fuerza de canciones maravillosas, siguió ganando premios y cosechando elogios, y u día a los 23 años dijo estar cansada, amenazó con dejar la música, y como si aquellas comparaciones con Joni Mitchell le hubieran guionado un recorido, se fue a vivir a California.
Dos años después reapareció con “Short movie”, un disco que la devolvió con algunos pequeños cambios: la aparición de algunas guitarras eléctricas en sus canciones, el pelo corto y unos leves tonos aterciopelados en su voz, que le aportan cierta gravedad a las nuevas canciones. Hasta acá un resumen de todo lo previo y la expectativa que singificaba su regreso al país (en sus tiempos californianos y anunciando un plan de moderada vida nómade, alguna vez nombró a Argentina como posible lugar de residencia). Pero anoche estuvimos otra vez cara a cara con ella, y eso es lo que vengo a contar.
Es cierto que la inflación ha mermado el poder adquisitivo y que la devaluación aumentado los precios de las entradas para poder ver a artistas internacionales, pero yo le adjudico que anoche La Trastienda haya estado apenas a la mitad de su capacidad, a la paupérrima campaña de prensa alrededor del show. Aún así éramos unos cuantos más que en aquel 2011 los que nos vimos sorprendidos cuando con una puntualidad digna de su procedencia, Laura Marling salió al escenario acompañada apenas por un contrabajo y una batería.
El concierto fue breve e intenso. Comenzó con la sucesión de cuatros temas que abren “Once I was an eagle”, su trabajo anterior de 2013: “Take the night off”, “I was an eagle”, “You know” y “Breathe” y que interpreta a modo de suite. Recién después saluda levemente, sosteniendo una postura parca sobre el escenario que intentará sostener durante todo el concierto. Y si digo intentará, es porque un par de exaltados elogios conseguiran quebrarla durante un par de momentos de la noche, y arrancarle una sonrisa y hasta “charming man” como devolución al elogio. Pero esa actitud auténtica y transparente hace a su escencia: cuando Laura Marling canta sus canciones expresa cada uno de sus sentimientos que motivaron los versos que va cantando. Por ejemplo en “Short movie” (primer tema nuevo que cantó, a continuación de la magnífica “Master hunter”), cuando sus gestos acompañan una rabia resignada que confiesa “estoy pagando por mi error y eso está bien”.
La guitarra eléctrica estuvo ausente y tal vez por eso no hubo tantos temas de “Short movie” en el setlist como uno esperaba. De todas formas hay una conexión entre todas sus canciones que no produce quiebres en los climas, más de los que la propia Laura pretende darle al show. Si bien sus agudos son los que remitieron de entrada a Joni Mitchell, su procedencia, y la riqueza y colorido de su voz me llevan inmediatamente a pensar en Sandy Denny. Y además Laura es una gran guitarrista capaz de orientar sus canciones hacia la melancolía de un Nick Drake, y tambiér hacer que sus temas suenen como para que uno sienta que bien podrían haber formado parte de Led Zeppelin III (“The muse”, por ejemplo)
A la hora de las versiones escuchamos la previsible (porque suele formar parte de sus shows) “Do I ever cross your mind” de Dolly Parton, y la inesperada “Up to me” de Bob Dylan. De las suyas celebramos mucho la blusera “Ramblin man” y las melancólica “Once” y “Sophia”. Laura recordó su paso anterior por Buenos Aires (que incluyó la grabación de un video), preguntó por cuántos presentes anoche habíamos estado aquella vez, y en ese desenvolvimiento se sobrepuso a cierta timidez que le noté en aquella primera visita. Y hasta se animó a estrenar un tema.
Al cantar versos como “You must let me go before I get old I need to find someone who really wants to be mine” (“I feel your love”), Laura expone toda su fragilidad. Pero quienes la seguimos sabemos que eso bien puede resultar aparente, y que también es capaz de afirmar que “Woman alone is not a woman undone” (“Daisy”) y que allí florece la mujer dispuesta a no dejarse arrastrar más allá de cualquier pretensión ajena.
Para el final de un show de apenas una hora y diez minutos, Laura Marling eligió despedirse con “How can I”, tal vez la canción que mejor expresa su periplo californiano y el regreso a su música y su tierra. “Me gustaría ir a cualquier parte contigo. Voy a ir cuando me preguntes: cómo puedo vivir sin ti?. Voy a volver al Este donde pertenezco, pero cómo voy a vivir sin tí?”. Teñidos por esas palabras, cubiertos por esa melancolía tierna y dura a la vez, volvimos a las calles de San Telmo. Si alguien cree que la niebla con la que amaneció esta mañana Buenos Aires nos tomó por sorpresa, se equivoca.


