sábado, 19 de julio de 2014

Underdog en The Roxy

                La de ayer era la noche de un viernes largo, de una semana más larga aún y que debió haber comenzado con mis oídos cumpliendo la íntima promesa de escuchar la discografía completa de Romeo Santos, debido a que Argentina había salido campeón del mundo. Vaya a saber qué tipo de empatía tenemos con ese tal Göezte, que lo movilizó a evitarme tal oprobio, pero lo cierto es que ahí andaba yo deambulando por Palermo y sin copa del mundo bajo el brazo.  La cosa es que el cansancio fue vencido por las muchas ganas que tenía de estar en la presentación de “Other clouds” el nuevo disco de los reunidos Underdog. Así que lo tiempos cuadraron e incluso bastante antes de la hora anunciada (24hs) yo ya estaba en la puerta de The Roxy, acompañado por un puñado de grandulonas que aguardaban la salida de Valeria Gastaldi, quien había cantado previamente, para robarle un autógrafo o una foto.
                Fiesta Roxtar, auspicio de Ultrabrit magazine, y una banda que lleva colgada la etiqueta de brit pop presagiaban una noche más que interesante. Underdog, luego de un par de discos y un show como soporte de Queen + Paul Rodgers en  Velez que les valió buenas críticas, se había disuelto casi en silencio. O mejor dicho, multiplicado en los proyectos  de Eddy Caparelli (The Ocean) y Guillermo Stolzing (Moodyman). Esos proyectos nunca caminaron por separado y eso fue lo que los llevó a tocar nuevamente bajo el nombre madre el año pasado, cuando  una invitación de la Cancillería los reunió para el Liverpool Sound City. Dieron además unos cuantos otros  shows en las islas, incluyendo el mítico escenario de The Cavern. Y fue ese proceso el que parió “Other clouds”, el tercer disco de la banda, que en verdad se trata de un EP de seis temas.
                Yo había tenido oportunidad de escuchar algunos adelantos subidos a la web, pero me interesaba en particular escuchar en vivo los nuevos elementos a los cuales aparentemente apelaba Underdog para expandirse en su alcance sonoro. Y si bien la apertura resultó una bienvenida con tonalidades conocidas, para “Halt!”, Underdog empezó a mostrar sus nuevas cartas. Una línea de bajo repetida y pesada que remite a “The national anthem” de Radiohead, pero también a la propia “Death’s in the party” de “Utopic” (2004). Para los que conocemos la música de Underdog nada nos llamó la atención en particular. Las melodías limpias, el dejo melancólico en la voz de Caparelli, y los crescendos en los climas que propone la guitarra de Stolizing dejan bien en claro que dentro del amplísimo espectro que abarca la etiqueta del brit pop, el grupo elige transitar los caminos que remiten a grupos como Travis, Keane, el Radiohead menos pretencioso y especialmente el primer Coldplay.
                Las experiencias por separado hicieron que en algunos temas nuevos la presencia de la electrónica ocupe un lugar más destacado, pero Underdog hilvana un show que demuestra que más allá de las búsquedas, mantiene en absoluto su esencia. Entonces canciones como “Privacy”, “Don’t let me lie” y “Staring out for my window” conviven con nuevas como la languidez culposa de “Moments” y una “Other clouds” que suma a esos mismos sentimientos un tono de reproche y auto  afirmación, que tiene su correlato en una base de dientes apretados.  Detrás de los músicos, el anuncio con el nombre de la banda se deshace para dar lugar a proyecciones que van desde el cine mudo a un cielo estrellado,  y que devienen en líneas inquietas y variables que parecen salidas de carátulas de un reproductor de música digital.
                Hacia el final se destacó una excelente (y muy celebrada) “Apocalipstick” (de “Privacy” – 2007), y fuera de programa y a pedido de un fan, una versión acústica de “Circles”, la canción encargada de cerrar “Other clouds”. Quedó el escenario vacío con algunas programaciones sonando mientras las luces jugaban con tres bajas columnas que decoraban la puesta. En el regreso, Underdog cerró con “Yet to come” y la nueva “Fake UR”. A medida que esta última  avanzaba, en mi mente se iba figurando la genial sátira de Mitch Benn cuando cantó aquello de “Every thing sounds like Coldplay now”. Porque en este caso la influencia pasa a segundo plano y el tema resulta un homenaje directo y sin velos. La melodía, los falsetes del coro y la guitarra hacen de la canción una pista digna de “Parachutes”. Claro, Mitch Benn vive de la malicia y en mi caso la referencia me provocó apenas una sonrisa, al tiempo que pensaba lo bien que sonaría “Fake UR” en unas cuantas FM si los programadores aceptaran la sugerencia de darle una oportunidad. Y si alguno de ellos pasa por este blog, anímese,  haga la prueba y después me cuenta.
                Las consideraciones de las primeras líneas de este posteo fueron las que me llevaron a abandonar veloz The Roxy y procurar rápido un taxi hasta mi casa. Incluso si estacionar al borde del colchón estuviera permitido, lo hubiera solicitado. Eso sí, durante todo el viaje, unas cuantas agridulces melodías se repitieron en mi mente en continuado, haciendo del regreso un viaje más que placentero.
               
               
               






               
               

                

