miércoles, 6 de julio de 2016

Martes Indiegentes en Niceto - Valle de Muñecas, Bicicletas, Tan Frio el Verano, Usted Señálemelo

Esta fecha de los Martes Indiegentes en Niceto estuvo a punto de convertirse en un chiste de Les Luthiers, cuando (presumo que fue por ello) un partido de la selección en la Copa América la postergó para un miércoles. Por suerte (!) la burocracia municipal puso las cosas en orden: una fiesta con nombre de martes debe hacerse un martes y punto. Así que hubo que reprogramar, y entonces como Dios y Rodriguez Larreta mandan, la celebración ocurrió un martes.
Llegué a un horario en el que si se hubiese cumplido con la grilla anunciada, me hubiese dejado con muy poco de la primera banda, los mendozinos Usted Señálemeno. Considerando que uno labura al otro día, el retraso no deja de resultar un incordio, pero en términos de goce y descubrimiento musical, bienvenida la impuntualidad. Los chicos cuyanos deambulan en un electro pop, con algo de new wave, muy ochenta podría definirse a la propuesta. Van y vienen en los tempos, les gusta crear climas noise por momentos y de allí saltan al baile irresistible. Tocaron básicamente temas de su primer disco homónimo, algún estrena y tuvieron a Leo Garcia invitado en un tema. Hicieron un interesantísimo cover de “Tu nombre y el mio” de Lisandro Aristimuño y un poderoso “Cheques” del flaco Spinetta. Pero su principal virtud fueron convencerme con temas propios como “Plastilina” y “Fusión y fin”. Están grabando el segundo disco y estaré más que atento a las novedades.
El show de Usted Señálemelo se realizó en el lado B de Niceto. Del otro lado del tunel yo podía ver los reflejos en un los espejitos rectangulares de Tan Frio el Verano, la otra banda de la noche. Venezolanos ellos, afincado en Argentina, tienen una propuesta a la que le caben muchas etiquetas y a la que siempre le faltará una. Shoegaze, sí. Experimental, sí. Noise, sí. Ambient, sí. A ellos sí los había escuchado en su bandcamp y tenía muchas ganas de verlos en vivo, pero me enganché tanto con el primer show que poco puedo decir; llegué casi al final. Tocaron con sus rostros cubiertos con unas máscaras de ave rapaz y esos pocos minutos me alcanzaron para confirmar mis buenas impresiones digitales.
Las dos bandas de más trayectoria de la noche quedaron para el cierre. Primero fue el turno de Bicicletas, banda a la cual este blog le dedicó unos cuantos capítulos. Pues bien, la banda viene de celebrar su 15 años en San Telmo (evento que me perdí) y tal vez ese aniversario llevó a que el grupo recorra, dentro de un setlist acotado, temas de toda la historia de la banda. Abrieron con “Conversación” de Quema, y pegaron un lindo viaje al pasado con “Jueves” y de allí a lo último publicado por la banda hasta el momento: de “Magia amor locura animal”, “Buen muchacho”. Yo no los veía desde la presentación del disco, pero lo que percibí en la selección que eligieron anoche, que aquellas influencias de su paso por Mexico no están tan presentes en el Bicicletas del presente. Tocaron tres temas nuevos, y cada uno tiene una referencia a sus trabajos. Uno de las canciones remite a “Quema” (el tema que le da el nombre al disco lo tocaron hacia el final y fue uno de los puntos altos de receción del público, cita a “Rebel yell” incluida), otro tiene el beat de lo más bailable de “Magia, amor...” y el restante es otra cita a uno de los tópicos de la banda (además de la locura, los colores, los amigos y, por supuesto, el amor): la fiesta. Así como tocaron “Corre” del primer disco (“vamos a una fiesta en el bosque”) y “La gran fiesta”, llegó “La fiesta del zorro”, otro de los estrenos (el único al que le pesqué el nombre). Cerraron con otro clásico del primer disco: “Ojos”, paradójicamente uno de los primeros que había elegido tocar la última vez que pisaron el escenario de Niceto, allá por 2011. Por mi parte, la satisfacción de reencontrame con una de mis bandas preferidas del indie porteño, pero con el plus de las expectativas renovadas por lo nuevo que empieza a asomar.
Para el cierre quedó el show de Valle de Muñecas, del que tal vez sea del que menos tenga para decir. No por nada en particular, sino porque siguen adelante con “El final de las primaveras”, disco cuya presentación oficial tiene un detallado resumen un par de post atrás. Claro que no por eso voy a dejar de celebrar el reencuentro con canciones como “Las espadas del sol” y “Días de suerte” con las que abrieron el concierto. Dos contras tuvo el show de Valle de anoche: el horario, considerando el promedio de edad del público, que llevó a que más de uno relojee el celular y se retire silbando bajito, y la otra fue un volumen algo elevado de las guitarras, que no permitieron lucir del todo la voz de Manza. De la lista, poco para decir: muchos temas nuevos como “La cura y el dolor”, “La llave de los días mejores” e “Insomnio”, “Tormentas” (insólitamente alguien del público lo pidió después que ya lo habían tocado), algo de Menos que Cero y la energía de siempre. Las melodías que lucen bajo esa pared de guitarras y letras que van desde mínimas historias y guiños privados, hasta paisajes engañosos o que se deshacen en desierto, como en “1000 kilómetros”. Ese noise que no impide el impulso de seguir la letra como en un fogón. El cierre quedó a cargo de “La autopista que corre del océano hasta el amanecer” y “Vamos al cine”. Afuera todavía, después de más de cuatro días consecutivos, la lluvia decía presente, aunque bajo la forma de evidente despedida.
Para cerrar podría despotricar una vez más sobre la falta de apertura de un público que pareciera cerrarse a lo que le repite en la radio (quiero ser el dueño de tu corazón
en tu sillón..., verdad Bicis?) y sigue reservando a todas estas bandas maravillosas a pelear por rincones donde mostrar su música. Pero hoy no tengo ganas, que se vayan a cagar. Ellos se lo pierden.


