sábado, 29 de noviembre de 2014

Audia Valdez en Pan y Arte

Si una película resulta una sucesión de fotogramas, recortar cada uno de ellos bien podría significar la capacidad de detener el tiempo. De abstraer. De abstraerse. De mirar y mirarse escapándose de un destino que si uno permite rodar la película no tendrá posibilidad de modificar. Fotogramas, así se llama el disco que Eloisa Lopez plasmó bajo el nombre de Audia Valdez (retomando la identidad de sus comienzos, pero básicamente unificando todos sus proyectos bajo el mismo nombre) y que editó Twitin Records, el novel sello de Tweety Gonzalez. Y como dentro de los muchos y buenos trabajos que se editaron este año en Argentina, “Fotogramas” está entre los que más me gustaron, presenciar su concreción en vivo era un hecho que me debía. Y después de unas semanas de abandono para con las salas de música, no pudo ser mejor forma de retorno.
Pan y Arte en Boedo no suele ser una sala que albergue shows musicales, y aunque la propuesta excedía el concepto musical (el flyer prometía performance audiovisual), lo inusual del espacio le daba un condimento extra a la noche. Y cuando, después de una prolongada previa (la culpa es mía por mi pertinaz y exagerada puntualidad) con ricas empanadas y un dificultoso vino caliente, el show comenzó, esa sensación inicial acerca de la sala, quedó confirmada.
El disco de Audia Valdez tiene muchísimos condimentos interesantes, pero lo que sospecho a mí más me sedujo fue que está cubierto por un manto spinetteano. Y aunque incluya un tema dedicado al Flaco (“Tema para Luis”) esta idea excede ese hecho. Hay palabras, conexiones, mantras, pulsos que a mí me remiten, por ejemplo, a “Madre en Años luz” en cuerpo y espíritu. Escuchar canciones como “Gracias” o “Como brilla” tal vez ayuden para comprender esta impresión. Pero luego de varias escuchas uno comprende que si bien esa impronta se trata de una fuerza inspiradora omnipresente, para Audia Valdez no ese un fin en si mismo, sino la plataforma de lanzamiento de sus propias formas, sonidos, luces e incluso dilemas. Y si hablamos de puntos de partida expansivos, que el show (Un sueño en el que no tenemos nombres, según anticipó Eloisa antes de sumergirnos en la música) haya abierto con “Espiral” no resultó casual.
En “Otras vidas”, el cover de María Gabriela Epumer incluído en “Fotogramas”, hacia el final se repite con insistencia “Esto es un sortilegio para irme del pensamiento”. Eloisa Lopez se apropia de esas palabras y concreta su propio sortilegio en un viaje musical y visual que intenta hurgar, introducirse en el ser, recorrerlo en una especie de autoreconocimiento y luego exponerlo al mundo. Un mundo que es retratado bajo la tensión de lo frío e insensible frente a una naturaleza que se resiste a la renuncia y halla espacios para emerger siempre. “Belleza inmaterial”, “Seres benditos”, “Tu y yo” se suceden en un show que mostró a una banda sonando perfecta y expandiéndose más allá de los límites que las canciones exhiben en el disco. O los discos, mejor dicho. Porque “Por un paisaje”, el disco de 2009 editado como Eloisa Lopez también estuvo muy presente en el setlist.
Algo que no puedo dejar de lado es la cuestión de la iluminación y los colores. El comienzo del show se dió bajo tonos rojizos, tal cual el arte de tapa de “Fotogramas”. Pero con el correr del show irán cambiando. Por momentos Eloisa se va a adelantar, y la banda quedará tocando detrás de las proyecciones. Apareceran el azul, el blanco y el amarillo (imposible no pensar en Greenaway) y la música, sumada las imágenes y luego a la danza, compondrán un escenario en donde las tensiones de la existencia convivirán con viajes místicos, y aquel espiral pareciera convertirse en círculo cuando la voz de Eloisa reune a los extremos de la vida encarnados en el encuentro de una anciana y una joven. Robots humanos, frivolidad, coreografías inquietantes que transitan por expresiones tribales, autómatas y sexuales nos introducen en un espectáculo integral cuya coherencia no produce otra cosa que la expansión de todos los sentidos.
El telón delantero se descorre y Eloisa Lopez vuelve con sus compañeros de banda para la bella “Superheroes”, cuyos motivos folklóricos originales se oyeron acotados por una interpretación mucho más contenida, y con el teclado casi como único protagonista. Luego “Un día exacto” la canción del disco que mejor resume el concepto de “Fotogramas”. Las imágenes se siguieron proyectando por encima de la banda, y los pelos largos y lacios del bajista Martín Rodriguez con los colores desfigurándolo remitían casi graciosamente al iniciático Pink Floyd del UFO.
El cierre del concierto terminó por redondear el carácter integral de la performance. La magnífica “Dos mentes”, que abriendo el disco sirve como introducción al concepto del álbum, en el show construye la mejor expresión de las tensiones expuestas a lo largo de la noche. Las luchas internas, las propias inseguridades, la búsqueda permanente de una identidad atrapada dentro de otra. Y “Evolución” (de reconocibles huellas árabes en sus sonidos) pareciera querer esbozar una respuesta probable y optimista a las disyuntivas expuestas: el retorno a la escencia, a lo profundo, al reencuentro con uno mismo. Espiral o círculo. Desandar o completar un recorrido. En ambos casos se regresará inevitablemente al punto de partida.
No estaban programados bises, así que cumplir con el pedido del público significó un breve debate sobre qué tema repetir, que incluyó consulta a Tweety Gonzalez en la platea. Y la decisión recayó sobre “Belleza inmaterial”. Y mientras volvía a escuchar esa sugerencia a respirar hondo y elevarse por encima de lo abstracto e intangible, internamente algo me indicaba que a veces el universo encaja las piezas con la precisión de un rompecabezas. Cualquier otra elección hubiese significado retomar tensión e incertidumbre, y en cambio la repetida canción consiguió sostener un equilibrio que ni los ruidos de la calle pudieron quebrar.
La propuesta integral de Audia Valdez establece parámetros muy altos de pretensión y no defrauda. Y aunque la ambiciosa puesta no sea sencilla de repetir, está el disco que bien podría resultar un fotograma de ese todo al que quedamos expuestos anoche. Así que ya saben: si pasan por cualquier disquería y hurgando bateas se topan con una chica corriendo como la Lola de Tom Tywker, no la dejen escapar. Yo sé por qué se los digo.