sábado, 9 de abril de 2016

Valle de Muñecas en La Trastienda - Presentación de "El final de las primaveras"

“El final de las primaveras”, el último trabajo de Valle de Muñecas se publicó, haciendo honor a su nombre, en Noviembre del año pasado. Pero la presentación quedó para cuando la primavera recién empieza a hacer pie, pero en el hemisferio norte. Sin embargo este hecho no pareciera ser caprichoso.
Jan, el protagonista de “El malentendido” de Albert Camus, le dice a su descreída hermana Marta durante una charla algo así como que “el otoño es una segunda primavera, donde cada hoja es una flor”. En la obra la frase se afirma en una mirada optimista de la vida y sugiere una apuesta a las segundas oportunidades. Fuera de contexto, las palabras que Camus pone en boca de Jan bien podrían remitir a un elogio de la madurez. Y precisamente esa fue la primera sensación que me quedó del show que Valle de Muñecas ofreció anoche en La Trastienda: madurez. La madurez de una banda asentada hace rato, pero también del disco, maduro en su concepto, con cada canción expresando el máximo de su potencial en escena. Y también maduro en los oidos del público, que recibió la música con más júbilo que sorpresa.
Por ese motivo si tuviera que resumir el show de Valle de Muñecas de anoche, diría que más que una presentación, asistimos a una celebración del disco. Y si de puro rebuscado fui capaz de meter a Camus en la crónica de un show del indie porteño, redoblo la apuesta y lo meto también a Stravinsky: digo entonces que asistimos a la consagración de “El final de las primaveras”.
Para mí la noche arrancó extraña. Amagaba a llover todo el tiempo. El horario del show me permitió una pizza casera antes de partir. Debuté en el 4 con el nuevo precio del pasaje. El colectivo casi no se detuvo en ninguna parada, con lo cual de salir ajustado, terminé llegando a San Telmo con tiempo de sobra. Y eso me permitió presenciar la salida del público del show anterior: las insólitas “Noches sabineras”, que vienen a ser algunos de los músicos de Sabina, pero sin Sabina, cantando canciones de Sabina. Algo así como una reunión de Punch sin Miguel Cantilo (!). Mi yo lombrosiano, además, detecto al sector más arjonesco del público del andaluz.
Aunque voy a hacer solo una mención al pasar, si el inicio del post incluyó cita literaria, no puedo dejar de contar que mientras buscaba un trago en la barra, El Principe Idiota abrió la noche con cuatro o cinco canciones acústicas. La Trastienda no estaba muy poblada a esa hora (después sí llegó más gente), y yo me preguntaba que cómo era posible. La expectativa era grande, los medios del palo le dieron amplia difusión al show (Valle de Muñecas llegó a ser tapa del suplemento joven de Clarin) y las entradas no eran caras. Evidentemente hay un público al que no le interesa expandir sus gustos, concluí. Un público conservador que parece darle más la razón a los Alejandro Medina que a los Alfredo Rosso. En realidad, es muy pobre esta explicación, y solo pretende dar cuenta de la, por lo general pasajera, impotencia que me produce saber que estamos ante un momento tan rico del rock argentino y ver lo cuánto que le cuesta trascender. Pero durante un momento estuve indignado y quería contarlo.
El show arrancó como el disco, con “Las espadas del sol” y al principio creí que iban a tocarlo completo y en orden. Pero no. “Días de suerte” y “Dejadez” fueron las encargadas de sacarme rápido esa idea de la cabeza. “Una brisa fugaz y el zumbido del mar en las entrañas”, esos versos bien podrían resumir el concepto de la música de Valle de Muñecas: el zumbido de las guitarras y la brisa que significan las melodías sobre ese sonido eléctrico. El disco nuevo tiene mucho del anterior (“La autopista que corre del océano hasta el amanecer”), pero sin embargo no es tan facil de asimilar. Algo anduvo diciendo Manza acreca de esto en los medios. Tal vez dando lugar más a su mirada de productor que de músico, dio en el clavo en las dos características fundamentales que distinguen a “El final de las primaveras”: las guitarras de Fernando Blanco y el carácter algo más exigente del álbum, a la hora de degustarlo.
El esquema del show consistió en idas y vueltas a lo largo del disco y del resto de la discografía de la banda. “El final de las primaveras” (la canción) pasa de una voz quebrada a una explosión noise envolvente. “Reinvención” sostiene ese mismo esquema aunque en un andar melódico más ameno. De las nuevas, “Una hoja en blanco” y “Las cosas perdidas” fueron las mejor recibidas. En “Esta vez” un único haz de luz ilumina la cabeza calva de Manza que le canta una despedida confidente. Y “Sábados” y “Ni un diluvio más” ganaron entre los clásicos más festejados.
A la hora de citar a Menos Que Cero, Manza eligió la inesperada “Cartas” y después la punkie “Recuerdos del invierno”. Y de allí, de esos días de lluvia y viento que recuerdan a los inviernos que se van, uno puede intuir el comienzo de esa primavera a cuyo final le estábamos cantando. Porque como dice “La llave de los días mejores” que le siguió: nada sucede al azar.
Para el final quedaron “La soledad no es una herida” y “Gotas en la frente” para que la comuníón entre la banda y su público sea absoluta. Y un tramo de bises a la medida de fans de la primera hora con “Rutina especial”, “Regresar (a traves de la noche)” y una despedida definitiva con “Vamos al cine”. Otra vez la suerte, esta vez como guía de una caida inevitable, dice presente en universo Valle de Muñecas, para darle cierre a una noche que tuvo en el afuera un guiño cómplice: la llovizna que aumentaba su caudal disfrazaba el clima de una típica primavera porteña en retirada. Claro que el otoño bien podría reclamar con justicia también esa puesta. Pero que se arreglen entre estaciones, yo me quedo con la música. Que de flores y hojas secas, se ocupe Camus.