viernes, 10 de junio de 2016

Calexico en Niceto

Decidí sobre la marcha ir al show de Calexico en Niceto. En realidad me enteré casi sobre la hora, la publicidad no abundó y una mano generosa que vendió a precio accesible una entrada de invitación me hicieron acreedor a un show al que me había resignado a perder. Pero me debía una revancha de mi ausencia en 2014, porque se trata de una banda que cuando la vi en La Trastienda, me había dejado con ganas de volver a tenerla enfrente.
La noche fria se prestaba para estar amuchados como de costumbre en Niceto pero la concurrencia no pasó de nutrida. La devaluación y el ajuste empiezan a mermar las convocatorias en los shows, y en las redes se empiezan a multiplicar las quejas para con los precios de las entradas. Pues bien, la cuestión fue que a la hora del show la concurrencia era respetable, pero distaba de la que el concierto ameritaba.
Empecé hablando de precios, renuncias y cuestiones sociales y no hay manera de no abocarse a la realidad de Calexico sin dedicar unas lineas a la amenaza de Trump. Claro, porque aunque la banda no haga de su paseo por los escenarios del mundo un alegato contra el magnate construyemuros, la comunión de la música del desierto de Arizona con los sonidos que llegan del otro lado del rio Bravo, lo vuelve una referencia inevitable. Alguna vez Milan Hlavsa dijo que sus Plastic People of The Universe jamás se habían propuesto hacer de su arte una proclama anti régimen, y que sin embargo habían sido perseguidos por la dictadura Checoslovaca porque lo que no podían aceptar era la libertad de la creación. Y en este caso, en definitiva, es otra vez el hecho artístico lo que incomoda y pone en jaque a los prejuicios de Trump. Es la música la encargada de borrar las fronteras que los fascista pretenden fortificar, y es la naturalidad con la que se expresa la que más expone la ridiculez de los prejuicios.
Calexico llegó a Buenos Aires para presentar “Edge of the sun” su último trabajo, pero la apuesta distó de reducirse a eso. Los de Tucson, que abrieron su show con “Frontera/Tigger” y es el drama y la desesperación del que busca salvarse cruzando la frontera aún a riesgo de dejar la vida lo que nos introduce en su universo. Y enseguida sí, el último disco con “Falling from the sky”. Para los que conocemos la carrera de la banda no nos sorprendemos como transitan de la cumbia a los sonidos del desierto texano. Sabemos de sus interminables referencias a Latinoamérica, que exceden lo rítmico y que se expresan en canciones como “Victor Jara hands”.
En lo que al show de anoche se refiere, comenzó en un clima íntimo que fue ganando en temperatura y que superó algunos escollos inesperados, como la rotura de la guitarra acústica de Joey Burns. Pero la sintonía con el público porteño se sintió desde el primer momento.
Calexico tiene una particularidad que para mí es su principal sello distintivo: la capacidad de transportar con sus sonidos al contexto que le dieron origen. Cuando suena el slide tiene el andar lento del viento desértico y cálido. Y las trompetas marichi en su estridencia llevan consigo el signo de una taberna en El Paso. La música retoma y profundiza el camino que abrieron Los Lobos y construye un repertorio que no se define por la fusión sino por la diversidad.
De los temas nuevos sonaron entre otros “Bullets & rocks”, “Cumbia de donde” (en el disco colabora Amparo Sanchez) y “Moon never rises”. Pero hubo lugar para todo, como “Sunken waltz”(otra vez el duro camino de alejarse de lo suyo para construir un destino en tierra ajena) y también “Soledad (cumbia en la mar)” de los también texanos Los Gallegos.
A medida que el show avanzó, no solo tomó mayor temperatura arriba del escenario sino también debajo. Las palmas, los bailes y los tarareos se sumaron a la banda, que con citas a Manu Chao y una violinista invitada sobre el escenario terminó por enamorar a su gente.
Para el final, con “Inspiración” (de “Carried to dust”) y una prolongada “Güero canelo” dejaron el escenario rápidamente con el sello de sus tips latinoamericanos preferidos. Un telón que se cerró veloz, las luces y la música de Bob Marley que ganó la pista de Niceto dejaron en claro que no había lugar para un regreso al escenario. Pero en los rostros de los músicos que abrazados se habían despedido unos minutos antes, quedaba bien en claro que el reencuentro ya comenzó su cuenta regresiva.





lunes, 18 de abril de 2016

Hamacas al Rio en Café Vinilo - Presentación de "Fresco"

La música y el clima. A mediados de semana la ciudad amaneció cubierta por una bruma londinense luego del paso de la británica Laura Marling. Parecía una puesta en escena perfecta. Ayer, mientras Hamacas al Rio presentaba “Fresco”, su reciente EP, la ciudad empezaba a recibir el aire del sur que además de bajar la temperatura, promete terminar con dos semanas de humedad pegajosa. Es así, a veces se da que todas las piezas encajan a la perfección, porque claro, además era noche de domingo y la calidez e intimidad del Café Vinilo invitaban a escuchar música en las mejores condiciones.
Los que siguen este blog saben de mi debilidad por la banda de Laura Ciuffo y Fernando Bellver, así que su regreso no podía ser mejor noticia. Mis vacaciones me había privado del primer show del año, pero la balanza se equilibró cuando en mi regreso como público pude asisitir a la presentación oficial de las nuevas canciones, publicadas únicamente en formato digital.
Llegué con los deberes hechos y las cuatro nuevas canciones oidas un par de veces, pero teniendo en cuenta que no las presentaron todas juntas, sino mechándolas dentro de un setlist que recorrió toda su carrera, voy a ir dando mis impresiones haciendo el mismo recorrido propuesto por la banda.
El show abrió con “Cuando” del primer disco que ya lleva una docena de años de publicado y que sigue siendo mejor punto de referencia para iniciarse en el universo de Hamacas. El mundo íntimo contado desde una perspectiva personal, a veces tímida, a veces en tono confesional, pero siempre envuelta en melodías amigables, que sugieren escenas y paisajes, y seducen desde los arreglos y la preciosa voz de Laura. Por eso, reencontrarse en vivo con bellezas como “El mismo invierno” no pudo resultar otra cosa que una experiencia reconfortable.
Luego del parate motivado por maternidad (y paternidad en este caso) mi curiosidad iba dirigida a cómo ese hecho se haría un lugar en las letras y la temática de Hamacas. Y es facil de advertir en “Zoo”, primer tema nuevo que tocaron, cómo las mismas palabras habituales reorganizadas en función de la experiencia, cobran un sentido nuevo. En esta y en otras nuevas canciones, el mar, el invierno y ese caractertístico “mi”, que expresa un mundo interpretado desde la primera persona, encuentran la forma de concretarse en un sentido diferente. Aquí la palabra clave es puente, en una canción tan facil de salir tarareando, que enternece.
El café Vinilo admite el show electrificado a volumen controlado, y en ese contexto la elección de las canciones resultó adecuada. Tal vez algunas como “Otra forma” y en especial la intensidad de “En el aire”, requerían de menos límites para lucir en su mejor forma, pero de todas maneras encontraron hacerse un lugar destacado en la noche. El show que se dividió en dos tramos, cerró su primera parte con “Al final, el parque” del disco homónimo de 2010.
La seguda parte abrió con “Fresco”, otro de los temas nuevos y que linkea directamente con “Zoo”. Acá son el vuelo y la mañana las que se resignifican y en el “todo es nuevo para mí” se resume el sentido de otra melodía pegadiza. Luego, “Lleva el mar” devuelve inmediatamente a Hamacas al Rio al mundo íntimo, en un tema que parece salido de “Mitad de Junio”. Y otra vez al pasado. “Seis soles”, con un destacado coro a cargo de Florencia Salmon, el hit “Sin decir” y una de las viejas canciones que más me gustan y que el público mejor recibe: “Campanas”.
“A la luna” es tal vez la canción nueva que necesita más oidas para aprehenderla, pero enlaza con aquellos dos primeros discos de la banda, y son los arreglos los que la terminan por redondear otro gran tema. Por eso la despedida con la intimidad desnuda de “Mitad de Junio” resultó un enlace perfecto. Aunque claro, “Un nuevo amor” y sus aires de bolero, enmarcó como bis la despedida definitiva en un tono mucho más luminoso y optimista.
Había que volver a la calle. Y si al principio lo de “Fresco” me remitió al clima y al termómetro, al escuchar las canciones en escena la sensación que me llevé no fue de fresco sino de frescura, en el sentido más aliviador de la palabra. Hamacas al Rio promete más shows y seguro el regreso traerá consigo más nuevas canciones. Será cuestión de estar atentos.