viernes, 6 de junio de 2014

Yo La Tengo en Teatro Vorterix

Un jueves porteño bien otoñal resultaba ideal para recibir a Yo La Tengo. Aunque yo venía de una semana movida, sin demasiado tiempo para detenerme a aclimatarme y casi que llegue al Vorterix por inercia, había algo en el ambiente que indicaba que los planetas estaban alineados para recibir a los músicos de Nueva Jersey. El show estaba anunciado temprano y mi puntualidad me llevó a disfrutar de buena parte del set de atrás Hay Truenos, la banda local que los teloneaba. Grata sorpresa, no los conocía (apenas me había informado de que son de Neuquen), y casi que la elección fue perfecta. Con su sonido que en buena parte coincide con la expansión instrumental de Yo La Tengo, pero con algunos otros condimentos interesantes. Por momentos las melodías tienen reminiscencias dark, las guitarras se complementan perfecto y cuando se internan en climax distorsivos saben manejar muy bien los volumenes y los tiempos como para no saturar y salir airosos. Por otra parte se enfrentaban a un público acostumbrado a esa propuesta, con lo cual no estar a la altura los hubiese dejado en evidencia. Fueron muy bien tratados a lo largo de todo el set y se llevaron un gran aplauso de despedida.
Bien, una vez cerrado el telón y mientras apenas se podían ver piecitos que se movían acomodando equipos e intrumentos, el Teatro Voerterix que lucía bien poblado desde temprano, terminó por completarse el límite de la sobreventa (Algo que sucede siempre allí, y presumo que si algún día alguien se toma el laburo de verdad de chequear este dato, se deberían comer un garrón. Aunque con la radio del mismo nombre cubriendo eventos oficiales del Gobierno de la Ciudad, sospecho que los inspectores no estarán muy interesados en entrometerse en estos menesteres).
Yo había visto a Yo La Tengo en La Trastienda en 2010, y aunque uno sabe que las listas de tema cambian según cada ciudad y son imprevisibles, hay un espíritu en sus shows que sí es permanente y que marcan el clima para el que uno se predispone: distorsión noise, hipnosis, belleza acústica y un rumbo imprevisible, siempre guiado por un Ira Kaplan, quien es el que lleva la voz de mando a la hora del sube y baja de sensaciones por las que va transitando el show.
Abrieron con “Stupid thing” de “Fade”, su último trabajo. Georgia Hubley estaba a cargo de una de las guitarras, y James Mcnew en la batería, sitios que intercambiaron al segundo tema. Justamente fue el último disco en el que se centró el show. Un disco que si bien continua la linea que vienen trazando desde hace unos cuantos años (en donde la primera escucha resulta más accesible para oidos desprevenidos), a mí me resultó más logrado y menos previsible que el predecesor “Popular songs”. Pero esa no fue la única premisa en un lista que entre “Fade” y “Fakebook” (1990) se llevaron buena parte del show. Porque el concierto tuvo preeminencia de sonido acústico. Y si bien hubo tiempo para la distorsión en temas como “Super kiwi” o el rítmico y casi funk falsete de “Mr. Tough”, fueron las canciones más suaves las que constituyeron la esencia de la noche de Colegiales.
“Autumn sweater” fue el primer clásico en aparecer, y a partir de “Before you run” encadenaron unas cuantas canciones de “Fade”, entre ellas “The point of it” y la encantadora “Cornelia and Jane”, con Georgia al frente. En todos los casos se trata de melodías casi susurradas, con arreglos mínimos, que cuando las canta Ira parecen lamentos y que se vuelven súplicas cuando es Georgia la que se hace cargo de la voz. La gente se contagia del clima, a tal punto que pareciera hipnotizada y se limita a una escucha pasiva. Cerca mio unos discuten por el destino del humo de un cigarrillo (la prohibición de no fumar en los boliches no se cumple, y si no la van a hacer cumplir, que la saquen. De esta manera lo único que genera son rispideces entre fundamentalistas del humo y sus víctimas alérgicas) y son acallados de manera vehemente. Otros intentan acompañar con palmas algún tema y son silenciados con chistidos. Como si nada pudiera interferir el trance que prosigue en “The one to cry”, “Griselda” y “I'll be around”. Ira cambia de guitarras, se sienta frente a los teclados, la percusión pasa de las sutiles escobillas a la firmeza de los golpes de tambor, y la banda parece reinventarse a sí misma con cada tema.
Recién hacia el final, mas allá de los climas que fueron intercalando entre los tramos acústicos y que parecieron una provocativa forma de jugar con los extremos, es en donde la electricidad finalmente gana su espacio. Un equilibrio entre un ruido ordenado y la delicadeza tensionada al límite de la fragilidad. Y allí “Ohm” es un mantra que abre “Fade” y que compila los mayores atributos de Yo La Tengo, con destino de clásico. Antes “Sugarcube” había provocado que algunos headbangers evidencien que no todo era quietud en la sala. Y el final demoledor con “Pass the hacket, I think I'm goodkind” y una linea de bajo repetida hasta el infinito, una métrica perfecta sobre la cual Ira Kaplan despliega su éxtasis de ruido, acribillando la guitarra, golpénadola con palillos de batería, mientras la abandona en un acople e intenta entrometerse entre la gente, lo cual va a terminar resultándole imposible. Fueron casi diez minutos de una espiral sonora que rompió el encanto al que los oidos habían sido sometidos durante todo el tramo previo del concierto.
Si la elección de los temas del cuerpo principal de un show de Yo La Tengo es imprevisible, los bises suelen ser un misterio aún mayor. Abrieron con la propia y calma “Our way to fall”, y pasaron a una tremenda versión de “Can't seem to make you mine”, aquel tema de The Seeds que pasara también por manos de los Ramones. Y como si ellos mismos se dieran cuenta de que para bajar necesitaban hacerlo de manera abrupta, se sumergieron en el enorme desafío de “By the time it gets dark”. Y digo enorme desafío porque la voz de Sandy Denny será inalcanzable, y entonces es en la cadencia initimista que Yo La Tengo le imprime, en donde la canción reluce diferente, pero impregnada de la misma gracia otoñal que la original.
El escenario se fue despojando de instrumentos y en la despedida, que amagó a ser definitiva y no fue tal, con el cover de Sun Ra “Somebody's in love” las armonías casi que se limitaron a los arreglos vocales. Toda ese clima se mantuvo en el segundo regreso, aunque con el agregado de una cuota de informalidad, ya que el tema de cierre lo terminó eligiendo Ira Kaplan sobre el escenario, mientras invitaba a los asistentes a sumarse a la banda. “Speeding motorcycle” de Daniel Johnston fue entonces la encargada de la despedida definitiva con Yo La Tengo convertido en quinteto.
La lenta salida de la gente, la levedad de los gestos sonrientes y conformes, casi que fueron una continuidad de lo que habíamos presenciado. Y a poco de empezar a vernos enfrascados en la euforía típica del Mundial de futbol, ese cierre mínimo y tranquilo funcionó como una especie de paso por un spa, que nos permita disponer de las energías renovadas para las experiencias que se vienen.




jueves, 22 de mayo de 2014

Jesus and Mary Chain en Groove

Había terminado el show de Jesus and Mary Chain en Groove y mientras yo buscaba acercarme a la puerta, una chica le decía a su amiga: “me parece que nos cagaron”. Claro, había pasado apenas una hora y cuarto del comienzo de un show muy esperado, cuyas entradas no habían sido precisamente accesibles. Yo también me iba con ganas de más, especialmente porque el concierto había finalizado en un punto tan alto de intensidad, que quedaba gusto a poco. Volver tan rápido a la luz y al afuera (nunca mas justa esta palabra) resultaba injusto. Pero jamás juzgué a un recital por su duración (al menos no solo por eso) y a decir verdad, lo último que uno espera de los hermanos Reid es condescendencia, así que rápidamente me olvidé del reloj y comencé a repasar mentalmente los mejores momentos del concierto. Pero claro, no podía dejar de citar el dato de la duración, y si empiezo justamente por esto, no es porque me interese magnificarlo, sino para sacármelo rápido de encima.
Yo venía de un fin de semana de euforia riverplatense, y si a las 21 hs estaba a punto para los escoceses se debió a que Buenos Aires se puso todo lo húmeda, gris y melancólica que pudo, como para estar a tono para recibirlos. Además, al fin de cuentas, si uno llega a Palermo con la cabeza susurrándole aquello de “nine million rainy days have swept across my eyes thinking of you”, resulta evidente que el inconsciente ya se había preparado de antemano para el evento.
Entré cuando estaban empezando a tocar los Iguana Lovers, que están preparando su próximo disco que cuenta con la participación de Adrián Yanzón ex-Los Pillos. A esa hora la gente no era mucha, aunque la estoica cola que bajo la llovizna aguardaba para comprar entradas, hacían imaginar un marco más digno. Celebré la decisión de haber comprado la entrada anticipada, me hice de un trago y me acerqué a esuchar a los entusiastas teloneros locales.
Para cuando los Jesus and Mary Chain salieron al escenario, la pista de Groove ya estaba repleta, y sin mediar saludo ni mucho menos, largaron con un “Snakedriver” que sonó desprolijo, aún para los parámetros de la banda. Jim Reid bebía de su porrón de Stella Artois y cubría los eructos que le devolvía el diafragma con su mano derecha. El sonidista acomodaba rápido las perillas para que todo suene como lo esperado, William Reid comenzaba a construir su mundo aparte en el escenario, y el público esperó el bajo machacante de “Head on” para dar sus primeros saltos.
Mas allá de su historia y su innegable vigencia, Jesus and Mary Chain parece ser un grupo reunido para usufructuar la renaciente popularidad que les otorgó Sofía Coppola con “Lost in translation”. Toman partes de su discografía salteados (privilegiando “Automatic” e ignorando “Stoned & dethroned”), le agregan lo único nuevo que hicieron en quince años (“All thing must past”, buen punteo de William), entrelazan tramos oscuros con sus temas más bailables, y apuestan a que cualquier error sea atribuído a una premeditada vocación por mantener la vigencia de su “suciedad”. Un par de inicios en falso, cierto desgano que más que vocación parecieron pose forzada (ni siquiera la bandera escocesa que le alcanzaron conmovió a Jim Reid) y una maquinaria que por momentos parece sostenerse en piloto automático. Yo no había estado en el Personal Fest de 2008 (compararlos con su versión del '90 resultaría injusto), pero los comentarios sobre aquella presentación hacían previsible el tipo de show que iba a ver. Y por ese motivo, al bajar el nivel de exigencia, momentos como “Blues from a gun”, “Sidewalking” o “Teenage lust” consiguen rescatar la mejor memoria y construir momentos de alta intensidad.
No niego que imaginé que el reencuentro con Alan McGee (que acaba de relanzar Creation Records, de ficharlos en primer lugar y que además los acompaña en la gira) podía devolver la mística en niveles altos.Tal vez  eso quedará para la explotación comercial de los treinta años de “Psychocandy” en 2015, veremos. Pero no quiero ser injusto con esta versión de Jesus and Mary Chain, entre otras cosas, porque estaban tocando en un boliche que no se caracteriza por favorecer el sonido de nadie. Eso sí, evidentemente funcionan a un ritmo y bajo reglas que les son propios. Un setlist repetido por años tiene que significar necesariamente que la progresión de energía que va ganado espacio con el avance del show sea premeditada. Los hermanos Reid no se hablan, y apenas se miran. Al menos no pelean y eso ya es bastante. La base King-Colbert funciona perfecta, y la guitarra de Mark Crozer es desde lo instrumental lo más rescatable por lo parejo. Párrafo aparte para el look de Crozer, que con saco, camisa negra, pelo canoso peinado hacia atrás y patillas blancas, parece la versión de Tony el Gordo, pero después de un by pass gástrico.
Dije que show crecía de a poco, y a la altura de “Some candy talking” ya convencían . Encima le pegaron “Happy when it rain”, que resultó de lo más celebrado. Ver a un tipo de más de cincuenta, cantando que no sabe bien dónde está parado y pidiendo que lo traigan de vuelta, mientras confiesa que la lluvia lo hace feliz, es una postal tan perfecta de la banda, que me olvidé de cualquier prurito que había tenido con la performance hasta ese momento. Y cerraron con una sucia y felizmente distorsionada versión de “Halfway to crazy” a la que continuaron con “Just like honey” y una voz femenina presentada simplemente como “a friend”. Pobre versión, por cierto, que los devolvió al desparejo nivel del comienzo. Una pena, no tanto por ellos, pero sí semejante tema.
Muchos miraron la hora en sus celulares, porque se empezaba a consumar la idea de un show breve, casi festivalero (de hecho los festivales se han convertido en su hábitat natural desde la reunión de la banda). El regreso al escenario fue bastante veloz con la ruidosa “The hardest walk”. Jim Reid salió con el ceño fruncido, casi enojado y con movimientos más bruscos sobre el escenario. Como una metáfora de la decadencia había cambiado el porrón de Stella por una lata de Quilmes, pero a nadie pareció importarle. Es más, esa versión de Jim resultó muchísimo más interesante y conmovedora que la anterior. Y si “Taste of Cindy” estuvo a la altura de la ira del cantante , el cierre con “Reverence” y el repetido aullido de “I wanna die” consumó un remate perfecto. El pie de micrófono golpeado con furia contra el piso reafirmaba la voluntad de ese grito que llega desde “Honey's dead” y los iniciales '90, pero que permanece como una declaración de principios.
Varios volvieron a cronometrar la duración del concierto, pero a la salida abundaban más las sonrisas que las quejas. Y aunque ya no lloviznaba, la húmeda avenida Santa Fe a esa hora era la continuación perfecta para el show que había terminado. Yo me alejé de Palermo intentando conciliar sentimientos encontrados, pero cubierto de un melancolía que en gran parte había sido mérito de esos escoceses. Al fin de cuentas, a tipo con una remera que reza “Born to lose” y que anda a los gritos diciendo que se quiere morir, perfección es lo último que se me ocurriría pedirle.