viernes, 17 de octubre de 2014

Vapors of Morphine en el Teatro ND Ateneo

En el año 2004 se publicó un boxset en el que Dana Colley y Billy Conway se tomaron el trabajo de compilar varias de las obras que Mark Sandman había dejado, al margen de Morphine. Entre tantas canciones hay una llamada “Tomorrow” en la que Sandman canta “Mañana es hoy, nunca va a desaparecer. Hoy, mañana es aquí. Lo que suceda a continuación nunca ha sido tan claro”. Y como un mantra, fue la fuerza de esos versos en la voz grave de Sandman recreada por una mente que parecía adelantarse al concierto, la que me sirvió para introducirme en el espíritu de la noche que Vapors of Morphine llegó a proponernos a los porteños. Porque lo que sucedió a continuación nunca estuvo más claro: la obra pasada de un talento que parece llegada desde el futuro, y que se consuma en tiempo presente, consagrada por sus ex compañeros y por un Jeremy Lyons, que arrastrado por la fuerza devastadora de Katrina, llegó para completar el trío y poner en movimiento esa música que nos acompañó a lo largo de buena parte de la década del '90. Mañana nunca desaparece, siempre hay futuro. Prepotencia. Optimismo. Trascendencia. Morphine.
La noche abrió con un suave “Like swimming” mientras el telón aún no se había levantado del todo. Tranquilo, con una improvisación jazzera al comienzo en la versión más amena de la banda. Y enseguida “If” y su cadencia blusera. Pero no fue hasta que Jeremy Lyons se calzó el bajo de dos cuerdas y largaron con “Other side”, que la gente reaccionó ante el sonido que había ido a buscar. Allí sí el saxo (procesado por un amplificador de guitarras) de Dana Colley se enciende, Lyons ocupa con soltura el lugar de Sandman (refiriéndolo, citándolo, nunca imitándolo), y Jerome Deupree.....bueno, él toca en su propio universo. Si bien está sobre la tarima mirando y escuchando a sus compañeros pareciera conectarse de forma telepática. Y sencillamente, la rompe.
El proyecto alguna vez llevó el nombre de The Ever Expanding Elastic Waste Band y ya había pasado por el mismo teatro en 2011 bajo el nombre de Members of Morphine and Jeremy Lyons (con Billy Conway en segunda batería también como miembro). Sin embargo este Vapors of Morphine tal vez sea el nombre que mejor defina al proyecto. Remite a vestigios, estelas; señales de que hay algo que aún mantiene vivas a esas canciones. Como si lo único que nos separara de Sandman fuera una bruma espesa detras de la cual se esconde la energía magnética de Mark. Pero también la idea de reminiscencia abre la posibilidad a nuevos caminos. Entonces, en esa sucesión de canciones inolvidables como “Have a lucky day”, “Sheila”, “Eleven o'clock” o “Head with wings” aparecen pequeñas jams, improvisaciones contenidas que construyen pasajes hipnóticos, psicodélicos, de tintes bluseros que llegan desde el delta del Mississipi, pero también del oeste africano. Y es durante esos tramos que Vapors of Morphine encuentra su propia originalidad. Como en “Different”, una canción densa en la que el saxo pareciera citar contenido a los Beatles de “Whitin you, whitout you”.
En medio sucedieron un par de cosas insólitas: gente que llegaba media hora tarde (además de la otra media hora de retraso en el comienzo del recital) y preguntaba si hacía mucho que había empezado. Unos cuántos culos inquietos que se levantaban a buscar papitas al buffet, o al baño o vaya a saber qué carajo. Mi celular se quedó sin señal justo después de un SMS que decía “Penal para Libertad, se cortó la luz”, situación que colocó a mi Yo Riverplatense en estado de desesperación. Y para coronar, un señor de la fila de adelante que nos pidió a los de atrás que no sigamos el ritmo con los pies porque le producíamos vibración en su asiento (??). Estuve a punto de un “acting” simulando un Parkinson y reclamando por discriminación, pero decidí ignorarlo. En medio de tanto despropósito, que alguien le haya gritado un saludo de cumpleaños a destiempo a Dana Colley, casi que resultó natural y lógico.
Mientras tanto la banda seguía tocando. Improvisando pinceladas calmas y cautivantes, con pasajes más rítmicos y vibrantes. “Honey white”, “All wrong” fueron lo más destacado en ese sentido. Y luego de “I'm free now”, llegó otra jam con espíritu anclado en el delta, y una sorpresa: “de los Redonditos de Ricota, Sergio Dawi” anunció Dana en el mejor español que le salió a esa hora. Y juntos cerraron el concierto con “Cure for pain”, con el público de pie cantando por la cura para un dolor que a esa hora resultaba improbable, y que de existir en algún sitio recóndito, la música lo había vuelto placentero.
El regreso fue rápido (show en Motevideo un día antes y otro en Córdoba un día después, casi que no había que perder el micro) y aprovechando el calendario, abrieron los bises con “Thursday”. Por un instante me pregunté cuán mal le abrá caido esa historia de affaire y amenazas al señor correcto de la fila de adelante; su pareja bailando de pie a su lado e ignorándolo, me dio la respuesta. Y si algo faltaba para coronar la noche, “The night”, con la que casi que nos podrían haber mandado a casa a buscar en sueños la continuación que sus “bedtime stories” nos inspiraban. Pero volvió Dawi y con “Buena” el tono letárgico se perdió por completo. Dana Colley le cedió generoso a Sergio el lugar principal a la hora de los solos y el local se ganó sus propios aplausos. Y el cierre fue con Vapors of Morphine todavía cuarteto y “You look like rain”.
Tal vez porque querían despedirse en formato trío. Tal vez porque les caemos hermoso. Tal vez porque tenían hambre y querían compartirlo. La cosa es que regresaron al escenario y nos dejaron a todos pidiendo “French fries with pepper” a los gritos, mientras el teatro había perdido su forma y los pasillos eran un amontonamiento de gente despidiendo a los músicos.
Alguna vez fue Twinemen con Laurie Sargent, que aun citando al comic de Sandman desde su nombre, proponía otros caminos paralelos a Morphine. Ahora pareciera ser cuestión de recoger la estela y mientras los vapores se disipan construir un nuevo camino. Vapors of Morphine evoca a Sandman, y hasta por momentos lo invoca. Pero si hubo algo que yo percibí en esta visita es que la banda adquiere con paciencia y cuidado, su propia identidad. Mark Sandman ya mostró el futuro, será cuestión de construirle un presente que lo justifique.