jueves, 14 de abril de 2016

Laura Marling en La Trastienda

En mayo se van a cumplir cinco años de la primera visita de Laura Marling a Buenos Aires. En aquella oportunidad vino a formar parte de un festival y en una de las fechas le tocó telonear a Jack Johnson. Sin embargo se había reservado un encuentro ínitimo con sus fans en el Samsung Sutdio en donde nos regaló una docena de canciones. Fue aquella vez cuando un puñado de personas apiñadas frente a un escenario, cuando comprobamos la madurez de una artista que parecía haber nacido con ella. Laura tenía por entonces 21 años y sin embargo cantaba como si tuviera diez vidas vividas por contar.
Estamos en 2016 y a esta altura la británica parece haber superado hace rato cualquier tipo de prejuicio y carga que pudieran haberle significado las calificaciones que fue recibiendo a lo largo de su carrera. El aporte económico que supone su familia de título nobiliario, y la facilidad con la que llegó a grabar su primer disco (“Alas, I cannot swim”) de la mano de Charlie Fink de Noah and the Whale, su pareja por entonces, entran en la columna de los prejuicios. Que a los 18 años se haya hecho referencia a ella comparándola con Joni Mitchell puede significar para una joven apenas dejando la adolescencia una (usando una expresión de moda) más que pesada herencia.
Sin embargo Laura Marling atravesó todo. Convivió con noviazgos de alta exposición (Marcus Mumford), despedazó a los prejucios a fuerza de canciones maravillosas, siguió ganando premios y cosechando elogios, y u día a los 23 años dijo estar cansada, amenazó con dejar la música, y como si aquellas comparaciones con Joni Mitchell le hubieran guionado un recorido, se fue a vivir a California.
Dos años después reapareció con “Short movie”, un disco que la devolvió con algunos pequeños cambios: la aparición de algunas guitarras eléctricas en sus canciones, el pelo corto y unos leves tonos aterciopelados en su voz, que le aportan cierta gravedad a las nuevas canciones. Hasta acá un resumen de todo lo previo y la expectativa que singificaba su regreso al país (en sus tiempos californianos y anunciando un plan de moderada vida nómade, alguna vez nombró a Argentina como posible lugar de residencia). Pero anoche estuvimos otra vez cara a cara con ella, y eso es lo que vengo a contar.
Es cierto que la inflación ha mermado el poder adquisitivo y que la devaluación aumentado los precios de las entradas para poder ver a artistas internacionales, pero yo le adjudico que anoche La Trastienda haya estado apenas a la mitad de su capacidad, a la paupérrima campaña de prensa alrededor del show. Aún así éramos unos cuantos más que en aquel 2011 los que nos vimos sorprendidos cuando con una puntualidad digna de su procedencia, Laura Marling salió al escenario acompañada apenas por un contrabajo y una batería.
El concierto fue breve e intenso. Comenzó con la sucesión de cuatros temas que abren “Once I was an eagle”, su trabajo anterior de 2013: “Take the night off”, “I was an eagle”, “You know” y “Breathe” y que interpreta a modo de suite. Recién después saluda levemente, sosteniendo una postura parca sobre el escenario que intentará sostener durante todo el concierto. Y si digo intentará, es porque un par de exaltados elogios conseguiran quebrarla durante un par de momentos de la noche, y arrancarle una sonrisa y hasta “charming man” como devolución al elogio. Pero esa actitud auténtica y transparente hace a su escencia: cuando Laura Marling canta sus canciones expresa cada uno de sus sentimientos que motivaron los versos que va cantando. Por ejemplo en “Short movie” (primer tema nuevo que cantó, a continuación de la magnífica “Master hunter”), cuando sus gestos acompañan una rabia resignada que confiesa “estoy pagando por mi error y eso está bien”.
La guitarra eléctrica estuvo ausente y tal vez por eso no hubo tantos temas de “Short movie” en el setlist como uno esperaba. De todas formas hay una conexión entre todas sus canciones que no produce quiebres en los climas, más de los que la propia Laura pretende darle al show. Si bien sus agudos son los que remitieron de entrada a Joni Mitchell, su procedencia, y la riqueza y colorido de su voz me llevan inmediatamente a pensar en Sandy Denny. Y además Laura es una gran guitarrista capaz de orientar sus canciones hacia la melancolía de un Nick Drake, y tambiér hacer que sus temas suenen como para que uno sienta que bien podrían haber formado parte de Led Zeppelin III (“The muse”, por ejemplo)
A la hora de las versiones escuchamos la previsible (porque suele formar parte de sus shows) “Do I ever cross your mind” de Dolly Parton, y la inesperada “Up to me” de Bob Dylan. De las suyas celebramos mucho la blusera “Ramblin man” y las melancólica “Once” y “Sophia”. Laura recordó su paso anterior por Buenos Aires (que incluyó la grabación de un video), preguntó por cuántos presentes anoche habíamos estado aquella vez, y en ese desenvolvimiento se sobrepuso a cierta timidez que le noté en aquella primera visita. Y hasta se animó a estrenar un tema.
Al cantar versos como “You must let me go before I get old I need to find someone who really wants to be mine” (“I feel your love”), Laura expone toda su fragilidad. Pero quienes la seguimos sabemos que eso bien puede resultar aparente, y que también es capaz de afirmar que “Woman alone is not a woman undone” (“Daisy”) y que allí florece la mujer dispuesta a no dejarse arrastrar más allá de cualquier pretensión ajena.
Para el final de un show de apenas una hora y diez minutos, Laura Marling eligió despedirse con “How can I”, tal vez la canción que mejor expresa su periplo californiano y el regreso a su música y su tierra. “Me gustaría ir a cualquier parte contigo. Voy a ir cuando me preguntes: cómo puedo vivir sin ti?. Voy a volver al Este donde pertenezco, pero cómo voy a vivir sin tí?”. Teñidos por esas palabras, cubiertos por esa melancolía tierna y dura a la vez, volvimos a las calles de San Telmo. Si alguien cree que la niebla con la que amaneció esta mañana Buenos Aires nos tomó por sorpresa, se equivoca.


sábado, 9 de abril de 2016

Valle de Muñecas en La Trastienda - Presentación de "El final de las primaveras"