martes, 15 de abril de 2014

Macy Gray en Niceto

Comenzar la crónica de una noche de música que me dejó en estado de gracia con una queja resultaría muy injusto. Pero dejar pasar la conocida, repetida y a esta altura irrespetuosa manera que tiene Niceto de tratar a sus concurrentes es imposible. Uno llega a un show anunciado a las 21 hs y se encuentra que ni siquiera abrieron las puertas del local. De allí todo el desplante que quieran imaginar. Bien una vez hecha la referencia, abandono el modo Defensa del Consumidor y me aboco a lo que de verdad importa. Porque después de una espera prolongada (tampoco se van a pensar que el show empezó cuando la gente estuvo adentro) bien musicalizada y con unos tragos que ayudaron a sobrellevar la espera, asistimos a una preciosa y encantadora versión de Macy Gray que contagió al público y que a partir de una lenta y progresiva sugestión, terminó por dejarnos en éxtasis absoluto.
Los primeros en acomodarse en el escenario fueron los músicos, quienes con unas corbatas luminosas se aprestaron en sus lugares e introdujeron musicalmente a Macy, quien entró con un traje de lentejuelas brillante y una sonrisa dibujada en el rostro que no se le iba a borrar en toda la noche. Allí nomás arrancaron con el rítmico “Why didn't you call me” al que le pegaron en seguida “Do something”, ambas del disco debut de Macy Gray, “On how life is”. Los quince años de aquel trabajo inicial que la posicionara junto a Erykah Badu y Lauryn Hill a la vanguardia de movimiento llamado neo soul, que para mí nunca fue otra cosa que la incorporación de sonidos modernos a las fórmulas clásicas del ryhthm and blues, era la visita. Claro que además estaba esa voz sugerente y delicada, y un carisma irresisitble.
Rápidamente Macy Gray presentó a sus músicos, interactuó con ellos casi tanto como el público y promovió los primeros gritos (cada vez que ella contaba cuatro había que lanzar un “ahhhh” lo suficientemente fuerte como para conformarla) y dedicó los primeros cumplidos. Los presentes pasamos a partir de allí a ser sexy people y un público maravilloso. Pero todo sucedió lentamente. En ese primer tramo lo que descollaba era la banda perfecta que la acompañó, y Macy Gray comenzaba a tomar temperatura privilegiando el diálogo con el público, con su voz bien afinada, pero a la que le faltaba la soltura que alcanzó varios minutos más tarde. En ese primer tramo, el bajista Michael Torres descolló en “Still” y Macy recién alcanzó su primera gran interpretación con la balada “Glad you're here”. Y entonces, como si la cadencia soul de ese tema hubiese roto un encanto, el resto fue de una energía y ritmo inigualable.
Hubo un elemento que Macy introdujo sutilmente a lo largo de la noche y a cuyo ritmo el show ganó obviamente en temperatura: el sexo. En su gestos, en algunos movimientos, y con sus manos “masturbando” el soporte del micrófono mientras observaba tocar a sus músicos. Pero también tuvo mucho que ver el repertorio elegido para ese tramo que empezó con “Sex-o-matik venus freak”, que incluyó “A moment to myself”, “Ghetto love” y la inédita “First time”, y que derivó en una desbordante “Sexual revolution”, que demostró que para disfrutar de la explosión de Macy Gray solo era cuestión de respetar sus tiempos. Hubo momentos de lucimiento para el baterista Shay Godwin al final de “Sex-o-matik...”, y para la trompeta en “Ghetto love”. Un crescendo que culminó con la banda tocando carnaval carioca y Macy meciendo sus brazos a la par de la gente.
“Sweet baby” fue la encargada de cortar el clima, como una especie de relajación premeditada para tomar impulso hacia el tramo final. Allí se lució el piano, y luego la guitarra de Martin Esstrada (es igual al Chino Luna) en “When I see you”, en lo que fue un tramo entre dulce y romántico. Entonces el “Da ya think I'm sexy” de Rod Stewart puso a todos a bailar, y el show cerró con el clásico que todos habíamos ido a buscar, y que era el broche perfecto para celebrar los quince años de la explosión de Macy Gary, “I try”. En una versión intensa, prolongada, con todos los tips de juegos con el público repetidos hasta el hartazgo, con la cita al Marley de “Three little birds”, la gente corando el “Here is my confession, may I be your possesion....”, y un cierre a solas de la banda, que se retiró muy aplaudida, mientras la gente a pesar del lunes y el horario solo pensaba en pedir un poco más.
El regreso al escenario repitió en tiempo reducido el recorrido del show. Primero fueron unos toques clásicos del pianista, quien luego se calzó la acústica mientras la batería era cubierta con una paño para que suene apocada en “Stoned”, el anticipo de “The way”, inminente octavo album de estudio de Macy Gray. Al alegato pro marihuana (aunque fuera del escenario Macy no muestra el mismo entusiasmo por el cannabis) le faltaron las imágenes del video alusivo, pero en lo melódico le dio al show un tono más limpio y pop. A ese clima se sumó la versión semi acústica de “Beauty in the world” tarareada por todo el mundo. Y a  ese canto casi inocente lo siguió el cover de “Creep” de Radiohead, paradójicamente la más cantada por el público de principio a fin. El “I’m a creep” tenía muy poco que ver con la noche, pero los modos de Macy hicieron sentir a la confesión más como un juego perverso que una auto flagelación psíquica.
Para el final quedó “The letter”, la historia del desafío de dejar el hogar en busca de la libertad y la decepción de asumir que en realidad no hay tal cosa. El coro gospel acompañado por el público con garganta y palmas no pudo ser mejor puesta para la historia con la que Macy Gray decidió cerrar el primero de sus conciertos en Buenos Aires. La cantante se retiró saludando y dejando que los músicos se despidan de a uno, recibiendo el merecido aplauso mientras los sonidos se apagaban de a poco. En su página en Facebook, Macy Gray se presenta diciendo que quiere ser tan famosa como la medianoche, poderosa como un arma y tan amada como una pizza. Quise buscar un mejor cierre la nota, y la verdad que no encontré.
Afuera el taxista que me llevó a casa me contó que había cambiado el turno para manejar durante el eclipse. Seguro soy más que injusto con él, pero en ese momento ni me importó. A esa altura hasta me había olvidado de que me hubiese gustado oir alguna de las versiones que Macy hizo en su reinterpretación de “Talking book”.