miércoles, 8 de octubre de 2014

Damon Albarn en el Teatro Gran Rex

Menos de un año había pasado del show de Blur en Villa Lugano. Un concierto en tono de reencuentro (entre ellos y con su público) y que estuvo plagado de hits, celebración y euforia. Aquella vez Damon Albarn acompañado por sus compañeros de banda nos regaló todo lo que esperábamos en un ambiente festivalero y masivo. Pero si hay alguien en el mundo de la música cuyos pasos son imprevisibles, ese es Damon Albarn. Y entonces este rápido regreso al país lo trajo con un primer trabajo firmado como solista y signado por el intimismo y la reflexión.
Yo llegué al Gran Rex con tiempo suficiente como para ver el final de Barco, los teloneros locales. Pop muy trabajado, un bajo de esos que te hacen mover el piecito aún a los menos dóciles con el baile y un tema, “Antes del desmayo”, que es un hit inmediato con claro anclaje en el mejor pop de los '80. Podría nombrar referencias, pero mejor escúchenlo y descúbranlas ustedes. Excelente elección para amenizar la espera.
Bueno, empecé diciendo que el espíritu con el que Albarn llegaba era diferente al de Blur y por algunos gritos eufóricos que saludaron su ingreso al escenario, estuvo claro que resultaría un desafío poner a la gente en el clima pretendido. Desafío que en definitiva fue alcanzado con sencillez. Primero Damon con recordó lo útil que puede ser la tecnología para acercar personas cuando la distancia es un escollo insalvable con “Lonely press play”, y de inmediato nos alertó sobre las consecuencias de la dependencia exagerada de la misma, con “Everyday robots”. Bien, si el artista expone esas contradicciones, por qué pedirle coherencia a un público que mientras escucha “We are everyday robots on our phones”.....graba todo con sus teléfonos celulares? Mi posición alta en la pullman me permitió advertir mejor que nunca esta escena.
Tecnología y mundo virtual. Qué mejor entonces que Gorillaz para el continuado. “Tomorrow comes today” fue recibida con la primera gran ovación, y siguió “Slow country”. En ese tramo del show el setlists estuvo dedicado a los innumerables proyectos paralelos de Albarn. Además de Gorillaz se citó a The Good, The Bad and The Queen con “Three changes” y hasta Rocket Juice and The Moon con “Poison” (un tema que no había tocado el lunes previo, y que se amoldó con facilidad al tomo de “Everyday robots”). En medio se intercaló “Hostiles” y “Photographs (you are talking now)” y ese tramo se coronó con una gran versión de “Kingdom of Doom”, cuyo cierre alcanzó un gran clima guiado por un piano marcado, tocado casi con furia mientras las guitarras construian un crescendo sonoro.
Si bien Damon se mostró comunicativo y atento (mojó a la platea con su botellita de agua, palmeó manos cada vez que se acrecó al borde del escenario, al que recorrió de punta a punta cada vez que no se sentó al piano), el tono de las canciones hizo que el show fuese recibido con más atención que participación. La escenografía fue sencilla y el escenario (y su piano) estaban coronados por una estrella de siete puntas, que sirvió para sumar algo de simbolismo místico a la puesta. La banda tuvo al bajista Seye en el pico de la simpatía y funcionó a la perfección para que los arreglos en vivo, que buscan escapar del extremo intimista del disco y mostrar fortalecidas a las canciones, luzcan en todos su detalles. En ese punto el tándem “You and me” y “Hollow ponds” (magnífica irrupción de una trompeta sumándose a tanto recuerdo melancólico) fueron lo más destacado.
Hacia el tramo final se sumó un coro que fortaleció vocalmente a “El mañana” y “Don't get lost in heaven” de Gorillaz. Después Damon tomó una acústica, se sentó sobre la caja del piano y cantó “The history of a cheating heart”. Si bien se trató de un momento delicado, de auténtica intimidad, y si bien eso de “the history of my life will show it's more than you know” es hermoso, aquí yo tengo una queja: el setlist indicaba que allí iba “Out of time”, tal cual tocó el día lunes. Y la primera función que se puso a la venta fue la del día 7, y entonces en esa fecha estaba el público más atento a las novedades, el más fiel, el que pagó primero y por lo tanto el que no merecía que fueran los rezagados del lunes los PRIVILEGIADOS en escuchar el clásico de “Think tank”. Después sí estuvo “All your life”, una lado B que nos trajo a Blur en versión gopel y la súplica final reclamando por alguien que asegure que todo estará bien. Como si esas pinturas de la sociedad moderna que signan a “Everyday robots” provocaran más incertidumbres que certezas y las miradas se dirigieran a un cielo improbable, el círculo se cierró con cierto dejo de ironía.
Para los bises sí tuvimos a Blur como se debe y “End of the century” cumplió ese papel. Sin embargo lo mejor estaría por venir. Se sumó el rapero africano M.anifest para una versión gloriosa de “Clint Eastwood” que no solo puso al teatro de pie por primera vez en la noche, sino que nos sacudió de la quietud expectante en la que nos había dejado el concierto. Y para el final volvió el coro y “Mr. Tembo”, una canción que en el disco suena algo desubicada, como sobrante de proyectos como DRC Music o incluso una intromisión de David Byrne en el espíritu de Damon Albarn, en el contexto del show lució resignificada. Climax absoluto de la noche y casi que pudo haber cerrado el concierto sino fuera porque ese honor le corresponde, como a lo largo de toda la gira, a “Heavy seas of love”.
En mi caso la ausencia de vianda en casa y el horario relativamente temprano que había terminado el show, me habían motivado a hacer una excepción a ms costumbres y cerrar la noche en una hamburguesería. Pero resultó que unos tal R5 había tocado en el teatro de enfrente, y el McDonalds estaba copado por adolescentes con vinchita, de esas que aterrorizan a Gelblung y a Feinmann, mientras sus padres cortaban Corrientes con sus autos estacionados en doble y hasta triple fila. Así que decidí huir de ese pandemonium teenager y me fui a buscar unas empanadas cerca de casa. Durante el viaje pensé en Damon Albarn alertando a esas adolescentes acerca del uso excesivo del celular. No creo que tenga éxito, pero por el solo hecho de haberme privado de “Out of time”, merece someterse a la experiencia.


domingo, 28 de septiembre de 2014

Richard Coleman en el Teatro opera

                Si bien el show de Richard Coleman en el Opera estaba programado desde unos meses antes, el mediodía del 4 de Septiembre le cambió el signo por completo. La muerte de Gustavo Cerati llevó a que todos, artista y público, concurramos al Opera bajo un espíritu diferente al que lo hubiésemos hecho en otras condiciones. Encima durante el día la noticia de la muerte del negro Garcia Lopez. Y Chaban (polémicas al margen, nombre ineludible en la movida cultural que nos moldeó en lo que hoy somos) que otra vez tambalea. Una serie de noticias como trompadas cuyo efecto podría ser demoledor si el instinto no nos guiase, como un boxeador acorralado, a la tozudez de seguir hacia adelante. Más música, más reuniones, más celebraciones del arte y la vida. Y si había alguna duda de si este espíritu era el mismo que a Richard Coleman le interesaba invocar para su gran noche en la calle Corrientes, el programa oficial que contaba de sus inicios como oyente, plomo, y como músico “a pulmón”  terminaba así “Esta noche mi amigo está en la platea más alta. Creo que estamos todos. Gracias por venir”. No había manera de no arrancar sin morderse los labios.
                Tal vez resulte injusto arrancar la crónica con esta descripción de sentimientos para un artista que después de treinta años de carrera se encuentra en una inédita espiral creciente de popularidad (a los Massacre, el otro ejemplo similar, les llevó algo menos), porque no hay dudas que su etapa solista con dos discos menos oscuros (“Siberia Country Club”, pero especialmente “Incandescente”) y una inspiración de altísimo vuelo a la hora de la composición le abrieron el merecido camino. Pero así se dieron las cosas, y como si a esa dualidad (masivo/culto, oscuridad/luz) fuese necesario invocarla en la noche, Richard abrió el show con su versión de la desgarradora confesión deNeil Young en  “Down by the river”.
                La puesta fue sobria. El escenario gigante fue ocupado apenas por los músicos y unas tarimas elevadas en donde Leandro Fresco en teclados y un cuarteto de cuerdas, subieron para ponerle color  a “Incandescente”, una de las mejores canciones de amor en tono nostálgico que se hayan compuesto por acá.  La banda, que ya tiene bastante tiempo tocando junta, suena ajustada. Y con el correr del show sabrá apretar los dientes y destilar delicadeza en los casos que cada una corresponda. Bodie Datino en teclados es el lugarteniente perfecto. La base de Daniel Castro y Diego Cariola, y la guitarra de Gonzalo Cordoba, son el resto de los músicos sobre los cuales se apoyan Richard Coleman y su  voz en excelente estado, para dar lo mejor de sí a lo largo de la noche.  
                En el primer tramo del show “Incandescente” acaparó la lista. “Lo que nos une” (“una risa más, una anécdota, y cosas que no llegaron a pasar”, imposible no pensar en Gustavo), “Perfecto amor” y “Corre la voz”. A Coleman se lo notó de buen humor, y aunque sin la extensión de los shows íntimos que dio en Ultra Bar, también con ganas de hablar. “Este es el Coleman bueno”, nos recuerda en un momento, como para que tengamos presente que no siempre fue, ni será, todo tan agradable. Y después de “Normal”, (en Siberia toca Cerati. Gustavo, siempre Gustavo), una sorpresa: la TREMENDA versión de “Computer world” de Kraftwerk.
                Había que dosificar los climas. “Caravana”, el tema de “Ahí Vamos” sirvió para la primera emoción de la noche. “Gus está viendo el show, así que voy a tocar bien y a decir estupideces” nos dice Richard al final, aunque bien uno podría pensar que se lo está diciendo a sí mismo. “To bring you my love” de P.J. Harvey fue otro de los covers de ayer. Ese nacer en el desierto, esa tristeza de años, y la odisea de atravesar infiernos mares y montañas, para entregar su amor. Cambien amor por música, y bien podría ser una parábola de la carrera de Richard. Y el momento de mayor emotividad se consumó cuando después de una versión acústica de “Azulado”, con Coleman solo sobre un escenario apenas iluminado, la gente comenzó a aplaudir, mezcla de devoción y respecto, y alguien gritó por Gustavo. Entonces Richard también aplaudió y mirando al cielo, estuvo a punto de quebrarse.  “Qué haremos con tantos temores, con tantas dudas” arranca el “Hamacándote” con el que continuó el concierto. No sé si fue pensado, pero no había mejor manera de describir lo que pasaba adentro del Opera.
                Después de una versión electroacústica de “Heroes”, llegó otro invitado: Alejandro Lerner, encargado del hipnótico y seductor teclado de “Cuestión de tiempo”.  Y un viaje al pasado que los fans más fieles y cuarentones todavía estamos agradeciendo: Fricción (“A veces llamo”), Los Siete Delfines (“Never du nozin”), otra vez Fricción (“Durante la demolición) y “Es tan celosa” como para encaminar el show hacia el arrollador cierre que nos tenía preparado: “Como la música lenta”  y “Fuego” con Daland de La Armada Cósmica como último invitado.
                Para el tiempo de regresar al escenario,  el aura de Gustavo que durante varios momentos había sobrevolado el show, se había dispersado. O mejor dicho, se había hecho a un lado para dejar fluir a Richard Coleman en su mejor versión. Hubo dos temas más, “Momentos de cambio” y “Turbio elixir” para cerrar una noche de consagración tan tardía como merecida. “Acá hay gente que me ha salvado la vida” había dicho Coleman una hora y pico antes, cuando el espíritu de pub lo había asaltado en medio de una noche masiva. Y aunque en el tamaño del teatro tal vez se haya dificultado el reconocerse, muchos pudimos haber dicho lo mismo. Por lo menos, y especialmente, del artista que abrazado a sus músicos saludaba despidiéndose. Porque en definitiva,  de eso se trata la música. De los hechizos que nos permiten estar aquí aunque el cuerpo siga allí. De amores perfectos. De recuerdos incandescente. De salvar vidas  siendo héroes, por al menos una puta vez.