“El final de las primaveras”, el último trabajo de Valle de Muñecas se publicó, haciendo honor a su nombre, en Noviembre del año pasado. Pero la presentación quedó para cuando la primavera recién empieza a hacer pie, pero en el hemisferio norte. Sin embargo este hecho no pareciera ser caprichoso.
Jan, el protagonista de “El malentendido” de Albert Camus, le dice a su descreída hermana Marta durante una charla algo así como que “el otoño es una segunda primavera, donde cada hoja es una flor”. En la obra la frase se afirma en una mirada optimista de la vida y sugiere una apuesta a las segundas oportunidades. Fuera de contexto, las palabras que Camus pone en boca de Jan bien podrían remitir a un elogio de la madurez. Y precisamente esa fue la primera sensación que me quedó del show que Valle de Muñecas ofreció anoche en La Trastienda: madurez. La madurez de una banda asentada hace rato, pero también del disco, maduro en su concepto, con cada canción expresando el máximo de su potencial en escena. Y también maduro en los oidos del público, que recibió la música con más júbilo que sorpresa.
Por ese motivo si tuviera que resumir el show de Valle de Muñecas de anoche, diría que más que una presentación, asistimos a una celebración del disco. Y si de puro rebuscado fui capaz de meter a Camus en la crónica de un show del indie porteño, redoblo la apuesta y lo meto también a Stravinsky: digo entonces que asistimos a la consagración de “El final de las primaveras”.
Para mí la noche arrancó extraña. Amagaba a llover todo el tiempo. El horario del show me permitió una pizza casera antes de partir. Debuté en el 4 con el nuevo precio del pasaje. El colectivo casi no se detuvo en ninguna parada, con lo cual de salir ajustado, terminé llegando a San Telmo con tiempo de sobra. Y eso me permitió presenciar la salida del público del show anterior: las insólitas “Noches sabineras”, que vienen a ser algunos de los músicos de Sabina, pero sin Sabina, cantando canciones de Sabina. Algo así como una reunión de Punch sin Miguel Cantilo (!). Mi yo lombrosiano, además, detecto al sector más arjonesco del público del andaluz.
Aunque voy a hacer solo una mención al pasar, si el inicio del post incluyó cita literaria, no puedo dejar de contar que mientras buscaba un trago en la barra, El Principe Idiota abrió la noche con cuatro o cinco canciones acústicas. La Trastienda no estaba muy poblada a esa hora (después sí llegó más gente), y yo me preguntaba que cómo era posible. La expectativa era grande, los medios del palo le dieron amplia difusión al show (Valle de Muñecas llegó a ser tapa del suplemento joven de Clarin) y las entradas no eran caras. Evidentemente hay un público al que no le interesa expandir sus gustos, concluí. Un público conservador que parece darle más la razón a los Alejandro Medina que a los Alfredo Rosso. En realidad, es muy pobre esta explicación, y solo pretende dar cuenta de la, por lo general pasajera, impotencia que me produce saber que estamos ante un momento tan rico del rock argentino y ver lo cuánto que le cuesta trascender. Pero durante un momento estuve indignado y quería contarlo.
El show arrancó como el disco, con “Las espadas del sol” y al principio creí que iban a tocarlo completo y en orden. Pero no. “Días de suerte” y “Dejadez” fueron las encargadas de sacarme rápido esa idea de la cabeza. “Una brisa fugaz y el zumbido del mar en las entrañas”, esos versos bien podrían resumir el concepto de la música de Valle de Muñecas: el zumbido de las guitarras y la brisa que significan las melodías sobre ese sonido eléctrico. El disco nuevo tiene mucho del anterior (“La autopista que corre del océano hasta el amanecer”), pero sin embargo no es tan facil de asimilar. Algo anduvo diciendo Manza acreca de esto en los medios. Tal vez dando lugar más a su mirada de productor que de músico, dio en el clavo en las dos características fundamentales que distinguen a “El final de las primaveras”: las guitarras de Fernando Blanco y el carácter algo más exigente del álbum, a la hora de degustarlo.
El esquema del show consistió en idas y vueltas a lo largo del disco y del resto de la discografía de la banda. “El final de las primaveras” (la canción) pasa de una voz quebrada a una explosión noise envolvente. “Reinvención” sostiene ese mismo esquema aunque en un andar melódico más ameno. De las nuevas, “Una hoja en blanco” y “Las cosas perdidas” fueron las mejor recibidas. En “Esta vez” un único haz de luz ilumina la cabeza calva de Manza que le canta una despedida confidente. Y “Sábados” y “Ni un diluvio más” ganaron entre los clásicos más festejados.
A la hora de citar a Menos Que Cero, Manza eligió la inesperada “Cartas” y después la punkie “Recuerdos del invierno”. Y de allí, de esos días de lluvia y viento que recuerdan a los inviernos que se van, uno puede intuir el comienzo de esa primavera a cuyo final le estábamos cantando. Porque como dice “La llave de los días mejores” que le siguió: nada sucede al azar.
Para el final quedaron “La soledad no es una herida” y “Gotas en la frente” para que la comuníón entre la banda y su público sea absoluta. Y un tramo de bises a la medida de fans de la primera hora con “Rutina especial”, “Regresar (a traves de la noche)” y una despedida definitiva con “Vamos al cine”. Otra vez la suerte, esta vez como guía de una caida inevitable, dice presente en universo Valle de Muñecas, para darle cierre a una noche que tuvo en el afuera un guiño cómplice: la llovizna que aumentaba su caudal disfrazaba el clima de una típica primavera porteña en retirada. Claro que el otoño bien podría reclamar con justicia también esa puesta. Pero que se arreglen entre estaciones, yo me quedo con la música. Que de flores y hojas secas, se ocupe Camus.


domingo, 3 de abril de 2016

Enrique Bunbury en el Luna Park - Mutaciones Tour 2016

“Hoy amanecí con los puños cerrados, pero no lo tomen al pie de la letra, es apenas un signo de perseverancia”. Así comienza “Otra noción de patria”, el poema de Mario Benedetti al que Enrique Bunbury le pidió prestado el primer verso para su caótica y desesperanzada visión de su España, en “Iberia Sumergida”. Música que nació a mediados de la década del '90 pero a nadie que esté un poco atento a las noticias le pasará desapercibida la actualidad de aquella descripción. Allá en Iberia, y ahora, después de unos años de respiro, también por estos pagos. Pero además, y desde ya sin que medie intención posible, el poema de Don Mario habla de perseverancia, y esa condición sirve muy bien para adjetivar al artista zaragozano más latinoamericano que jamás haya existido. Un artista que sin perder jamás su impronta no se conforma nunca, no se detiene en las búsquedas y lleva su forma de vida al escenario con sincera fidelidad.
Anoche, el del Luna Park era un concierto especial: por lo general Enrique comienza sus giras en el norte y llega al país al final del recorrido. Esta vez Córdoba y Buenos Aires fueron la plataforma de lanzamiento para el “Mutaciones Tour 2016”, la expansiva concreción sobre el escenario del Unpluged (que en verdad no lo es tanto) en MTV, cuyo testimonio grabado se publicó como “El libro de las mutaciones”. Ese reencuentro y replanteo de su obra llegó como nunca a una etapa a la que Bunbury ha recurrido en su etapa solista solo en ocasiones esporádicas: las canciones que grabara con Héroes del Silencio. Sin nostalgia y con apenas una leve cuota de inevitable melancolía, el reencuentro de Bunbury y esas canciones con el público porteño, concretó una enorme fiesta en donde la memoria y las gargantas, fueron las destacadas de la noche.
Se trata de una etapa extraña y novedosa en la carrera de Bunbury, porque además de apelar como pocas veces al repertorio de su banda madre, viene de publicar “El camino más largo”, el rockumental de Alexis Morante, en donde deja ver su intimidad (en el marco de una gira norteamericana) como nunca antes.
El repaso, tal cual lo advertía el programita que repartían en la entrada, no sería parejo. Así que mientras “El club de los imposibles” cita al Bunbury más bohemio, “Destrucción masiva” se corre al tramo más apocalíptico de “Palosanto”. Y el cover de Raphael, “Dos clavos en mis alas”, es el único tema nuevo en esta etapa. Pero claro, los fans esperaban el viaje al mundo Heroes.
Si bien los temas grabados en MTV daban algunas pistas, fueron varias las sorpresas. Y a primera vista lo que yo noté fue que las canciones elegidas fueron las que más explícitas referencias literarias tienen. Alejandro Casona en “La sirena varada”, la decadencia de Baudelaire en “Avalancha”, William Balke para “El camino del exceso”. Esas fueron algunas de las primeras citas. En el medio “Porque las cosas cambian”, con los reflectores tiñendo el escenario de amarillo. Ironías del destino.
En escena Bunbury sigue siendo el mismo de siempre: una cruza de Daltrey y Jim Morrison, con movimientos de torero. Su banda, Los Santos Inocentes, es una extraordinaria conjunción de buen gusto y energía rockera, aunque este último atributo no estuvo tan presente anoche como en las últimas visitas. El escenario estaba adornado por una especie de serpientes aztecas luminosas, que le daban un toque místico a la puesta.
A la hora de los nuevos arreglos a las canciones de Héroes del Silencio, “Iberia...” adquirió una cadencia reggae, y en un principio se nota que el encargado principal de revestirlas es Jorge Rebenaque desde los teclados. Es él el responsable del leve toque funk en “El camino del exceso” y del rythm & blues más puro para “Avalancha”, donde además se destaca el slide de Jordi Mena. Pero al margen de los esfuerzos, la efusividad con la que el publico cantó esas canciones, tapó cualquier pretensión a la hora de degustar los nuevos sonidos.
“Que tengas suertecita” primero y “Alicia (expulsada al país de las maravillas)” dieron paso a un momento del show donde Los Santos Inocentes se pusieron el traje de El Huracán Ambulante. Rebenaque tomó el acordeón y sonaron “El extranjero” e “Infinito”. Curioso momento el de parte del público, que al cabo de gritar eso de “los nacionalismos, qué miedo me dan!” pasó a cantar “el que no salta es un ingles”. Pero bueno, era dos de Abril y había que meter Malvinas por cualquier hueco. “El hombre delgado que no flaqueará jamás” (esos temas donde Los Santos Inocentes rockean a lo Heartbreakers) y “Despierta”, fueron las encargadas de encaminar el show hacia el final.
Llegó “Mar adentro”y ese amor que cambia de labios, y que muestra al Bunbury más hedonista. Y la gran sorpresa de la noche, con tal vez el mejor tema que Bunbury haya compuesto jamás: “Maldito duende”. Versos nacidos bajo la percepción reconvertida por los efectos de las drogas, cuya letra fue cantada de tal forma, que poco podré decir de cualquier nuevo arreglo que Bunbury haya pretendido. Y si se trata de soledades y suspensiones, el cierre dejó de lados las citas literarias de Héroes del Silencio, para su gran tributo a Bowie, y su propia reinvención de la historia de Major Tom: “Lady Blue”.
Los bises constaron de dos tramos de tres canciones cada uno. El primero empezó con “Más alto que nosotros sólo el cielo”, siguió con “El rescate” de “El viaje a ninguna parte” y cerró con otro clásico a viva voz: “La chispa adecuada”, o como diez mil personas le cantan a un desamor con, otra vez, versos prestados de Mario Benedetti.
Pero fue el segundo regreso el que evidentemente estuvo craneado como despedida. Dos temas de “Las consecuencias”: “Los habitantes” y “De todo el mundo”, una especie de auto plegaria en la que Enrique se confiesa, como si hiciera falta, un espíritu libre. Y por último, el vals de “Flamingos”, “...y al final”, tema que parece ideado para una despedida definitiva en los mejores términos, pero que en su tono ameno, en la relación de Bunbury con su público, pareciera dar puntapié a la melancolía que perdurará hasta el próximo encuentro.