domingo, 13 de abril de 2014

Enrique Bunbury en el Luna Park

                El fin de semana tenía un montón de opciones musicales dignar de participar. Por un lado Placebo en el Estadio Malvinas.  Los vi en el mismo estadio, sé de lo que son capaces de dar en vivo y llegaban con un disco (“Loud like love”) mucho más interesante del que presentaban cuando los vi en 2010. Después estaba el show del Indio Solari en Gualeguaychu. Formar parte de esa fiesta requiere de una logística medio compleja que mis tiempos y responsabilidades hoy por hoy no me permiten, y por otra parte, desconfío del disfrute musical en medio de la exageración de la concurrencia. Claro que el goce pasa por muchos otros lados, aunque esta vez quedó (volvió a quedar) relegado. El tercer show era el que intento contar, y fue el de Enrique Bunbury, un artista ya a amigo de este blog, puesto que  lleva una buena cantidad de posteos dedicados.
                Bunbury volvía al Luna Park después de 2009 (Hellville de luxe tour) y no pareció desconocer el contexto de su noche en Buenos Aires, pues rápidamente agradeció a quienes lo habíamos elegido,  y mandó un saludo al Indio, a sus fans y confesó: a nosotros también nos hubiera gustado estar allí. Tal vez algún claro en la platea y el campo concurrido, pero no atiborrado, tenían en Gualeguaychu a sus posibles ocupantes. Antes de eso un plato volador desde la pantalla trasera del escenario había “depositado” a los músicos, que abrieron el show con “Despierta”, del disco “Palosanto”, excusa para esta nueva gira. “Despierta, todo ha cambiado, nada es como habíamos imaginado”  resultó una buena carta de presentación.  Y “El club de los imposibles” pareció una cita dedicada al estadio que supo ser catedral del boxeo en Argentina.
                A pesar del buen comienzo y de los primeros cantos con “El club…” el clima “Palosanto” comenzó de manera efectiva con “Los inmortales” y una mirada desencantada sobre las propias cruces y con una lapidaria y desencantada sentencia final “los inmortales están bajo tierra, y sus cenizas se perderán, como todo lo demás, sin dejar huella”. Después de “Licenciado Cantinas”, un disco dedicado a la bohemia y tugurios latinos, “Palosanto” devuelve a un Bunbury más oscuro, y por primera vez, por momentos siniestro. Aunque no la haya tocado, “Habrá una guerra en las calles” imagina un apocalipsis violento detrás de los últimos recursos del planeta. Y en ese sentido, “Destrucción masiva” y esa especie de Terminator aniquilando hormigas humanas a su paso sea tal vez el mejor símbolo del espíritu del disco.  Pero la lectura en vivo no es lineal. Antes de eso Bunbury va y viene sobre su discografía e hilvana un recorrido que lo hace tan reconocible como querible. “Contracorriente” (de “Radical Sonora – 1997) fue un regalo para los fans más rebuscados, “Hijo de Cortes” es una, a esta altura, innecesaria auto defensa sobre su origen ibérico, aunque el groove la vuelve irresistible. El cover de “Odiame” le sienta perfecto a su versión más latina y “Más alto que nosotros solo el cielo” es una súplica idílica que corta el clima agobiante de “Palosanto”.
                Si bien los músicos habían descendido de un plato volador, Las Santos Inocentes (que acompañan ya desde haces unos años a Bunbury), es una banda viajera con reconocible espíritu de rockeros gastados. Aunque el rock and roll no sea lo que abunde en el setlist, cuando se sueltan son impecables (aprovechando un sonido a la altura; las mezclas en los conciertos de Bunbury suelen rondar la perfección) y se sostienen en el tándem de guitarras que forman Alvaro Suite y Quique Mena, más el teclado por momentos delicioso de Jorge Rebenaque. Y ellos son los encargados de sostener a un Enrique Bunbury que mientras canta parece poseído por el espíritu de Marc Bolan, pero que cuando habla con su público, parece ese mismo  Bolan, pero luego de un improbable baño de humildad. “El extranjero”, “Deshacer el mundo” (con ejércitos marciales marchando desde la pantalla) y “El rescate”, del descomunal “Viaje a ninguna parte”, fueron momentos que pusieron a prueba las gargantas del público.
                “Salvavidas” fue la última cita de “Palosanto”. La imagen de un canibalismo gourmet le otorga un delicioso espíritu de belleza, distinción y sexo al apocalipsis. Después solo se trató de cantar y cantar. “El hombre delgado que no flaqueará jamás” es uno de los momentos en donde Los Santos Inocentes arrasan. Pasa “Hay muy poca gente” (tal vez el tema de su carrera solista  que mejor rescata la épica de Heroes), y con “Frente a frente” el público femenino toma la delantera de las voces. “Que tengas suertecita” parece desatinada a tener un arreglo nuevo en cada gira. “De todo el mundo” es una confesión, una declaración de principios proveniente de “Las consecuencias”, a esta altura ya clásica. “Sí” es una afirmación de desaforado optimismo (“ante la duda, un sí”) y “Lady Blue” fue la encargada de cerrar el tramo madre del concierto, volviendo al arreglo original, como si el retorno de Bowie hubiese inspirado ese nuevo/viejo arreglo. Justamente ese astronauta abandonado en la inmensidad del espacio tuvo bastante más que ver con el plato volador que regresó y que desde la pantalla “abdujo” a los artistas, porque al inicio la escena no se comprendió del todo.
                Nadie dudaba que habría más, pero nadie tampoco imaginaba las sorpresas. El concierto de anoche daba por fin a la segunda etapa de la gira de presentación de “Palosanto” (dato que yo, honestamente, desconocía), y eso resultó la excusa para el encuentro de Enrique con algunos amigos locales. Primero fue Manuel Moretti (Bunbury participó en “El costado izquierdo”, último trabajo de Estelares) quien puso voces en la versión de “Puta desagradecida” del disco con Nacho Vegas. Después volvió el rock con “Bujias para el dolor” y el cierre fue con el efectivo y clásico blues latino “Infinito”.
Otro breve receso y otra vez dos micrófonos en el centro del escenario preanunciaron otro invitado. Se trató del ovacionado Andrés Calamaro, junto a quien Bunbury le puso al concierto la nostalgia y  melancolía necesarias para hacerlo bien porteño, con la versión de “Cosas olvidadas” de José Maria Contursi. Pero en este caso Andrés se quedó, se calzó una guitarra y mientras Bunbury citaba a Jake y Elwood Blues diciendo “estamos en misión divina”, la banda a pleno apostó y ganó por el Rock and Roll. Después de esa descarga, el “si ya nada puede ir peor, haz un último esfuerzo y espera que sople el viento a favor” resultó un mantra, un lógico gesto optimista para contrastar con algunas escenas de “Palosanto”. Como si esas imágenes de un mundo arrasado que pintan algunas canciones fueran más un alerta que una descripción. Y si en todo caso se concretan, pues será cuestión resistir, hacer el esfuerzo y esperar que el viento sople para el otro lado.