               




lunes, 25 de agosto de 2014

Spiritualized en el Teatro Vorterix

A veces sucede que en el fin de semana se juntan un montón de cosas. En este en particular, en términos musicales, tenía todo cubierto. Sold Out. El sábado los veinte años de Catupecu Machu en el Luna Park. Y ayer, el regreso de Spiritualized en el Teatro Vorterix. Quienes estuvimos en Octubre de 2008 en La Trastienda, guardamos en la memoria a aquella noche de Jason Pierce como una función inolvidable. Y si bien aquel show incluyó bises, yo me quedé con la explosión de electricidad y psicodelia de “Take me to the other side”, como última imagen. Así que pensar este regreso de Spiritualized en una versión acústica, casi que resultaba la contracara perfecta y complementaria de aquella noche.
El formato acústico no es caprichoso y tiene un motivo: Jason Pierce y su salud. En aquella primera visita llegaba cantándole a las salas de “ambulaces and emergency” luego de la internación, con dos paros cardíacos incluidos, a causa de sus pulmones. Y una dolencia hepática crónica fue lo que llevó a Jason a pensar que jamás podría volver a estar parado sobre un escenario y a cranear esta versión desenchufada de Spiritualized.
Con el Vorterix expectante, muy concurrido (no a reventar como otros conciertos a los que fui a ese teatro) el concierto tuvo un arranque fallido. O un “no arranque” como diría un tristemente célebre personaje. Las luces se apagaron, por debajo del telón se vieron algunas pies que caminaban, y de pronto volvieron las luces y la música del DJ. Diez minutos después sí largó el show, casi en paralelo con los SMS que me informaban de los goles de Teo y Carlitos Sanchez, situación que me dispuso aún mejor para el cocierto que se venía.
Abrieron el show con “Sitting on fire” y enseguida le pegaron “Lord let it rain on me”. Jason Pierce sentado con una acústica del lado derecho del escenario, sus lentes oscuros de siempre, y un atril delante suyo. Del otro lado un piano Rhodes, y en el fondo un coro de cuatro voces femeninas más un cuarteto de cuerdas. Tenues luces azules eran el complemento perfecto para ambientar el show. Íntimo, cálido, confesional. Es probable que estas palabras resulten repetidas, pero no hay mejores. Delicado por donde se lo mire. “True love will find you in the end”, esa belleza de Daniel Johnston que Pierce nos regaló anoche, casi que podría sonar eternamente en ese clima.
Fiel a su costumbre, no hubo más que silencios y afinaciones entre tema y tema. Jason Pierce parecía tan absorto como el público. Apenas unos tibios aplausos se sumaron para el coro de “Soul on fire”, pero nadie se animó a quebrar el clima. Y en la continuidad de canciones, esta versión reducida de Spiritualized citó a Spacemen3 con “Walking with Jesus” y cada canción funcionó como una caricia. “Feel so sad”, “Stop your crying”, “Anthing more”...el concierto resultó una sucesión de plegarias y gratitudes, dichas y tristezas, súplicas, amores y desamores. Todo ambientado por el extraordinario estado de la garganta de Pierce, un piano sugestivo, cuerdas deliciosas y un coro de impronta gospel que reforzó el feeling en cada canción.
Si se trataba de graficar con música el estado en que nos encontrábamos en el teatro, tal vez “Ladies and gentelmen we are floating in space” podría ser la expresión más precisa, y cuando hacia el final se cita al “(I can't help) falling in love with you”, la reacción de todos es tan conmovedora, que hasta el abstraído Pierce dedicó un saludo. Y todo era dejarse llevar y conmoverse. Abrazos y caricias. El lamento de la armónica en “Broken heart” estremece. Y el final con “Lord can you hear me” resume a la perfección la impronta del concierto. Porque a pesar de que el tema fue publicado en el '89, parece compuesto pensando para ese formato que gozamos anoche, en el cual el coro se lució como nunca.
Había más y la prueba fue que ni el coro ni el cuarteto de cuerdas se movieron de su sitio. Y entre tantas otras cosas que rondan el mundo Spiritualized, había un disco nuevo. O un último disco, mejor dicho, porque “Sweet heart, sweet light” data ya de 2012. Y es un gran disco, por muchas motivos, pero principalmente porque Jason Pierce nunca hace discos malos. Y entonces con “Too late” dio comienzo el tramo definitivo del show. “Love always shows when theres hearts that can break “ canta Pierce y como una contracara, un antídoto o una afirmación liberadora, como si la reincidencia resultara inevitable, “I think I'm in love” sacude y despabila. El coro replica en español a Pierce y en términos rítmicos, se consumó el momento más alto de la noche.
Jason Pierce no habla. Apenas si saluda agitando su mano, como despidiendo un tren desde un anden. Pero es educado y tiene canción de despedida. Y esa es “Goodnight goodnight”, por cierto algo lúgrube, pero que funciona. Y uno a esa hora no sabe si subirse a abrazarlo, consolarlo o bendecirlo. Yo ya había recibido el SMS con la noticia del cuarto gol de Teo y a esa altura estaba bajo una sensación intermedia entre la hipnosis y el éxtasis dificil de explicar. Si una noche antes Catupecu Machu me había hecho pisar sin el suelo a pura energía, ayer también me fui en el aire. Pero en este caso no resultó de un salto, sino de una elevación en el sentido más espiritual de la palabra.