La gira recién comienza y habrá que ver si Enrique Bunbury la armó como una retrospectiva inalterable, o si guardo gemas para ir corrigiéndola o renovándola al cabo de su continuidad. Por lo pronto, en Córdoba y en Buenos Aires la lista fue la misma, y por el momento lo que los porteños podemos decirle al resto de Latinoamérica es que preparen sus gargantas. Las van a necesitar.





jueves, 17 de marzo de 2016

Noel Gallagher's High Flying Birds en el Luna Park

Oasis y el Luna Park. Allí sucedieron en 1998 los primeros conciertos de los mancunianos en Argentina, y allí volvió Noel Gallagher para realizar su segundo concierto con los High Flying Birds en el país. Pero además en mi caso particular, tiene un punto más de coincidencia. Allí estaba yo viendo a Crosby, Stills and Nash cuando Noel daba en GEBA su primer show argentino de su estapa post Oasis.
Allí llegué en lo que será mi único contacto con la edición 2016 del Lollapalooza local, a este evento anunciado en una segunda etapa de side shows (fueron muchos más este año, por lo general eran tres). Y aunque el Luna Park no estaba repleto, sí había mucha gente, puesto que los fans no se conforman con los 45 minutos que tendrá Noel para hacer los suyo el sábado en el Hipódromo de San Isidro.
De la previa mucho no puedo decir, escuché el partido de River hasta donde pude, así que me abstraje por completo de un clima que tampoco estaba demasiado exaltado. Pero cuado apagaron las luces y empezó a sonar de fondo “Shoot a hole into the sun”, mientras la banda se acomodaba en el escenario, para dar comienzo al show con “Everybody's on the run”, uno de los cortes que más sonaron del disco debut de la banda, todos mis sentidos estaba puestos allí. Y a partir de allí, y tal vez con el espíritu festivalero con el que llega al país, se sucedieron unas veinte canciones, la mitad de las cuales fueron temas de Oasis.
Noel Gallagher suele afirmar con altanería (perdón por la obviedad, pero no quería dejar afuera el adjetivo) que Beady Eye es la banda que hubiera sido Oasis si no lo hubiesen incorporado a él. Entonces haciendo el juego inverso, lo que a mí me interesaba era ver cómo sonaban sus High Flying Birds sin sus ex compañeros. Y lo que me encontré ya de entrada fue con una banda mucho más cruda en vivo de lo que suena en los discos, y que esa característica lo arrima inevitablemente a su anterior banda. “Lock all the doors” es en ese sentido el mejor ejemplo, porque aunque “In the heat of the moment” también se diferencia en vivo de la energía de la versión de estudio, no alcanza el pico de distosión eléctrica de su predecesora.
La escenagrafía no tuvo ninguna pretensión. Apenas las iniciales de la banda (NGHFB) al fondo del escenario y solo el colorido de la mesa soporte de los teclados de Mike Rowe se destacaba en escena. Incluso no hubo imagen adicional alguna; las pantallas laterales del Luna Park se apagaron cuando comenzó el show y ya no volvieron a encenderse.
En ese primer tramo la cuestión avanzó en términos amenos entre banda y público. Ni siquiera la suavizada interpretación de “Fade away”, un lado B de Oasis, cambió la tónica. Sin embargo todo cambió apartir de una excelente versión de “The death of you and me” (yo no puedo dejar de emparentarla con “The importance of being idle”, pero puede que sean solo cosas mías) con los vientos arremetiendo estridentes, otorgándole a esta banda de Noel el principal sello distintivo en comparación con la que compartió con su hermano.
A los que cantaban “solo les pido que se vuelvan a juntar” (tibio canto que surgió desde el campo y no terminó de prender nunca en el resto del estadio), Noel les respondió cantando “You know we can't go back”. Sin embargo el espíritu de Oasis se hizo presente con una dispar selección de clásicos y lados B. Salvo “If I had a gun”, todo fue de aquella banda promediando el concierto: “Champagne supernova”, “Sad song”, “D'yer wanna be a spaceman?” (dedicada sin mucho convencimiento al Papa Francisco) e incluso en una especie de fogón improvisado al que podría llamar “Noel by request”, hizo sonar su guitarra para que la gente coree la primera parte de “Live forever”. Preguntó por quienes iban el sábado al Lollapalooza y las manos alzadas de los que sí iban y los que no, fueron bastante parejas en cantidad.
Hasta el final del show con “The masterplan” la noche había adquirido un clima más festivo por parte del público. Tim Smith se destacó en “The mexican”, aunque su aporte es notable a lo largo de todo el show, y resulta bastante más que un repetidor de los arreglos de Gem Archer a la hora de los clásicos. Y en el final de “Champagne supernova” sus punteos conviven con la gente coreando a la argentina el fraseo. Como postal final, en la voz acumulada de miles de fans, el “we're all part of the masterplan” cobra un sentido casi épico, y termina por ser un excelente cierre para un concierto que mantiene la característica de los de Oasis: breve, compacto y contundente.
La experiencia del público en materia de recitales hace que siendo tan obvio un set de bises, ya nadie se preocupa mucho en batir palmas para convencer a ningún artista de que regrese al escenario. Así que el reingreso de Noel y los suyos al escenario fue saludado con entusiasmo, pero ya no es esa exclamación corolario de una griterío durante cinco minutos interminables, ni mucho menos. Y en esos bises, aunque fue casi todo de Oasis (“Listen up” y un “Wonderwall” apenas cambiado para que los versos que uno repite de memoria se desacoplen de la voz del artista en escena), llegó lo que para mí fue lo mejor de la noche, con “AKA...what a life!”. Y si uno piensa que Noel Gallagher pisó por primera vez Argentina como plomo de los Inspiral Carpets, el sonido de su banda hace justicia con la influencia que mamó por aquellos años, y de alguna manera cierra un círculo propio con estas tierras.
A poco de anunciar su separación, los Oasis brindaron un extraordinario concierto en River, en donde las tensiones latentes en la banda quedaron más expuestas que nunca y le otorgaron al show un condimento extra que en lugar de menguar su energía, no hizo otra cosa que potenciarla. Pero a la hora del set de Noel, Liam abandonó el escenario, y casi que aquel acústico “Don't look back in anger” se transformó en el lanzamiento de su etapa solista (aunque después haya armado su banda y no lo de solista no haya sido tal). Anoche en el cierre, el tema sonó “a la Oasis” a banda completa y el único punto de contacto con aquella versión fueron las gargantas exigidas al máximo para acompañar a Noel en la despedida.
Quedará por ver qué sucede en el Lollapalooza y en términos del espacio breve que le dieron (45 minutos), qué elige Noel recortar de su show de anoche para presentarse el sábado en San Isidro. Pero de lo que uno puede estar seguro es que a la hora de atesorar este paso por el país, los fans de Noel Gallagher elegirán este encuentro más “íntimo” como mejor recuerdo. Por mi parte, y como conclusión de la experiencia, la performance en vivo de los High Flying Birds hizo que a la hora de escucharlos en el futuro elija más grabaciones en vivo y menos sus discos de estudio, y fundamentalmente, que extrañe mucho menos a Oasis.