               
               










viernes, 4 de abril de 2014

Johnny Marr en Niceto

Al final no fui al Lollapalooza. La lista de excusas es casi tan larga como la de motivos para arrepentirme. La cuestión, resumida, porque no es motivo de este posteo, es que de la grilla de ambas fechas, había dos artistas que no había visto nunca y me interesaban en particular por encima del resto: Arcade Fire y Johnny Marr. Dicen los que uno sabe que saben, que lo de los canadienses fue extraordinario. Pero un martes laboral, llegar a San Isidro a tiempo, para mí era casi como llegar a Chile, y en el mejor de los casos, pagar veinte shows y ver uno solo. El miércoles sí era feriado pero jugaba River, y como decía la campaña “en la vida hay que elegir”. Elegí y el gol de Carbonero compensó cualquier pena musical. Mi pequeña venganza sería (esto ya lo sabía de antemano y hace bastante tiempo) el sideshow de Johnny Marr; venganza que los deseos de “amo del universo del rock” de los que adolece Mario Pergolini, puso en riesgo al negar caprichosamente y sobre la hora el Teatro Vorterix. La producción actuó rápido, movieron los sideshows a Niceto y yo pasé sin culpa alguna de un miércoles cantando “el que no salta es un ingles” en Nuñez, a una cita de jueves con el guitarrista de Manchester.
Ni bien llegado a Niceto me topé con que la entrada que yo tenía para el concierto original en el Vorterix había que canjearla en la boletería, que además era la misma en la que se vendían remanentes. Media hora para entregar un papelito amarillo a cambio de uno rosa...parece que la burocracia ha copado también el rock. Dónde está Frank Zappa cuándo se lo necesita!, pensé antes de encontrar buena ubicación. Bien, una vez adentro no tuve mucha espera, algo insual en Niceto, que por lo general no respeta horarios en busca de que el público se hidrate en la barra. Será que había un evento de trasnoche o será que decidieron sumarse con timidez a la abstemia militante de Johnny. La cosa fue que apenas quince minutos después de las 9, y con un Niceto atiborrado de gente, Johnny Marr y los suyos entraron al escenario.
Para los que veníamos chusmeando lo que el guitarrista de Manchester venía haciendo, el show casi no tuvo sorpresas: abrió con “The right thing right”, uno de los temas bien “garageros” de su primer disco solista, y nos dio la pauta de dos cosas: que energía no iba a faltar, y que el volumen iba a sangrar oidos. Si bien encadenó “Stop me if you think you've heard this one before”, el primer tema de Smiths de la noche, recién fue con “Upstarts” (perteneciente a la veta brit de “The messenger”) que el público lanzó sus primeros saltos. Aunque mucha gente comentaba el show que un día antes Johnny había dado (en el insólito horario de las 15:45hs) en el Lollapalooza, se notaba que el concierto que todos esperaban era el de anoche. Digamos que la “mesa chica” de los fans presumía que sería en ese ámbito, en donde el tardío contacto de Marr con el público argentino, alcanzaría la gloria. Y vaya que no nos equivocamos.
Con “Sun & moon” y “The crack up” la banda retomó su espíritu y sonido más punk, y a partir de “Panic” el show alcanzó un estado de gracia. Hay que decir, salvando las enormes distancias, que Johnny Marr es a los Smiths lo que Skay a Los Redondos. Porque mientras Morrissey transita el camino de la masividad y el éxito, Johnny se recuesta en una ámbito de pretensión más acotada. Y a mí, que tuve la posibilidad de ver a ambos en vivo, no me costó mucho percibir que el público se sentía de verdad a gusto en esa pequeña montonera apretujada sobre el escenario. Menos histeria, y más agresividad al grito de “Johnny fucking Marr”, mientras desde el escenario se recibía la energía y se devolvía por duplicado.
Unos diez días atrás pasé por la muestra que Kevin Cummins presentó en Buenos Aires, así que “New town velocity” resultó la pincelada musical perfecta para decorar las imágenes del Manchester que las fotografías de Kevin me habían revelado, y de algua manera me sirvió para cerrar ese círculo. La adolescencia de Marr, el abandono del colegio, la arquitectura de aquella ciudad, son retratados en el que tal vez sea el tema que rankee entre lo más alto del disco a la hora de los arreglos. Y en “The messenger” la dupla de guitarras continua mostrando ese otro tipo de sutilezas (en este tramo es brillante el trabajo de James Doviak), que aunque sean interrumpidas por “Lockdown”, vuelven en el momento más denso de la noche, con “Say demesne”.
Al igual que en Lolla, “Generate! Generate!” estuvo dedicada al Kun Agüero, porque la pasión por el City no tiene fronteras (aunque sospecho que si Johnny llegara a escuchar alguno de los discos de la noviecita cantante del Kun, se olvida por completo de mezclar futbol y música por mucho tiempo). Y el descontrol se apoderó de todos con una rockerísima versión de “Bigmouth strikes again”, cuyo pogo excedió largamente a los más entusiastas fans y se prolongó a lo largo de todo el boliche, contagiando incluso a los más grandes (que no eran pocos) que se habían mantenido en una prudente pasividad. El show desbordó por todos lados, la temperatura hizo que el aire se vuelva irrespirable, y fue el bajo new wave irresistible en “Word starts attack” el encargado de cambiar empellones por pasitos de baile.
Un tema nuevo, “Boys get straight”, de frenético espíritu punk, fue la antesala para una demoledora versión de “How soon is now?”, con las guitarras al palo y una voz que por momentos apenas llegaba a oirse. El concierto se cerró con el mismo tema que Morrissey en su último paso por el país, lo que da la pauta que a la hora de allegarse a su vieja banda, sienten y asimilan parecido. Acá nadie canta “solo les pido que se vuelvan a juntar”, pero más de uno se imaginó lo que hubiera sido la voz de Mozz en semejante cierre.
Hablando de The Smiths: si hay algo en las versiones que Marr hace de los viejos temas, es que a pesar de intentar acondicionar un poco su voz a los tonos más melodiosos de su ex compañero, allí radica su principal limitación. Si bien en temas como “Panic” la fuerza y la actitud superan el condicionamiento, en otros como “Please, please, please let me get what I want” (el elegido para abrir la tanda de bises) la cosa se le dificulta. Y como si se rebelara a él mismo, el cover de “I fought the law”, lo reafirma en su crudeza vocal, mientras la banda arrasa a sus espaldas.
Siguió otra nueva, “Candidate”, con unos arreglos de guitarras que valdrá la pena oir en la prolijidad del próximo disco, y si de Manchester se trataba, “Getting away with it” (de Electronic, la banda que compartiera con Bernard Sumner de New Order), lo más parecido a un hit que hizo en su carrera post-Smiths, nos trajo el espíritu de la ex industrial ciudad del Reino Unido, y un trabajo en bajo de Iwan Gronow digno de destacar. Después había que cerrar, y no podía haber mejor despedida que “There is a light than never goes out”. Y aunque todos allí teníamos casa adonde regresar, la idea de no volvernos resultó una súplica, y el canto a la luz que nunca se apaga casi que quedó en manos (en gargantas, mejor dicho) del público que en su euforia llevó a Johnny Marr a apartarse del micrófono y limitarse a escuchar a los suyos.
En medio de las crónicas sobre el primer Lollapalooza argentino, tal vez este show termine siendo olvidado, o al menos, relegado a un segundo plano. Pero los que elegimos privilegiar (o en muchos de los casos sumar) el ámbito reducido a la experiencia, podemos inflar el pecho orgullosos.