domingo, 24 de agosto de 2014

Catupecu Machu en el Luna Park - El grito después

            Con Catupecu Machu me une una relación bastante especial. Por el origen casi amateur en recitales colegiales de un Industrial de Floresta compartido en los ‘80, y además porque fue la primera banda de rock con la que compartí gustos (y recitales) con mi hija. Y para los seguidores de este blog no será difícil chequear es que es una de las que mayor cantidad de post merecieron. Así que el festejo de los veinte años era una celebración a la que no podía faltar. Como tampoco hacer un repaso desde aquel bajo machacante de “Calavera deforme” hasta este “El grito después”, un combo que incluye documental, un Box Set, que tuvo su propia exposición gráfica en el Centro Cultural Recoleta, y que en cuanto al tema adelanto en sí, refuerza el sonido que Catupecu viene proponiendo desde “Simetría de Moebius” y “El mezcal y la cobra”. Una banda que estalló con “Y lo que quiero es lo que pises sin el suelo”, que sorprendió rupturista con “Cuadros dentro de cuadros” y que luego del accidente de Gabriel Ruiz Diaz, sobrevivió a fuerza de una prepotencia, constancia y fortaleza admirables. Que se volvió un tanto mística, bastante más oscura, y que fortaleció el rol de Macabre, quien desde los teclados, se convirtió en el soporte musical en el que Fernando Ruiz Diaz decidió apoyarse desde 2006.
            Anoche, durante casi cuatro horas de show, por primera vez en veinte años, Catupecu Machu miró hacia atrás. Con motivos más que justificados, pero con la misma actitud nada complaciente que los caracteriza. La misma que los llevó a cambiar en cada  álbum, a experimentar, a los acústicos en teatros, a noches íntimas de música y gastronomía en San Telmo, a congregaciones casi sanadoras, como aquel show en Obras a semanas del accidente de Gabriel. Y digo que miraron hacia atrás porque desanduvieron su carrera abriendo su show aniversario con “El grito después”, su reciente estreno, y armaron una fiesta de cumpleaños repleta de amigos y compañeros de ruta, con un setlist en el que tuvieron una inusual preponderancia “Dale!”, su disco debut de 1997, y “Cuentos decapitados” (2000).
            El concierto podría dividirse en dos grandes tramos. El primero amagó a ser un concierto típico del Catupecu Machu de hoy, apenas con una elección más abarcativa de las canciones. “Secretos pasadizos”, “Confusión”, “Eso espero” fueron los calentaron el ambiente hasta que con “Óxido en el aire” apareció la versión más “industrial” de Catupecu, que tuvo continuidad es “Dialecto”, “Origen extremo” y “Muéstrame los dientes”. Con una escenografía formidable y grandilocuente para el general de la banda, que incluyó unos triángulos gigantes en las espaldas del escenario, y una puesta lumínica impactante, con flashes, lasers y haces de luz por doquier. En ese contexto, la banda apenas bajó un cambio para “Cuadros dentro de cuadros” y la primera de los innumerables mantras para Gabriel Ruiz Diaz, en este caso sumando a Gustavo Cerati, con la cita ya clásica a “Persiana americana”, y cerró ese tramo con “Metropolis nueva”.

            Un pasaje instrumental de pura adrenalina fue lo que sirvió como para dar vuelta la página y pasar de un show aniversario a una auténtica fiesta repleta de invitados. “Cuentos decapitados” volvió a la lista después de años, y después, como para que quede claro que aún en plan revisionista Catupecu nunca deja de mirar hacia adelante, Fernando Ruiz Diaz quedó solo en el escenario y con un Hang, estrenó un nuevo tema que habla de “el infinito, la creación y el amor”. “Vamos a seguir haciendo lo que se nos canta el orto” había afirmado Fernando al inicio de “Cuentos…” y lo confirmó incluyendo en medio de su fiesta ese pasaje mínimo, íntimo y conmovedor, que tal vez haya mostrado como nunca el impacto que la paternidad tuvo en su arte.
            Después sí vino la fiesta y la sucesión de invitados. Hubo de todo, algunos previsibles, muchos compañeros de ruta, algunas sorpresas y hasta justicieros homenajes. Laura y Mariano Manzella le pusieron flamenco a “La llama”. Pasó “Viaje del miedo”, y una noche Abril Sosa volvió a Catupecu a cantar “Entero o a pedazos” (con citas a “El sueño” y “Los tres deseos” también) y a confirmar tácitamente que cuando Fernando se refirió a “un único invitado que no quiso venir”, hablaba de Javier Herrlein. “Vistiendo”, aquel tema de “Cuentos decapitados” que cantaba Gabriel, encontró en la trompeta de Gillespie detalles más que delicados y terminaron con “Hay casi un metro de agua”. El Zorrito Von Quintiero subió para “Perfectos cromosomas” y sorprendieron a todos con una cita a “Es todo lo que tengo” de Lisandro Aristimuño. Y la sorpresa se completó con el propio Lisandro subiendo al escenario, con el que hicieron una potente versión de “Para vestirte hoy”, tema que Fernando, confesó, le canta a su hija Lila.
            Entre las entradas y salidas de músicos y amigos, el concierto se volvió algo desprolijo y anárquico, pero a nadie le importó. Entre los invitados previsibles estuvieron el primer baterista de la banda, Mariano Baraj (“Mil voces finas”), y Pichu Serniotti (“Acaba el fin”). Los integrantes de Sick Porky y Connor Questa se sumaron para una tremenda versión de “El mezcal y la cobra”, y para demostrar que Catupecu sigue mirando y apostando al futuro, no solo propio, sino también ajeno. A Walas y al Doctor Mondello casi que no hubo ni que presentarlos, y “Plan B (anhelo de satisfacción)” es otro de los mantras de energía masiva para con Gabriel.
            Fernando, como siempre, habló mucho. Y esta vez no solo recordó tramos y anécdotas de su carrera como músico, sino que además le hizo lugar a su condición de espectador. Recordó mucho los ’80, los tugurios y la explosión artística que dio lugar a innumerables proyectos artísticos durante la primavera democrática. Sumo, Fricción, Los Casanova, fueron nombres que se dijeron sobre el escenario y que a más de un veinteañero le habrán resultado una extrañeza. Por ese motivo hacer subir a Isabel de Sebastián a cantar “Héroes anónimos”, y reunir a los dos ex- Clap, Diego Frenkel y Sebastián Schachtel para “A veces vuelvo” resultó un acto de justicia.
            Hacia el final lo único que sobraba era energía. Algunos (los menos) miraban el reloj y se tomaban el palo, vaya a saber por qué motivo. Otros seguíamos atentos y saludábamos a Gaby Martinez de Las Pelotas, que se calzó el bajo para “Magia veneno”. Y después con Leo De Cecco revivieron “Elevador” mientras la voz sampleada de Gabriel gritaba para que le abran la puerta. Tery Langer de Carajo y Zeta Bosio fueron los que se sumaron en un interminable “Dale!”. En el medio Macabre tomó el micrófono para “Blietzkrieg bop”, y entre los respiros, los saltos, las rondas de pogo,  los gritos para Gustavo y Gabriel, pero que también eran para darnos ánimo a nosotros, decirnos que falta poco y que había que dejar lo que quedaba allí dentro, Catupecu Machu terminó “Dale!” con Agustín Rocino y un salto enorme para lanzarse hacia el público.
            Después de tanto subir y bajar de artistas. Después de tanto repaso, emoción, reencuentro y descarga de energía, el nombre de Luis Alberto Spinetta casi que era el único que faltaba citar del universo habitual de Catpecu Machu. Entonces, como esta vez no hubo “Seguir viviendo sin tu amor”, Fernando lo recordó como “el hombre que pisó sin el suelo” como excusa para preanunciar un final tan previsible como esperado. Y mientras sobre el escenario cuatro suenan como veinte, la banda que invita a elevarse demuestra una vez más que no solo no pisa sin el suelo, sino que además vuela sin techo. A esa hora, mientras el frente frío empezaba a terminar con el mini veranito de Agosto, no quedaba otra cosa por decir que: Salud Catupecu, por veinte años más!