domingo, 3 de abril de 2016

Enrique Bunbury en el Luna Park - Mutaciones Tour 2016

“Hoy amanecí con los puños cerrados, pero no lo tomen al pie de la letra, es apenas un signo de perseverancia”. Así comienza “Otra noción de patria”, el poema de Mario Benedetti al que Enrique Bunbury le pidió prestado el primer verso para su caótica y desesperanzada visión de su España, en “Iberia Sumergida”. Música que nació a mediados de la década del '90 pero a nadie que esté un poco atento a las noticias le pasará desapercibida la actualidad de aquella descripción. Allá en Iberia, y ahora, después de unos años de respiro, también por estos pagos. Pero además, y desde ya sin que medie intención posible, el poema de Don Mario habla de perseverancia, y esa condición sirve muy bien para adjetivar al artista zaragozano más latinoamericano que jamás haya existido. Un artista que sin perder jamás su impronta no se conforma nunca, no se detiene en las búsquedas y lleva su forma de vida al escenario con sincera fidelidad.
Anoche, el del Luna Park era un concierto especial: por lo general Enrique comienza sus giras en el norte y llega al país al final del recorrido. Esta vez Córdoba y Buenos Aires fueron la plataforma de lanzamiento para el “Mutaciones Tour 2016”, la expansiva concreción sobre el escenario del Unpluged (que en verdad no lo es tanto) en MTV, cuyo testimonio grabado se publicó como “El libro de las mutaciones”. Ese reencuentro y replanteo de su obra llegó como nunca a una etapa a la que Bunbury ha recurrido en su etapa solista solo en ocasiones esporádicas: las canciones que grabara con Héroes del Silencio. Sin nostalgia y con apenas una leve cuota de inevitable melancolía, el reencuentro de Bunbury y esas canciones con el público porteño, concretó una enorme fiesta en donde la memoria y las gargantas, fueron las destacadas de la noche.
Se trata de una etapa extraña y novedosa en la carrera de Bunbury, porque además de apelar como pocas veces al repertorio de su banda madre, viene de publicar “El camino más largo”, el rockumental de Alexis Morante, en donde deja ver su intimidad (en el marco de una gira norteamericana) como nunca antes.
El repaso, tal cual lo advertía el programita que repartían en la entrada, no sería parejo. Así que mientras “El club de los imposibles” cita al Bunbury más bohemio, “Destrucción masiva” se corre al tramo más apocalíptico de “Palosanto”. Y el cover de Raphael, “Dos clavos en mis alas”, es el único tema nuevo en esta etapa. Pero claro, los fans esperaban el viaje al mundo Heroes.
Si bien los temas grabados en MTV daban algunas pistas, fueron varias las sorpresas. Y a primera vista lo que yo noté fue que las canciones elegidas fueron las que más explícitas referencias literarias tienen. Alejandro Casona en “La sirena varada”, la decadencia de Baudelaire en “Avalancha”, William Balke para “El camino del exceso”. Esas fueron algunas de las primeras citas. En el medio “Porque las cosas cambian”, con los reflectores tiñendo el escenario de amarillo. Ironías del destino.
En escena Bunbury sigue siendo el mismo de siempre: una cruza de Daltrey y Jim Morrison, con movimientos de torero. Su banda, Los Santos Inocentes, es una extraordinaria conjunción de buen gusto y energía rockera, aunque este último atributo no estuvo tan presente anoche como en las últimas visitas. El escenario estaba adornado por una especie de serpientes aztecas luminosas, que le daban un toque místico a la puesta.