viernes, 4 de marzo de 2016

John Cale en el Teatro Opera

“Nada se pierde ni se gana, sin embargo las cosas no son las mismas entre vos y yo. Mantengo mi estrecha vigilancia sobre este corazón mío”. La voz grave le agrega un tono todavía más agobiante al poema. El tipo está seguro de lo que dice. Está seguro de esa vigilia intensa como de cada una de sus obsesiones. Tanto es así que el tipo grabó “(I keep a) close watch” en “Helen of Troy" a mediados de los '70. La volvió a grabar en “Music for a new society”, el oscuro manifiesto que lo introdujo en los '80. Y la canción vuelva a estar presente en el reciente “M:fans”, la recreación y reinvención de aquel “Music for...” que este señor galés acaba de publicar. El tipo termina de cantar, saluda moviendo apenas la mano a un público que se agolpó cercano al escenario, y se va dando pasos cortos, casi arrastrando los pies. Lleva puesto un saco negro con la espalda dividida al medio en un damero negro y blanco, viste bermudas y unas Converse sin medias. Tiene 74 años y acaba de dejar en claro que su vitalidad no se expresa en el estado físico de un Mick Jagger, sino que reside en su extraordinario arte. En esas canciones sombrías, crueles, brumosas que forman parte de una carrera de 50 años que expuestas sobre un escenario revelan su vigencia en la capacidad de reinvención. La gente se quedará unos minutos esperando un bonus que no llegará nunca, y un telón bordó que cubre el escenario derrumbará las últimas esperanzas de los fans. John Cale acaba de terminar el primer show de su vida en Argentina.
Está claro que John Cale no tuvo en su etapa solista la repercusión de su principal ex compañero de banda. Tampoco la buscó, está claro. Pero en un mundo que ya no tiene a Warhol ni a Lou Reed, este sobreviviente de la inquieta y provocadora vanguardia neoyorquina de fines de los '60 se encarga de mantener vivo aquel espíritu con un encomiable esfuerzo intelectual. No claudica, no se detiene, mantiene su mente abierta a los sonidos nuevos y los incorpora expandiendo el alcance de cada una de sus inquietudes. Anoche en el Teatro Opera John Cale reveló la vigencia de un movimiento cuyo inconformismo reside en negarse a la cortesía y que apela a la repetición solo con el objeto de prolongar y robustecer la perturbación.
El show repasó toda su carrera solista. Apenas hubo una sola cita a Velvet Underground con una versión electrónica y densa de “I'm waiting for the man”. John Cale cantó con su voz cavernosa, que se mostró en buen estado aunque le costaron algunos agudos y el aire le faltó en las frases estiradas (en “Ship of fools” especialmente). Tocó teclados durante la mayor parte del show, y estuvo acompañado por un guitarrista cargado de efectos, y un baterista que también tocaba teclados y disparaba programaciones. El show abrió con “Time stand stills” y tuvo un comienzo en donde la electrónica se sostuvo en un síncope lento y sugerente, emparentado con el trip hop. “The endless plain of fortune” y “If you were still around” fueron algunos ejemplos. Hubo momentos más densos e hipnóticos como en “Coral moon”, y un pulso más marcado y sostenido en temas como “Hemingway” y “I wanna talk 2 you”, ambas de “Shifty adventures in Nookie Wood” (2012), un disco extraordinario que muchos pasaron injustamente por alto. En la versión grabada de este último tema, participa Danger Mouse.
En ese contexto de tonos oscuros, reforzado por una iluminación violácea que lo acentuaba, “Ghost story” sonó engañosamente amena, clima que se prolongó en “Things” con Cale en guitarra acústica. El “sleeping in the midday sun” de “Buffalo ballet” lo repetimos como mantra susurrando obedientes, y la banda mostró los dientes en la electricidad punzante de “Catastrofuk”. Pero el clima inquietante y tenso que sostuvo el show puede resumirse en un “Fear is a man's best friend”, que resulta toda una declaración de principios.
Para el cierre, Cale tomó una guitarra eléctica y lideró su banda para cerrar la noche con “Gun” y “Pablo Picasso”, el tema que The Modern Lovers grabara bajo su batuta, y que él mismo grabaría en “Helen of Troy”. Luego regresó solo para “(I keep a) close watch”, único bis de la noche, y una espera ansiosa por ese regalo extra que no llegaría nunca.

“The holy dark was moving too and every breath we drew was. Hallelujah” No, John Cale no cantó anoche su versión del clásico de Leonard Cohen. Pero el universo siempre entrega pistas para que todas las piezas encajen en su sitio. Y ahí están entonces esos versos del monje canadiense que describen mejor que nada lo que anoche sucedió en el Teatro Opera.