domingo, 17 de agosto de 2014

El Asunto en Cafe Vinilo

                Anoche era un día de estrenos. O mejor dicho, para mí era un día de estreno, así, en singular. Pero sucedió algo inesperado, cuando en una heladería en la esquina de Corrientes y Billinghurst descubrí que existe el helado de Pico Dulce. Una revelación, una utopía consumada que me dejó bien a punto y con el ánimo más en alto que nunca para el otro estreno, al que sí estaba programado, y que se trataba del debut de El Asunto en el Café Vinilo.  Minutos antes, en una  célebre taberna de picadas de Almagro, una octogenaria que debió llamar al SAME en medio de la cena, celebraba el éxito en la medición de su presión arterial con….una tabla rebosante de salames y quesos (!!!). Bizarra escena que bien pudo ser una toma descartada de “La Nona” y que yo no podía pasar por alto en este posteo.  
                Bien, este blog habla de música así que vuelvo  a lo que de verdad importa. El Asunto se trata de la reunión de cinco voces femeninas, compositoras todas, que han sabido ponerle música a estos primeros años del siglo XXI. Con diferentes historias, estilos y recorridos, pero con una vocación común por la melodía cuidada y la delicadeza vocal. Laura Ciuffo de Hamacas al Rio, Sol Fernandez de Enero será Mío, Eloísa Lopez, Paula Meijide y Carolina Pacheco y su Señorita Carolina, decidieron reunirse en un proyecto común que funciona paralelo a su actividad, pero que ayer, puesto a prueba sobre un escenario, mostró argumentos como para dejar en claro que la propuesta vale  para tener  vuelo y recorrido propio.
                La gacetilla prometía canciones “apenas intervenidas por elementos armónicos y electrónicos” y entonces uno estaba preparado de antemano para un concierto en donde la preponderancia estaría puesta en lo vocal. La curiosidad estaba entonces en cómo la suma de composiciones consumarían una unidad que le otorgue al proyecto una identidad propia y que no lo limite a una suma de “individualidades”, como diría Macaya. Y ya en la apertura con “Savasana” de Carolina, el funcionamiento empezó quedar claro. Arreglos cuidados, clima intimista, y una paleta de sonidos tenues que se modelan con la contraposición de colores que expone el tema. De allí en más cada compositora aportará dos canciones que parecieran fundirse en un crisol y que renacen guiadas por un hilo invisible que las enhebra y les da nueva identidad.
El conjunto resulta  una reunión de amigas. El nombre del proyecto remite a lo que no se puede decir, al secreto, a una especie de pacto de lo que se evita nombrar. Y en ese contexto la voz sutil, el low fi y la intimidad pareciera encontrar su mejor y lógico ambiente para expresarse. El nerviosismo confesado por Carolina en el comienzo no se notó, y en gran parte se debió al clima desestructurado que se vivió en el escenario. Comentarios entre ellas y algún chiste interno, le otorgaron al show la forma de un ensayo con público. Pero cuidado, no confundir. Porque a la hora de las canciones, cada arreglo, cada detalle minucioso, dejó en claro que estábamos ante la concreción de un proyecto maduro y trabajado.
Decía que cada una de las integrantes aporta dos canciones que, si bien fueron presentadas informando la autoría, ninguna pareció reclamar propiedad alguna. En ese sentido, el desprendimiento suma siempre y no resta nunca. Además de “Savasana”, “Luna nueva” de Paula Meijide, “Decanta” de Enero será Mío, “Abrázame” de Eloisa y “Sin decir” de Hamacas al Rio formaron parte de la primera mitad. Por sus características originales, tal vez las canciones más “desarropadas” resultan las  Eloisa y las de Sol, pero sorprendió el renacer la pegadiza melodía de “Sin decir” sobre apenas un base programada.
La segunda mitad funcionó de la misma manera. Y si bien en el ambiente se respiraba un clima más femenino que feminista, la fortaleza retratada en  “Tractor” de Señorita Carolina, introdujo en la noche la temática de la violencia de género y los femicidios. En resto de los casos (en especial en los temas de Sol y de Eloisa) las letras resultan pinturas surrealistas, o breves retazos de momentos íntimos u oníricos. Paula aporta “Hécate” en la que refiere a la Diosa de la Oscuridad y con ello una dosis de misticismo. “Un nuevo amor” de Hamacas abandona su lado bolerístico y se muestra a gusto en esa fineza vocal que la reviste.  Y para el final quedó “Espiral”, el tema que abría “Por un paisaje”, el disco de Eloisa de 2009 y que resulta una paradoja, porque el “no voy a esperar más” contrasta con la paciencia, la construcción  minuciosa, y la serenidad con las que El Asunto aborda el desafío de presentar sus canciones.
Sin negarse al pedido y sabiendo que no había más temas trabajados, esta vez la despedida fue un auténtico bis. Y como si ese vértice  de energías coincidentes guiara a su aportantes por el camino apacible que las define, la elección de “Luna nueva” resultó más que lógica. Los ciclos, el ritmo natural, la cadencia de la marea y su influjo en los ánimos dibujo un cierre ideal para la noche de presentación en público de El Asunto. Ya hay dos fechas más definidas, y el tiempo será el encargado de determinar hasta donde este remontar hermoso que presenciamos anoche, consigue tomar vuelo.