viernes, 7 de marzo de 2014

Joan Baez en el Teatro Gran Rex


“Dios es Dios, y Dios no soy yo” dice la canción de Steve Earle que Joan Baez eligió para abrir su último trabajo de estudio (“Day after tomorrow” - 2008) y también el concierto de anoche en el teatro Gran Rex de Buenos Aires. Una letra que habla de la pequeñez del hombre ante el universo, de la bendición de la vida y la importancia de no creerse más de lo que uno es. Si uno no conociese la trayectoria de la artista, podría decir que resulta una especie de carta de presentación confesional. Pero esas palabras pronunciadas por esa voz atemporal terminan por significar apenas una confirmación de humildad y sencillez.
Puntualmente y casi con timidez, la norteamericana de 72 años pisó un escenario en Buenos Aires, por primera vez desde 1974. Saludó extendiendo el brazo como quien lo hace hacia una multitud a la distancia, y desde allí comenzó una recorrida por buena parte del repertorio de su extensa carrera, que incluyó varias citas al cancionero latinoamericano. Desde el “Gracias a la Vida tour” que lleva por nombre la gira que la trae por el sur del continente se preveían estos gestos, pero el tiempo transcurrido desde aquella lejana primera llegada (en la segunda, en 1981, no pudo llegar a tocar) dejaba lugar a la posibilidad de algunas sorpresas. En ese contexto, “Don't cry for me Argentina” fue casi un cumplido, aunque yo no llegué a comprender la categoría de “políticamente incorrecta” en la cual Joan incluyó a la canción. “Farewell Angelina” (aquel outtake de “Bringing it all back home” que Dylan le regalara en el '65) y “Long black veil” fueron otros de los clásicos que se escucharon en la primera parte, hasta que con “La llorona” llegó la primera canción en español de la noche.
Joan Baez salió sola al escenario, y aunque así cantó los primeros temas, luego estuvo acompañada por Dirk Powell en mandolina, banjo, piano y acordeón, y por su hijo Gabriel Harris en percusión, con quien se reencontrara, después de años de diferencias. Aunque podría incluir también a Grace Stumberg, la asistente que le alcanzó las guitarras antes de cada tema, y quien se animó a algunos coros. La historia de Joe Hill, el sindicalista fusilado en 1915 fue otra muestra de canción testimonial, y la belleza de “Jerusalem” (también de Steve Earle) contrasta con una letra que denosta la violencia en tierra santa.
Entonces llegó el momento más latinoamericano de la noche. Los versos escalofriantes del comandante Tomas Borge en “Mi venganza personal” calan hasta los huesos. “Mi venganza personal será el derecho de tus hijos a la escuela y a las flores” le canta el poeta a su carcelero y torturador, y de pronto nos vemos sumergidos en un clima de mediados de los '80 y una primavera sandinista. “Te recuerdo Amanda” de Victor Jara, y “Calice” (acompañada con palmas por el público) de Chico Buarque y Milton Nascimento, cerraron el tramo de las canciones más duras, pero siempre envueltas en una belleza lírica que hace que a partir de la tragedia, se concrete el arte más elevado y conmovedor.
La honestidad y coherencia de Joan Baez hacen que ninguno de esos gestos suenen forzados o condescendientes. La bandera de resistencia y pacifismo a ultranza que sostuvo a lo largo de su vida la llevó a exponer el cuerpo más de una vez. Porque, con todo respeto, no es lo mismo proclamar la paz desde la habitación de un hotel, que hacerlo bajo las bombas en Hanoi o Sarajevo, o cantando semi escondida en una iglesia de Santiago de Chile en 1981. Tal vez en este sentido, su mayor victoria resultó aquel concierto del 10 de Junio de 1989 en Bratislava, cuando las fuerzas de seguridad irrumpieron en el escenario ante el anuncio de la presencia del disidente Václav Havel (introducido por ella misma de manera subrepticia al teatro), hecho que, según las propias palabras de Havel, fue la gota que rebalsó el vaso y que terminó por desatar la llamada Revolución de Terciopelo. El concierto iba en directo por TV, y la emisión también fue interrumpida, mientras Baez cantaba a capella y a media luz. El resto es conocido, Havel sería un presidente capaz de aparecer en un pub de la mano de Lou Reed o nombrar como embajador a Frank Zappa, y trabarían una entrañable amistad. Havel murió de cáncer el 18 de diciembre de 2011, y unos pocos días después Baez lo despidió con un emotivo poema que finaliza diciendo “estoy tan contenta de que hayas seguido fumando después que los doctores te dijeron que dejes de hacerlo. Amabas hacerlo! El Dalai Lama estará de acuerdo. Tuviste diez mil tristezas. Es tiempo para diez mil alegrías”.

Joan Baez con Madres de Plaza de Mayo. Buenos Aires, Mayo 1981. Foto de Julio Emilio Moline
Como leerán, me resulta dificil limitarme en la crónica al concierto en sí, porque también resulta imposible separar a la artista que canta sobre el escenario de la activista que hizo de su voz y su música la excusa para proclamar su convicciones. Todo lo que proviene del escenario contiene la impronta de una vida tan admirable como la propia trayectoria artística. Y aunque esa voz mezzo soprano suene atenuada en su elocuencia, las canciones vibran en un decir más tenue, más íntimo, pero igual de bello. Joan Baez pasó por el country folk, volvió a Mexico con “El preso número nueve”, e invitó al escenario a su amigo Leon Gieco (ovacionado) a quien le costó seguir en “Como la cigarra” de Maria Elena Walsh, con el que homenajearon a Mercedes Sosa. León confesó que fue Joan la que lo convenció de cantar “Solo le pido a Dios”, al que hicieron intercalándose las estrofas. Lennon tenía que ser una referencia infaltable en la noche, entonces Joan hizo “Imagine” en esa versión mitad cantada, mitad recitada que la caracteriza. Y con “The boxer” nos puso a tararear, para cerrar con Violeta Parra y el leit motiv de la noche: “Gracias a la vida”. El reloj decía que había pasado algo menos de hora y media, pero en realidad fueron casi cincuenta años.
Para los bises volvió Leon Gieco, medio retraído, quien hizo unos coros en “Here's to you”, o “La balada de Sacco y Vanzetti” como prefieran, uno de los temas más pedidos por el público (junto con “We shall overcome”, que quedó pendiente). Y si faltaban íconos por recordar, con “Sweet slow, sweet charriot” llegó el turno de Martin Luther King. Después la propia “Diamonds and rust” (pensar que conocí ese tema antes que nada por la versión de Judas Priest en “Sin after sin”), y la despedida con Leon y el espíritu de Dylan, con “Blowin' in the wind” (aunque parezca mentira, en una parte, al igual que en “Gracias a la vida”, Joan se olvida la letra y la dibuja al estilo “Una que sepamos más o menos” de Peter Capusotto. Los años no vienen solos).
Ya casi que nos íbamos, las luces del teatro empezaban a encenderse, pero como en una especie de acto de rebeldía, Joan volvió al micrófono, nos puso de pie, y a capella cantó el “No nos moverán”, el mismo que alguna vez hiciera retumbar en la TV de la España franquista. Entonces al final del concierto, esta artista que hoy dice no interesarle la nostalgia de los '60 y dedicada más al arte plástico que a la música, vuelve a elevar el puño y convocar a la rebeldía. Y por más que muchos salgamos del teatro pensando en acostarnos temprano porque al otro día hay que generar plusvalía para el patrón, saber que en algún lugar del cuerpo la llama aún está encendida, se siente de maravillas. 