A la hora de los nuevos arreglos a las canciones de Héroes del Silencio, “Iberia...” adquirió una cadencia reggae, y en un principio se nota que el encargado principal de revestirlas es Jorge Rebenaque desde los teclados. Es él el responsable del leve toque funk en “El camino del exceso” y del rythm & blues más puro para “Avalancha”, donde además se destaca el slide de Jordi Mena. Pero al margen de los esfuerzos, la efusividad con la que el publico cantó esas canciones, tapó cualquier pretensión a la hora de degustar los nuevos sonidos.
“Que tengas suertecita” primero y “Alicia (expulsada al país de las maravillas)” dieron paso a un momento del show donde Los Santos Inocentes se pusieron el traje de El Huracán Ambulante. Rebenaque tomó el acordeón y sonaron “El extranjero” e “Infinito”. Curioso momento el de parte del público, que al cabo de gritar eso de “los nacionalismos, qué miedo me dan!” pasó a cantar “el que no salta es un ingles”. Pero bueno, era dos de Abril y había que meter Malvinas por cualquier hueco. “El hombre delgado que no flaqueará jamás” (esos temas donde Los Santos Inocentes rockean a lo Heartbreakers) y “Despierta”, fueron las encargadas de encaminar el show hacia el final.
Llegó “Mar adentro”y ese amor que cambia de labios, y que muestra al Bunbury más hedonista. Y la gran sorpresa de la noche, con tal vez el mejor tema que Bunbury haya compuesto jamás: “Maldito duende”. Versos nacidos bajo la percepción reconvertida por los efectos de las drogas, cuya letra fue cantada de tal forma, que poco podré decir de cualquier nuevo arreglo que Bunbury haya pretendido. Y si se trata de soledades y suspensiones, el cierre dejó de lados las citas literarias de Héroes del Silencio, para su gran tributo a Bowie, y su propia reinvención de la historia de Major Tom: “Lady Blue”.
Los bises constaron de dos tramos de tres canciones cada uno. El primero empezó con “Más alto que nosotros sólo el cielo”, siguió con “El rescate” de “El viaje a ninguna parte” y cerró con otro clásico a viva voz: “La chispa adecuada”, o como diez mil personas le cantan a un desamor con, otra vez, versos prestados de Mario Benedetti.
Pero fue el segundo regreso el que evidentemente estuvo craneado como despedida. Dos temas de “Las consecuencias”: “Los habitantes” y “De todo el mundo”, una especie de auto plegaria en la que Enrique se confiesa, como si hiciera falta, un espíritu libre. Y por último, el vals de “Flamingos”, “...y al final”, tema que parece ideado para una despedida definitiva en los mejores términos, pero que en su tono ameno, en la relación de Bunbury con su público, pareciera dar puntapié a la melancolía que perdurará hasta el próximo encuentro.

La gira recién comienza y habrá que ver si Enrique Bunbury la armó como una retrospectiva inalterable, o si guardo gemas para ir corrigiéndola o renovándola al cabo de su continuidad. Por lo pronto, en Córdoba y en Buenos Aires la lista fue la misma, y por el momento lo que los porteños podemos decirle al resto de Latinoamérica es que preparen sus gargantas. Las van a necesitar.