sábado, 9 de agosto de 2014

Vero Verdier y Lucho Cervi en el C.C. de la Cooperación

            Este viernes ofrecía una buena cantidad de opciones musicales. Entre ellas, la presentación de “Remolino”, el extraordinario segundo disco de Acorazado Potemkin. Yo no llegaba por horario, y la verdad es que fue una lástima, porque el evento que motiva este posteo era ahí nomás y a continuación, así que hacer el doblete hubiese resultado formidable. Eso sí, de salir más temprano de casa me hubiese perdido del show que dio un loquito vagabundo que se subió al 26 mientras iba para el centro y, a cambio de unas monedas, se despachó con unos cuantos covers a capella de Guns'n Roses en versón Capusotteana, que incluyeron, en el caso de “Don't cry”, hasta traducción simutánea de la letra. La simpatía maravillosa que solo pueden provocar los locos, y si el pibe no oliera todo lo mal que olía, se compraba el colectivo conpleto. Como despedida unos pibes del fondo le pidieron una de Soda, y el loco reveló que en su vida cuerda (o no tanto) resultó un melómano hecho y derecho, pues nos cantó la nada condescendiente “Ella usó mi cabeza como un revolver”. En Primera Junta lo invitaron a bajar, porque los pasajeros se amuchaban adelante; ya sea porque querían apreciar su desafinado canto a una resptable distancia, o directamente porque no querían olerlo. Lástima, era divertido y yo elegí imaginar que no se bañaba porque había hecho una promesa hasta que se despierte Gustavo Cerati. O Axl Rose baje de peso, vaya uno a saber.
            Bien, volviendo al tema que nos ocupa (??), en la sala Osvaldo Pugliese del Centro Cultural de la Cooperación, a medianoche cantaban Vero Verdier y Lucho Cervi, presentando “Pink moon”. Que un espectáculo que promete canciones sin otra pretensíón que ofrecerlas en una versión despojada, elija ese  nombre para presentarse, ya de por sí es un excelente augurio. En mi caso además se sumaba la profunda necesidad de escuchar cantar a Verónica Verdier, porque aún no pude superar el síndrome de abstinencia de Proyecto Verona (?'??). Y además se sumaba la presencia de Lucho Cervi (ex-Auge, hoy solista con una interminable lista de presentaciones compartidas que incluyen, entre tantos, también a PV) en guitarra, con lo cual la noche venía completita.
            Además del hermoso nombre con el que la bautizaron, la sala del Cooperación es perfecta para este tipo de propuestas. Sillas y mesitas rodeando un escenario que en relación con la sala, es muy amplio. Es esa forma la que permite construir ese ámbito de intimidad que un recital así requiere. En mi caso, un café que despabile (era medianoche, había laburado todo el día y los años no vienen solos) y a disfrutar. Y vaya si me recibieron bien, tanto que ya el primer tema fue “Vértigo”,  de Proyecto Verona. Tanto Vero como Lucho salieron con lentes oscuros (después Vero aduciría un problema ocular, y explicaría el otro par de lentes en la solidaridad de Lucho) y tocaron toda la primera parte con dos guitarras acústicas, algo que me provocó intriga, porque el despliegue del escenario ofrecía además un teclado, un bajo y una elemental batería. Enseguida con “Mrs. Robinson” el concierto sí tomó el rumbo que prometía: folk de los '60 y '70, más ese mismo espíritu replicado en décadas posteriores. Bienvenida entonces la canción, esa que sumadas a las imagenes de la película, me llevaron a tener alguna vez la primera y elemental noción del concepto de MILF.
            Esa primera parte exclusivamente con guitarras incluyó  versiones de “Something stupid”, “Cruzando puertas” de Draco Rosa, “Tu voz bipolar” (Vero habló de ella como la primera y única canción que compuso en guitarra y para mí fue un regalo; “Caravana” quedó inamovible en mi Ipod desde el mismo día de su edición), y una de Corinne Bailey Rae que cuando dice “go, put your records on, tell me your favourite song” bien podría resumir el espíritu del encuentro musical al que asistíamos. Además Vero Verdier alcanza, a mi gusto, la más destacada performance vocal de la trasnoche del viernes. “Tiny dancer” y “California”, rescatando la etapa folk de Joni Mitchell, cerraron esa primera parte.
            Cuando uno relata o comenta shows como este corre dos riesgos: el primero, limitarse a nombrar una sucesión de canciones, lo cual, con su solo encadenamiento, es capaz de reconstruir una noción patente del clima que se creó a partir de ellas. El segundo riesgo es extenderse en cada canción, porque su historia, la manera en que uno la conoció, el sginificado y sentimiento particular que despierta en cada uno, provoca innumerables caminos posibles. Así que para la segunda parte del show, voy a ser más resumido. “Like star”, la luminosa y dulce melodía de Corinne Bailey Rae abrió ese segmento, ya con Vero Verdier sentada el teclado. A partir de allí el clima tomó un ritmo más marcado que terminó por consumarse cuando un baterista invitado le marcó el pulso a “Fixing a hole”. “Be bop”, ese tema jazzeado que abría “Encendida” cerró la lista de citas a Proyecto Verona, ya con Lucho Cervi tocando el bajo.
            Hacia el final fueron y volvieron en el tiempo. “Easy” de los Commodores, “You send me flying”, rescatando a la Amy Winehouse más jazzera, y por supuesto “Pink moon”, leit motiv de la cita. Confieso que yo ya me daba por satisfecho, pero unos aplausos tibios, mínimos, como cuidando de que un bullicio repentino no quiebre el clima encantador que nos había impregnado durante ago más de un ahora, consiguieron que Lucho y Vero regresen para despedirse con un par de regalos más: “Más y más”, del Draco más masivo, y “Valerie” de The Zutons, aunque abordada desde el mismo lugar con el que la versionaron Amy Winehouse y Mark Ronson.

            Si mi viaje de ida al centro había incluido a un lunático imitador de Axl Rose, el regreso estuvo acompañado por un taxista que no paró de murmurar todo el viaje. Como un rumiante, su boca se movía y despedía sonidos ininteligibles, que en la mente del conductor seguro se consumaban en palabras e ideas, vaya a saber acerca de qué dilema. O tal vez, a su tímida manera, él también volvía cantando.




sábado, 2 de agosto de 2014

Juana Molina en el Teatro Vorterix

                Anoche, cuando llegué a casa de regreso del recital, escribí en mi perfil de Facebook: Thom Yorke + Björk + Nini Marshall = Juana. Fue algo muy intuitivo y casi como para dejar testimonio de dónde había estado, y caracterizado por mi tendencia a la exageración, aún a la hora de exagerar. Pero lo cierto es que ahora cuando me pongo a escribir, vuelvo a ese capricho y casi que se me ocurre la necesidad de justificarlo. Entonces pienso en la letanía de la voz de Yorke, en “The eraser”, en la superposición de texturas y loops electrónicos. Y si se trata de la islandesa la cosa viene por los modos en el uso de la voz, en algunas palabras elegidas y pronunciadas por su sonoridad, en la modulación gutural de “Medulla” y hasta algunos gestos tribales de “Volta”. Y bueno….lo de Nini  Marshall es más que obvio, aunque de solo pensarlo se me aparezca la voz de mi abuela recordándome que “Nini Marshall hubo una sola, nene. No escribas pelotudeces”.         
                En el Vorterix el público era de lo más ecléctico a pesar de que el prejuicioso pueda imaginar un ambiente hipster. Hoy por hoy, y por suerte, ciertas etiquetas no significan limitaciones, y si uno ve una campera de Kiss en un recital de Juana Mollina, es porque la batalla está más cerca que nunca de ganarse.         
                El show empezó muy pocos minutos después de lo programado, con un teatro colmado (tuvo que agregar una nueva función para el 23) y expectante. Abrió con el tema que nombra al disco, “WED 21”, y siguió con “Eras” y “Lo decidí yo”, también de ese disco. Ella en el centro del escenario, con la SG colgando de sus hombros, un teclado, una consola e infinidad de pedales.  A su izquierda Diego Arcaute en la batería, y del otro lado, Odín Schwartz en teclados y una electroacústica. Muchos aparatos y cero escenografía. Como si en definitiva, más allá de toda la tecnología, en el fondo se pretendiera representar que la esencia de los sonidos sigue siendo la misma.
                Con “WED 21” Juana ha abandonado la preeminencia de las texturas acústicas y fue incorporando complementos eléctricos y beats más agresivos. La manera en que los sonidos son sampleados en vivo y se van incorporando a los temas permite una versión gráfica de la composición de las canciones. De las armonías que se van concretando y también desarmando, porque los recorridos son sinuosos, imprevisibles y enrevesados.  Cada canción avanza en una espiral hacia un climax sonoro que pone a todo el mundo a bailar. Un baile leve, de pequeños cabeceos de personas que tampoco se comportan de manera sincopada, sino que parecieran sumirse en la misma  imprevisibilidad de la música. En ese punto, “Un día”, del disco anterior, resulta el punto más alto, con un crescendo que eleva al éxtasis. Es fantástico sentir como el letargo bagualístico original se desvanece para reconvertirse en una catarata de beats que dejan al público a los gritos. Antes dije Björk y en ese momento yo pensé mucho en “Declare Independence”
                “Vive solo” y “Ay, no se ofendan” también pertenecen al último disco y continúan en la misma línea, y luego Juana cambia de guitarra y se adelanta en el escenario para un set más intimista. Allí aparece la versión mínima de Juana Molina, en donde su voz susurrante se vuelve frágil, y el clima se tiñe de una ligera somnolencia que se hamaca entre sensaciones angustiantes y placenteras. Eso sí, el clima se vio interrumpido durante “Curame” cuando le avisaron a Juana de un desmayo en el fondo de la sala y eso dio lugar a un paso de comedia (Juana improvisó una letra acerca de traer a la chica desvanecida al escenario que estaba fresquito), que aunque resultó hilarante, cortó con la pretensión de la artista. Incluso “Rara” sonó desubicada y la desconcentración provocó algún leve pifie. Temas “oldies” (Juana dixit) y una especie de relax para retomar el impulso rítmico.
 