domingo, 23 de febrero de 2014

The Bad Plus en La Usina del Arte

                 Confieso que estuve a punto de cometer un pecado imperdonable: ahorrarme noventa pesos y no ir a ver el show de The Bad Plus en la Boca. Pero por suerte los que cometieron el pecado fueron muchos más de los que nos arrepentimos a último momento, así que casi sobre la hora me hice de tickets para ver al trío originario de Minnesota.  En primer lugar, y esto para quienes me conocen no es novedad, empiezo por  decir que no tengo la menor simpatía con la alcaldía del Ingeniero Macri en Buenos Aires. Pero si todos estos años de calles rotas, engendros viales, hospitales abandonados, aulas containers y escuchas telefónicas tienen que encontrar una compensación, el espacio creado en una vieja usina en la Boca, llamado La Usina del Arte, probablemente sea el mejor de los contrapesos. Un concepto moderno, un lugar cómodo en extremo, y una sala de conciertos para alrededor de unas mil personas, en la que uno se siente en otro planeta. Yo ya había estado allí cuando Josep Roca inauguró la semana de la cocina catalana en Buenos Aires, y esta vez, ya dentro del recinto, sentí que no había mejor sala para disfrutar de la noche que se venía. El escenario dispuesto en forma circular, permitió que además de la platea al frente, algunas personas puedan ubicarse en los laterales e incluso atrás del escenario, lo que le otorgó al concierto un ambiente de cálida intimidad.
                El encargado de abrir la noche fue Marco Sanguinetti, quien desde su piano y acompañado por Jerónimo Carmona en contrabajo, Fermín Merlo en batería y DJ Migma en bandeja de vinilos, presentó temas de su cuarto trabajo titulado “8”. Como el mismo Marco lo definió, su propuesta se trata de una música de impronta porteña, integradora de estilos que evocan el carácter cosmopolita de la ciudad, y que resultó un agradable aperitivo. No hay solos, los temas son melodías que disparan sonidos y climas reconocibles, y que por momentos a mí me dejó la sensación de música incidental. Si yo fuera director de cine prestaría atención al cuarteto de Sanguinetti, quien además del piano tocó armonio, se mostró nervioso cuando le tocó hablar y presentarse, y maravillado de poder tocar en ese hermoso escenario. En el cierre hicieron en continuado “Brain damage” y “Ecplise”, el final de “The dark side of the moon”.
                Si Marco Sanguinetti había sido el primer aplaudido de la noche, el segundo turno le tocó al afinador del Steinway de Ethan Iverson, quien hizo su trabajo frente al público que esperaba el inicio del show. Después sí entraron los músicos y dieron comienzo al concierto con “Pound for pound”, tema que también inaugura “Made possible” (2012), el último trabajo del trío, excusa para la presentación de anoche.  Siguieron con “Wolf out”, composición de Dave King, a la que le continuó la primera exposición de Reid Anderson, presentando en español a los músicos, los temas y anunciando una nueva composición de Iverson, llamada “Mr. Now”. La placidez del comienzo, provocada por la melodía suave y repetida de “Pound for pund” (que se intensifica y vuelve a la calma inicial), contrastó con la intensidad de “Wolf out”, y en ese tipo de contraste es que The Bad Plus construye el clima del concierto. De lo relajado a lo visceral, con cortes, quiebres y crescendos, haciendo gala de su ductilidad como músicos, pero sin caer jamás en excesos pretenciosos ni virtuosismos exagerados.  Incluso cuando Dave King cierra “Mr. Now” con lucimiento individual, nada suena forzado ni mucho menos.
                Siguieron dos temas de “Prog”, el trabajo de 2007. Primero el celebrado “Thrifstore jewerly”, con el piano de Iverson que de pronto se vuelve rioplatense, y “Giant”, en donde ese mismo piano construye una melodía que se vuelve épica sobre el loop hipnótico del bajo de Anderson. Y otra vez a “Made possible”, con "I want to feel good Pt. 2", y una batería vertiginosa que anticipa a un Iverson frenético que en el devenir del tema de pronto pareciera estar tocando standards, yendo y viniendo a contramano sobre ese pulso inicial.  Al final del tema Reid Anderson pide disculpas por un problema en el retorno de su instrumento, y luego de improvisar cantando una canción sobre el incidente, y cuando la solución se demoraba en llegar, provocó carcajadas con un insólito “bueno, igual el contrabajo no es muy importante”.
                En “Re-elect that” Ethan Iverson maravilla, y después deja espacio a breves momentos de lucimiento personal de Anderson y King. Y en “Seven minute mind” el trío se monta sobre un impulso rockero, aquel de sus comienzos, cuando se destacaron por sus particulares versiones de clásicos del pop y el rock. En este caso el show se basó (al menos en su cuerpo principal) en todos temas propios, manteniendo el espíritu de “Never stop” y “Made possible”, sus dos últimos trabajos, dueños íntegramente de esa característica. Cortes y contrapuntos hicieron del tema un momento fascinante, en lo que a mi juicio es el mejor momento del disco.
Para el final guardaron el prolongado “In stiches”, luego de que Reid Anderson mostrara que le había tomado el gusto, y ensayara una despedida cantada. El tema arranca en tono melancólico, va creciendo en intensidad, adquiere un ritmo alborotado, el piano de pronto se vuelve de fantasía y retorna al comienzo dejando al contrabajo despidiéndose casi en una sutileza tímida, que provocó la ovación, con todo el público de pie, que saludó a los músicos que dejaban el escenario.
                Yo ya había visto a The Bad Plus en vivo, pero en aquella oportunidad vinieron en medio de su proyecto junto a Wendy Lewis, y el despliegue del poderío instrumental del trío lo había podido disfrutar en cuenta gotas. No porque aquel proyecto no valiera la pena ni mucho menos, pero lo cierto es que la esencia y encanto del trío pasa por otro lado. Esta vez sí pude gozarlos en todo su esplendor. Y avasallado por el poderío del grupo y mientras esperaba los bises, me quedé pensando en que es tal la variedad desde donde abordan su música, que hasta la imagen de cada integrante evoca un origen diferente. La seriedad de Iverson con traje y corbata, el look casual de Anderson con la camisa suelta y mangas arremangadas, y los tatuados antebrazos de King, quien además toca con un gorro de lana coronado por un absurdo pompón blanco.
                Volvieron con un meddley que tuvo como eje (casi en un acto de rebeldía para con el floydeano cierre de Sanguinetti) a “Smells like teen spirit”. Después sí se despidieron de manera definitiva,  y yo decidí coronar la noche con un malbec de espíritu toscano, del cual cuando tenga un blog de vinos, tengo un montón de cosas para contarles.
               
                
               

               





sábado, 1 de febrero de 2014

El Cuarteto de Nos en Groove

                Cuando uno vuelve de las vacaciones, y más cuando llega de un paisaje tan placentero y armónico como es la Patagonia norte, pisar la ciudad suele provocar un impacto difícil de asimilar. Aunque en mi caso es cierto que el espíritu urbano nunca me abandona del todo, no por nada la lectura de Vonnegut y los discos de Nacho Vegas me mantuvieron en contacto con mi esencia mientras recorría bosques y lagos del sur. Ahora bien, así como dicen que para meterse en un mar de agua fría la mejor manera de aclimatarse es haciéndolo de manera veloz y repentina, para asumirse en una ciudad húmeda y calurosa, nada mejor para aclimatarse que pasar una noche en Groove. Así que un poco siguiendo esa premisa, y otro poco por el placer que me produce la banda en vivo, casi que recién bajado del avión, rumbeé para Palermo para presenciar el show de El Cuarteto de Nos.
                Los conciertos de verano tienen de por sí una característica particular. Por lo general ninguna banda anda girando con material nuevo, ni con proyectos pretenciosos, sino simplemente los músicos se abocan a shows a los que uno podría llamar, sin desmerecerlos,  demagógicos: listas de hits a medida de un público excitado por el aire veraniego y el ímpetu vacacional. Y el concierto que los uruguayos dieron anoche en Groove no abandonó esta premisa en ningún momento.
                Largaron temprano, alrededor de las nueve, porque a continuación había una fiesta que incluía a los inefables Pibes Chorros. Así que el programa de todos anoche era escuchar, saltar, cantar, tomar impulso y huir rápido del lugar. Y gritar, desde ya. Porque con “El hijo de Hernandez” como apertura, las gargantas fueron exigidas desde el primer estribillo. Y en seguida “Algo mejor que hacer”, cuyas líneas complacientes resultan un canto a la inactividad vacacional y al asueto permanente. Casi como una continuidad conceptual, el “Ya no hacer conmigo” de Raro comenzó a hilvanar una especie de recorrido, que tal vez inconsciente, que se transformó en un relato que a lo largo de la noche glorificó la holgazanería, la indecisión, el inconformismo y la celebración desmedida y sin razón.
                En una pista atiborrada de gente de todas las edades, el pogo se sucedía como pocas veces, y la escena me recordó que habiendo visto a El Cuarteto de Nos en diferentes escenarios, los ambientes reducidos producen una versión de la banda que rescata su carácter más enérgico. Así que aunque Santiago Tavella le bajó un poco el clima a la noche con su “Enamorado tuyo”, “Así soy yo” y “Nada es gratis en la vida” devolvieron al show a su rumbo original. A continuación Roberto Musso quedó solo y sentado hizo “Todos pasan por mi rancho”, mientras parte del público también se sentó en la pista, para estallar el unísono cuando el resto de la banda se sumó para el cierre del tema.
                Cada canción fue cantada por el público a viva voz de manera tan unánime, que en muchas oportunidades las voces taparon a la de los músicos. Tal vez por eso Musso gritó más que otras veces, aunque por momentos también eligió cederle a la gente la voz principal. “Mi lista negra”  y su declaración de principios, el capricho ingenuo e inmaduro de “No te invité a mi cumpleaños” (tan Big Bang Theory….), la ironía de “Lo malo de ser bueno” y “Cuando sea grande”, precedieron a una dupla que tuvo al trabajo como eje: la entrevista laboral de “Breve descripción de mi persona” (con la máquina de escribir en escena), y “Pobre papá” y el disgusto con el peso de las tareas diarias.
                Yo me había ubicado en una de las pasarelas laterales elevadas, con lo cual la visión del despliegue físico del público más exaltado me quedaba en primer plano, y en mi caso aproveché  una leve corriente de aire que me aliviaba un poco. Los chicos parecían muñequitos de goma rebotando adentro de un baño sauna. Cuando “Bipolar” dio comienzo al tramo final del show, más de una chica con presión baja fue atravesando en brazos la pista, en busca de aire y agua. Y eso que anoche no fue precisamente la más calurosa de Enero….Groove en su máxima expresión.
                La lista había sumado muchos hits, así que por descarte resultaba sencillo preanunciar los temas que sonarían como despedida: “Miguel gritar” e “Invierno del ‘92”, primero; y luego de un receso breve, el vengativo  “Buen día, Benito”, y el descontrol absoluto con “Yendo a la casa de Damián”, previo anuncio de un show en el Gran Rex para el 17 de Mayo.  Y aunque la gente pedía espacio para Alvin, el batero, finalmente llegó una caricia de despedida con “Me amo”, vaya a saber si dedicada al público, a ellos mismos, o a todos.
                Confieso que escuché los últimos acordes bien cerca de la puerta, buscando aire por cierto. Pero también movido por el temor de quedar encerrado y terminar rodeado por la fiesta de trasnoche que se venía. A la salida, comida chatarra como para seguir reambientándome al ritmo citadino.
               