sábado, 20 de febrero de 2016

Rufus Wainwright en el Teatro Colón - Prima Donna

 Rufus Wainwright canta su desencantada pintura de América en “Going to a town”. América claro, es Estados Unidos. “Demasiadas decisiones equivocadas en el pasado reciente” dijo Rufus acerca de ese tema que ya tiene casi diez años de publicado. Y la habilidad del mitad canadiense, mitad neoyorquino para que un desencanto amoroso se vuelva un descripción de la desilusión de toda una época es casi tan admirable como su voz y esas melodías de pop barrocas que lo llevaron, entre otras tantas cosas, a que como citaba el programa del evento, Elton John lo declarara el compositor vivo más grande de este tiempo. Rufus canta el primer tema fuera de programa sentado al piano con su capa bordada de dorado mientras la orquesta del Colón decora la melodía, agregándole sonoridad, elocuencia y también, por qué no, glamour.
La noche había empezado bastante antes. Porque la propuesta era de por sí original. En primer lugar se interpretaría la primera ópera compuesta por Rufus Wainwright llamada “Prima donna”, y luego sí aparecería una selección de su obra más conocida por el público que lo sigue. Y en aquel comienzo Rufus Wainwright solo limitó a entrar al escenario para presentar a Bernanrdo Teruggi, director de la orquesta, y las tres voces que le darían vida a la obra: la mezzosoprano Guadalupe Barrientos (en el papel de Regine St. Laurent), la soprano Oriana Favaro (Marie, su criada) y y el tenor Carlos Ullán (el periodista).
La ópera no es lo mio así que mi crónica de esa parte del show no va a ser muy minuciosa desde lo técnico. Voy a decir, eso sí, que la pretensión de “obra de arte integral” es tal vez demasiado ambiciosa. La historia inspirada por una entrevista filmada a Maria Callas en Paris, versa sobre una Prima Donna retirada, que intenta retornar a los escenarios y recuperar la gloria de antaño. El amor, el paso del tiempo, Paris y la fama son algunos de los tópicos de la ópera, en donde el periodista y crítico insidioso y conspirador, resulta el malo de la película.
La orquesta ocupa todo el escenario, las tres voces líricas al frente y sobre el fondo se proyectan imágenes que remiten a Maria Callas, y durante el aria final se proyecta un corto en donde Cindy Sherman filmada por Francesco Vezzoli indaga sobre el culto a la diva. Esta condición audiovisual es la novedad para esta puesta de la obra cuyo estreno data de 2009. Hasta allí la reacción del público fue calma, respetuosa, pero se notaba que la parte que todos habíamos ido a buscar era la segunda. Solo diré para terminar que a pesar de encuadrarse en una ópera moderna, en varios tramos de la obra se pudo apreciar rastros de la lírica que caracteriza a las composiciones de Rufus.
Tras un intervalo de unos veinte minutos en donde un piano fue acomodado al frente del escenario y se colocaron un par de micrófonos (uno para cuando Rufus estuviera en el piano, y otro de pie), la orquesta retornó al escenario y Rufus Wainwright comenzó el set solista con la lejana y melancólica “April fools”. La orquesta al principio tapó un poco su voz y a pesar que yo creí que iba a ser un problema permanente, el inconveniente se corrigió rápido. Y el concierto mostró una cara del artista que cuando vino en 2013 no pudimos disfrutar: la orquesta y los arreglos se sumaron a las melodías teatrales de un músico que tiene tanto de Elton John como de Phillip Glass. Su voz lució impecable, luminosa, amplia y expresiva. Aquella vez en el Gran Rez cantó solo, y aunque quienes estuvimos quedamos maravillados, está más que claro que sus canciones relucen mejor cuando los arreglos orquestales dicen presente.
El set incluyó entre otras a emotiva “Vibrate”, el desencanto amoroso que se define en un deseo antimaterialista de “The art teacher”, la musicalización del “Sonnet 20” de Shakespeare y una canción llamada “Argentina” que cuenta acerca de cómo extrañó a su marido Jörn durante aquella gira sudamericana de 2013. Esta vez su esposo estaba presente y lo citó varias veces dedicándole unos cuantos gestos cariñosos hacia la platea. Rufus estuvo de extremo buen humor, charlatán y visiblemente a gusto en el Teatro Colon. El momento inusual de ese segundo tramo fue el retorno a la ópera, cuando hizo “Last rose of summer”, el aria de Martha de Freiherr Von Flowtow junto a Oriana Favaro. Sin embargo lo mejor llegaría al final.
En “I don't know what it is” el arreglo de Maxim Moston resulta prodigioso y la canción resplandece como nunca. “Cigarretes and chocolate milk” es pegadiza y casi tan adictiva como los caprichos y antojos a los que está dedicada. Aparecen algunos intentos de palmas que se diluyen, tal ven intimidados por la magnificencia del teatro. Y el cierre estuvo a cargo de “Oh what a world”, con la conocida cita a “Bolero” de Maurice Ravel y la orquesta otorgando máxima intensidad a la versión.
El tramo de despedida y fuera de programa comenzó de la manera en que empecé esta crónica. Pero si tuvo un clímax fue cuando Rufus convocó a las tres voces líricas a retornar el escenario, apartó su micrófono y animado por la acústica del Colón se animó en una íntima y preciosa versión del “Hallelujah” de Leonard Cohen. Y tras una breve segunda salida, regresó para despedirse definitivamente con “Poses”. Una elección perfecta, porque el abandono y el miedo al éxito desnudados en los versos de esa canción que dio nombre a su segundo álbum de estudio se emparenta directamente con la temática de Prima Donna. Y aunque las calles vacías de Nueva York reemplacen a la escenografía parisina, los mismos temores y debilidades quedan expuestos en cualquier espacio y de manera atemporal.
Bajando las escaleras desde el quinto piso, una abonada preguntaba a la gente de dónde conocíamos al artista, y se mostraba gratamente sorprendida por la cantidad de jóvenes que poblaron las butacas del teatro. Por al lado de la señora pasó un pibe con una remera de Fun People, y yo me pregunté hasta dónde se extendería la capacidad de sorpresa de la elegante señora. Afuera dos tipos hacían un torpe juicio de la voz de Rufus pretendiendo juzgar el pop desde la óptica academicista de la lírica. Y unos doscientos metros más adelante, y ya en la avenida Corrientes, los embelesados fans de Rufus Wainwright pugnábamos porque las fans de Nicolas Cabré que salían del Lola Membrives no nos arrebaten las últimas mesas libres de Banchero. En definitiva, si hay algo que iguala a todos los hombres es la muerte y una grande de mozzarella.