                “Las edades” resulta reflexiva, y “Ferocísimo” fue  recibida como hit. “Bicho auto” fue otro momento clave en la noche (también lo es en el disco) en donde  unos teclados oscuros encierran a las guitarras de espíritu country, al tiempo que los sintetizadores construyen una vorágine sonora sin respiro que continua en una superposición de voces y sonidos, que sumadas a la música, se resuelve en un caos tan pavoroso como seductor. Por momentos, hasta surrealista. Y como si para la despedida fuera necesario redoblar el clima, el cierre quedó a cargo de “Sin guía no”, sumando angustia a todos los sentimientos anteriores. Más coros se incorporan y superponen, y la pregunta “Cuándo va a venir el día?” termina convirtiéndose en una súplica al límite de lo tolerable. El final requiere de un prolongado respiro reparador.
                Hubo bises, por supuesto, y primero escuchamos la pesadilla consumada en “Final feliz”, y un nuevo (falso) cierre con “Los hongos de Marosa” (una de las más pedidas, además de un insistente muchacho que no dejó de pedir “El perro”) en donde una especie de psicodelia  tenebrosa recompone el estado de trance al que nos había llevado el concierto. Y aunque Juana volvió al escenario una vez más para despedirse definitivamente con la culposa “Quién?”, a los efectos de un concierto cautivante, se trató más de un regalo de que un complemento.
                    Volviendo a casa, cuando me bajé del 42 pasé por una cuadra por la que casi nunca paso, pero que me encanta por el siguiente motivo: es bastante oscura, muy poco transitada y las casas tienen tantos sensores de movimiento que a medida que voy avanzando se encienden a mi paso y me hacen sentir una estrella. A veces sucede que también pasa un perro, las luces se encienden igual y me desilusiono. Pero después me consuelo pensando que también Pier llenó Obras. Bo sé si esto último tiene mucho que ver con el recital, pero en mi memoria todo forma parte de la misma noche. 


                
               

               




jueves, 31 de julio de 2014

Flopa, Manza, Minimal en Ultra Bar

Bueno, ayer era un día extraño. Un poco por las decisiones de la economía grande, esa que resulta inalcanzable de comprender, a pesar de que uno lo intenta porque intuye que guste o no, lo involucra. Y porque había palmado Julio Grondona, y más allá de mi aborrecimiento por el personaje, yo temo por la suerte del fútbol argentino: en AFA nadie debe saber,ni siquiera, dónde está la llave del cuartito donde guardan la bordeadora para mantener el cesped del predio de Ezeiza. Entonces el aire estaba raro, con ese ambiente de que algo está por pasar, así que cuando las cosas amagan a ir por el lado de la incertidumbre, lo mejor es refugiarse en las certezas de la música. Aunque mi decisión de estar en la despedida del ciclo de Flopa, Manza y Minimal en Ultra Bar, venía de mucho antes. Incluso de antes de que sea despedida. Porque el ciclo arrancó en Junio, atravesó exitoso el clima mundialista, y se prolongó a lo largo de todo Julio, consumando un total de nueve miércoles.
Los seguidores del blog ya conocen mi simpatía para con el Ultra Bar y sus copetines, solo voy a hacer referencia a que esta vez privilegié el horario a cualquier otra actividad, y decidí concurrir bien temprano para tener la seguridad de una buena ubicación y ver el show en las mejores condiciones
“Todo el viento no alcanzará para empujar la carreta de los días por llegar a destino...” así abría el disco que en 2003 grabaron Mariano Esain, Flopa Lestani y Ariel Minimal. Y como si ese andar lento fuese el ritmo permanente del funcionamiento del trío, poco más de diez años después, esa frase sirve para abrir el concierto que retoma su intermitente funcionamiento. Y “La voz del tiempo”, y “Trampas” en continuado pueden llegar a confundir el sentido del recital como si se tratase de una evocación literal de aquel álbum maravilloso. Evocar el disco, dije. Y en realidad a medida que avanzan las canciones me fui dando cuenta de que era una buena manera de definir lo que sucedía sobre el escenario, aunque en un sentido expansivo. Porque la evocación trascendía al disco en sí y remitía directamente al espíritu que le dio origen al proyecto. Al hecho de juntarse y tocar. De ver qué sale. De complementarse, escucharse, sumar palabras y melodías, de cantar con la misma pasión las canciones propias y las ajenas. Por eso cada historia particular y sus muchos cruces (Manza y Minimal tocaron juntos en Martes Menta a principios de los '90) estarán presentes a lo largo de toda la noche.
Al margen de lo que acabo de describir, el concierto tiene una estructura bien definida: temas en conjunto en dos bloques con intervalo, y set mínimos con espacios solistas. Pero será ese espíritu, un poco fogonero, pero que tiene más de fiesta de cumpleaños concurrido, el que haga que todo fluya en una continuidad placentera. Tanto es así, que las canciones del disco “La piedra en el aire” que grabaron solos Flopa y Minimal en 2012 se suman al repertorio como si siempre hubiesen pertenecido a los tres. “La máquina de hacer todo mal”, “¿Y cuánto más tengo que pagar?” (Griesa, agrega Flopa volviéndonos a la realidad, cuando presenta la canción), y “Cosecha de amor” fueron las canciones de ese disco que sonaron en la primera mitad. Flopa, para su parte en solitario eligió una canción por disco: “Huecos” (de “Emoción homicida”-2007), y “Vengas conmigo”, con algún aire spinetteano, de “Dulce, fuerte, grave” de 2004. Por allí sonó “Reaccionar” de Menos Que Cero, y “Metal”, una canción nueva. Ese primer tramo se cerró en formato trío con “Sonajeros”.
Si uno se detenía en el rostro de cada uno de los músicos y en los diálogos jocosos entre ellos, quedaba claro que reinaba la buena onda. Con la gente pasa algo raro: cada uno canta los temas bajito. Todos se saben las letras, todos celebran las canciones, pero el canto conjunto nunca llega a consumar un murmullo que se interponga con las voces que llegan desde el escenario. “Mi propia marca”, una nueva de Flopa, abrió la segunda parte. Y tal vez eso sea lo que mayor motivo de celebracíón provoque este ciclo: que haya canciones nuevas. Que juntarse sume más y más música, y que sean más los motivos para brindar. “El almaherida”, mi preferida de las de Ariel fue seguida por esa belleza de Pez que es “Bettie al desierto”. Y Manza solo recurre a su banda actual, Valle de Muñecas, con “Dias de suerte” y “La soledad no es una herida” (que no se adapta con tanta facilidad al formato acústico como la primera, y se nota).
“¡Así se trabaja!” (de “La piedra en el aire”), un tema nuevo de Manza, y la energía de “Abrazo impacto”, precedieron al último de los sets individuales: el de Ariel Minimal que estrenó “El manto eléctrico” un tema nuevo a grabar con Pez, y después hizo “Disimular”. A medida que esa última mitad del último miércoles del ciclo avanzó, el clima se volvió más ameno, íntimo y cómplice. “Atolondrón” fue puro Flopa y Minimal, y entonces Manza metió “Demasiadas impresiones” de Menos que Cero, como si hiciera falta más equilibrio a algo que parece haber nacido equilibrado. Y “Auxiliar” será otra nueva, tal vez la más sencilla de tararear a primera escucha.
Para el final quedó un agradecimiento para el staff, el lugar y para nosotros, que hicimos posible que cuatro miércoles se conviertan en nueve. Y yo, que había usado la figura del cumpleaños masivo para describir el clima en Ultra, lo relacioné con esas fiestas que uno organiza y le cae tanta gente que termina dividiendo la cosa como “familia a mediodía”, “amigos a la noche”. Si se hace la suma, la convocatoria justifica un teatro. Sin embargo, ninguno de los que estuvimos estos días, podríamos sentirnos más a gusto que entre esas mesitas de madera y la tarima apenas iluminada desde la que nos cantan “Debajo del álbum blanco” y “Dejadez” como despedida. Y así como en la canción los pasos en el vacío fortalecen, uno vuelve a la ciudad con una sensación parecida. Aunque se trate menos de pasos al vacío que de caminar en el aire. Que es casi como volar.