               





viernes, 10 de enero de 2014

Richard Coleman en Ultra Bar - Festival del Aire Acondicionado

Estaba dudando si iba a subir algo al blog por este show. Tal vez era la pereza de un espíritu cronista que había empezado vacaciones antes que yo, o algo por el estilo. Pero en realidad sospecho que esa dejadez tenía que ver con que el show de Coleman que a mí me hubiera gustado contar, fue el que Richard dio a banda completa en el Vorterix hace un mes. Diciembre ya es un mes complicado de por sí, y en Argentina más. Policías, saqueadores (con o sin coma en el medio), cortes de energía y de calles, y una cantidad de encuentros de rutina, me privaron de ese gusto. Así que terminé el 2013 sin ver “Incandescente” en vivo, el que para mí fue uno de los dos mejores discos locales del año. (El otro fue “Santo remedio” de Me Daras Mil Hijos).
Pues bien, ayer Coleman volvía al formato íntimo, en un llamado “Festival del aire acondicionado”, nombre que no me cayó muy bien, porque se trata de un adminículo de confort burgués con el cual me llevo para el orto (al igual que la garganta de Coleman, que va a terminar achacándole una laringitis al refrigerante ambiental). Pero salí tan contento del primer show del año, que la mañana me encuentra escribiendo sonriente. Es cierto que tuvo tambien que ver con la sonrisa, que en el primer random del día, el Ipod me haya ofrecido “7 eleven” por El Siempreterno. Pero la alegría ya venía de anoche.
Bien, el evento se había declarado “sold out”, y la cantidad de personas que lo vimos de parado bordeando las privilegiadas mesas, comprobó que no había truco comercial en el anuncio. En cuanto a lo que uno podía llegar a esperar del show, se anunciaba una lista sin concesiones, para una antología corregida y aumentada. Pero aún a sabiendas de eso, que el primer tramo (acústico y con Richard solo sobre el escenario) haya estado dedicado íntegramente a Los 7 Delfines, no dejó de ser una grata sorpresa. Primero “Tu orden” del inolvidable disco debut, después “En tu cabeza”, del último disco de la banda (“Carnaval de fantasmas - 2008), que a mi juicio fue el que devolvió a Richard Coleman a un nivel de inspiración altísimo, y que felizmente tuvo continuidad en sus dos discos solitas posteriores. Ese primer tramo se cerró con “Dale salida”, aunque antes había tocado “Desierto”, y “Meteoro”.
Justamente me quiero detener en “Meteoro”. Porque ese tema pertenece al disco “Dark”, y si algo hubo de poco habitual en la intimidad de la noche de Ultra Bar, fue que lo ameno se sobrepuso a lo dark; como si la liviandad del verano se hubiese apropiado de repente de los espíritus de artista y público. Recuerdo que la última vez que vi a Gustavo Cerati sobre un escenario, en el Club Ciudad a fines de 2009, presentó a Richard riéndose porque había conseguido vestirlo de blanco. Me pregunto qué hubiera pensado Gustavo si ayer lo veía con camisa hawaiana (aunque en blanco y negro, tampoco era cuestión de quedar como Jim Belushi arreglando el jardín de su casa). La actitud de Coleman fue ante todo risueña. Tomándose el tiempo para contar anécdotas sobre el origen de las canciones, y con la playa como referencia en muchos de los casos. Visión nublada, estados alterados, “palitas” que mejor había que dejar afuera, y recuerdos de la arena del circuito Gesell, Valeria, Pinamar, que guarda el origen de algunas de esas canciones que tanto disfrutamos. Eso sí, en momentos como “Lluvia negra” (de Fricción), nos olvidamos de todo eso, y nos topamos con el Coleman oscuro que asimilamos hace ya buen tiempo. Y ya que nombré a Cerati, aprovecho para cerrar el párrafo contando que “En el borde” fue el último tema que Coleman tocó solo sobre el escenario.
Subió entonces Bodie Datino, quien aportó teclados y guitarras adicionales. A pesar del eclecticismo de la lista, el concierto llevó un prolijo orden, y ese momento fue el que le correspondió a “Siberia Country Club” con tres canciones: “Hamacándote”, “Jardines líquidos” y “Turbio elixir”. Luego una experiencia conocida, porque yo había estado en el mismo sitio en la presentación de “A song is a song”. Pero los covers no pierden su efecto, y aunque Coleman imagine a rockeros sureños persiguiéndolo impadiosos, su versión de “Midnight rider” de Allman Brothers es fantástica, y nos recuerda además lo bien que toca la guitarra. Y el “Changes” de Sabbath, una maravilla a la que Coleman sabe sacarle....bueno, iba a poner “brillo” como frase hecha, pero acá no corresponde. Digamos mejor que Coleman sabe extraerle toda su opacidad.
Para los temas de “Incandescente”, Richard se colgó la guitarra eléctrica, y abrió ese tramo con el tema que da el título al disco. Con esa canción me sucede algo particular: parte de mi verdadero oficio (al menos el rentado) es vender lamparitas. Por lo tanto que Coleman le otrogue carácter romántico a la luz de esos focos incandescentes ahora discontinuados, reemplazando a la repetida imagen de la luz de las velas, hace que me haya puesto a pensar que tal vez el tono romántico de la intimidad tenga menos que ver con los elementos dispuestos en el ambiente, que con la nostalgia de algunas tenuidades perdidas. Quien sabe si dentro de cien años, el romanticismo funcione a led, pero hoy la incandescencia paga. Siguieron “Perfecto amor” y “Como la música lenta”. Y en “Cuestión de tiempo” aconteció la paradoja de que lo que en el disco resalta acústico, aquí fue llevado por una guitarra eléctrica que, sin perder el encanto de la sutileza, le otrogó un sonido diferente (y ese teclado irresistible....).
Para despedirse, el almanaque volvió a invertir su orden. “A veces llamo” de Fricción, “Sádica” de Los Siete Delfines, y una versión del “Heroes” de Bowie, a la que se abocó en solitario y con una lap steel guitar. La gente pidió más, el clima daba para un regalo extra, y otra vez con Bodie acompañándolo, Coleman hizo “Sádica” de “Carnaval de fantasmas”. Y cerró con su versión en español de “Down by the river” de Neil Young, que de verdad estremece. No solo por la letra (Con ella pude cruzar el arco iris, ir relamente lejos. Bajando al rio maté a mi bella, bajando al río la asesiné), sino porque Coleman adopta a su estilo grave toda la frialdad de la original, y la vuelve cercana y palpable.
Gran comienzo para mi año musical, en un ámbito además que cada vez me resulta más cómodo. Quedarán casi doce meses para verlo a Richard Coleman con su banda completa, a la que además nos adelantó, que tiene ganas de bautizar. Veremos de qué se trata y como sigue la cosa.