viernes, 12 de febrero de 2016

Richard Coleman en Bebop

Los shows de verano de Richard Coleman felizmente se han vuelto costumbre. El tipo se arma de ganas, desenpolva una guitarra, reune varias canciones y convoca a su gente a escucharlo en un ambiente íntimo, con tono casi familiar. Se rodea de los fans más fieles, les da algunos gustos y se conecta con ellos con una distensión que los recintos más grandes por lo general impiden.
En mi caso era el primer show del año (que como empezarán a ver en este blog viene cargado), y si me siguen por acá saben que el Bebop es un lugar que me encanta. Plato sencillo, copa de vino y Coleman cantando ahí nomás. De paso aproveché para estrenar la remera del Hansa Studio que me compré cuando tuve la oportunidad de visitarlo hace unas semanas. Sí, voy a presumir un poco. Pero no se trata solo de eso, sino que la cita no es caprichosa, porque será una de las coincidencias que se enhebraron a lo largo de la noche el jueves y que ya irán leyendo.
Para empezar Coleman salió vestido todo de negro, y eso, sabemos, es una señal. Si bien el concierto nunca salió del tono relajado y amable de sus shows acústicos (que en verdad nunca son estrictamente así, porque las guitarras llevan efectos y aparecen instrumentos eléctricos) marcó la tónica del repertorio. Tiempo atrás en un show similar en Ultra, Coleman se había mostrado con ganas de charlar, de contar historias acerca de las canciones y llenarnos los oidos de anécdotas de su vida que linkeaban con los temas que estábamos escuchando. En este caso (y el negro necesariamente no es inocente) eligió abandonar la prioridad de su etapa solista, y recreó canciones de todas sus épocas, inclusive muchas que hace rato no sonaban sobre los escenarios.
El fan acérrimo de Los 7 Delfines disfrutó del primer tramo del show casi como un regalo personal. “Never du nozin”, “En tu cabeza”, “Desierto” (el tema que daba nombre al disco de mediados de los '90, disco que volvería a citar hacia el final de la noche con la tensión erótica de “Canción de cuna”) fueron los temas que apenas le dejaron lugar a “Corre la voz”, que se entrometió como para anclar ese pasado con la etapa más cercana de Richard. La última cita a L7D de ese tramo fue ese temazo (que el mismo Coleman presentó como una de sus preferidas) que es “Meteoro”. “Mi nombre está en lugares” se oye, y uno sabe muy bien que uno de esos lugares, inevitablemente es la memoria. La gente escuchaba tranquila, repitiendo en algunos casos en voz baja los versos que esa memoria rescataba al unísono con la interpretación. Y como si se tratara de una retrospección hipnótica, la música siguió hurgando en el inconsciente, y llegaron desde “Consumación o consumo” dos perlas del primero de Fricción: “Entre sábanas” (que anticipaba el Coleman de letras de amores al filo del tormento) y “Perdiendo el contacto”. Fiesta para cuarentones, claro. Recién cuando entró Bodie Datino (su inseparable cómplice en estas incursiones íntimas) las canciones más recientes afloraron: “Jardines líquidos”, “Normal”, “Perfecto amor” y “Hamacándote”, con la que cerró la primera parte del show.
La última vez que estuve en Bebop fue viendo a Isabel de Sebastián, y recuerdo haber contado aquí acerca de la cumbre ochentosa que significó que Celsa Mel Gowland se sumara al escenario aquel día. Pues bien, (y por eso hablaba de coincidencias al principio) aunque Celsa no estaba allí, no me pude sacar la voz de su coro de la cabeza cuando Richard abrió la segunda parte con “Autos sobre mi cama”. De allí a “Anexos” un outtake que apareció en la reedición de “Siberia Country Club” y que muchos conocíamos de la web oficial donde podía escucharse.
Y acá es el momento en donde entra la otra coincidencia y el por qué de la cita a mi remera del Hansa Studio. Bowie, Berlin, Heroes, todo se sumó en ese momento. El 11 de enero yo iniciaba mi periplo europeo y con el wifi de Ezeiza leía a Richard en su Face contando que no podía para de llorar mientras escuchaba “Nothing has changed”. Claro que la muerte de Bowie nos tocó a todos, y en ese tramo de la noche Coleman contó que la última vez que tocó “Heroes” fue el día del cumpleaños 69 de Bowie durante su show en Groove. Y agregó que su tributo al Duke (que confesó que no sabe si va a poder cumplir) será no tocarla más por un año. Pero Bowie no iba a dejar de estar presente y aunque la versión original es de Johnny Mathis, muchos conocimos “Wild is the wind” por la versión que cerraba “Station to station”. Probablemente David Bowie haya conseguido en esa versión la mejor performance vocal de su carrera, y anoche Coleman (que la grabó en “A song is a song”) no solo estuvo a la altura, sino que la tensión que cubrió al escenario mientras la cantaba impactó bien profundo en cada uno de los que estuvimos ahí. Homenajear a Bowie con esa versión era un desafio gigantesco y el “uffff” aliviador de Richard y el trago de agua que siguieron al tema dieron la pauta que el tributo se había consumado con éxito y que no solo nosotros nos habíamos dado cuenta.
Bien, se me hizo largo contrar esa parte, pero no podía dejar detalle de lado. El show continuó con otros cover (ahora sí resumo) como “Love me tender” y el “Changes” de Sabbath, aunque por allí se colaron otra vez Los siete delfines con “Versos secretos” (Richard en slide guitar), la citada “Canción de cuna” y, después de la versión de “Escarabajo” con Bodie en el piano de Bebop que lo dio un sonido original al tema, el cierre con “Carnaval de fantasmas”.
El ciclo incluye dos fechas más en el mismo escenario durante los próximos jueves de febrero, y Coleman anunció que los setlist van a cambiar, además de anticipar la presencia de invitados. Las ganas de recuperar canciones recorriendo toda su carrera dan la pauta de que las sorpresas seguramente serán muchas. Anoche la despedida final se concretó con temas que seguro sonaran en diferentes momentos de los jueves por venir. Primero “Cuestión de tiempo”, despues “Caja de fotos” en donde el piano de Bodie tomó un tinte blusero que le sumó muchos puntos al tema, y el cierre quedó a cargo de “Como la música lenta”, ya con participación masiva del público en el estribillo y muchas palmadas rítmicas.
Como anécdota queda que me quisieron cobrar una copa de vino de más, pero la gente de Bebop es honesta y lo corrigieron. Afuera no corría una gota de aire, el carnaval había terminado pero los fantasmas seguían ahí. Si van los jueves siguientes, me cuentan.

sábado, 19 de diciembre de 2015

David Gilmour en el Hipódromo de San Isidro

“Viendo pasar los momentos que componen un día monótono, desperdiciás y consumís las horas de un modo indecoroso, vagando de aquí para allá por alguna parte de tu ciudad, esperando que algo o alguien te muestre el camino”. Gilmour canta el clásico de “Dark side of the moon” y ese escenario poblado de luces, sonidos e imágens no puede ser otra cosa que ese camino que uno anduvo buscando durante horas (y acá también vale decir días y hasta años), en uno de esos viernes en los cuales la ciudad y sus accesos te agobian, te aplastan y te derrumban. Era el primer tema de los bises, o del tramo de despedida mejor dicho, del demoradísimo debut de David Gilmour en Buenos Aires. Nadie, nadie podía mover sus pies del suelo (un suelo que bien podría ser la alucinación de unos pies desacostumbrados a flotar), atentos a un escenario que despide “Time” con el reprise de “Breathe” en un decaimiento letárgico, para dar comienzo a “Confortably numb”, que al momento de su cénit con el solo más famoso de la historia, mostrará a Gilmour rodeado de lasers, primero verdes, luego rojos, con miles y miles de pares de ojos sin poder despegarse de una escena que configura un auténtico aleph borgeano. Allí estuvo concentrado en ese instante, el universo todo. Cuerpos cansados, entumecidos, tajeados por una fresca insólita que se levantó durante la tarde y que llevó a que el merchandising se quedara corto con buzos que costaba $500, cuerpos confortablemente adormecidos por una música eterna, repetida hasta el hartazgo en equipos de música durante años, y que consumada sobre un escenario, seguramente habrá convencido a más de uno de que ese sería su último recital. Un “ya está, después de esto ya lo vi todo” bien podría haber sido el juicio unánime de una noche inolvidable a la que cualquier adjetivo le resultará corto.
Tres horas antes, con media hora de demora y mientras miles de personas todavía pugnaban por ingresar al predio, Gilmour se había subido al escenario apenas iluminado, y cuando en “5 A.M.” (la breve pieza instrumental que abre “Rattle that lock”) sus dedos estiraron la primera nota alcanzando el sonido inconfudible que lo identifica, todos entendimos que la noche sería única.
Yo había llegado con tiempo. Aunque los vagones del ferrocarril Mitre venían atiborrados de gente, resultó la mejor opción para acercarse al Hipódromo de San Isidro. Si la salida hacia zona norte desde la ciudad, los viernes es más complicada que de costumbre, con el recital masivo de por medio, ayer lo era aún más. Panamericana atascada, y la Avenida Marquez a paso de hombre. A tal punto que estaba terminando la primera parte del concierto, y todavía seguía entrando gente. Una de las peores organizaciones de las cuales tenga memoria, y eso que a mí no me tocó sufrirla. Considerando el lugar, el día y la hora del show, jamás se tomó previsión de facilitar accesos e invitar a la gente a desistir del uso de autos (combis, micros, como se ponen en el Lollapalooza, por ejemplo, hubiesen servido para ese fin). Si bien es cierto que desde el lado de Libertador se accedía algo más facil, eso solo servía para llegarse hasta las afueras del predio. Ya sobre Marquez todo confluía hacia una única entrada, formando un embudo gigantesco, por el que si bien el andar era fluido, jamás iba a alcanzar para permitir el acceso a tiempo de miles de personas que llegaban sobre la hora del show. Y encima, una vez ingresado el Hipódromo, para llegarse hasta el sitio destinado al concierto, había que pasar por un segundo embudo en el que confluían los que íbamos a campo con los de las plateas sin numerar. Un despropósito que ni siquiera sirvió como medida de seguridad: el ingreso fue sin cacheos ni revisiones de mochilas y carteras. A mí me generó incordio, a mucha gente la privó de casi medio show.
Un punto a favor en medio de esa desorganización, fue el sonido. En un predio abierto y una noche ventosa, a más de cien metros del escenario la música llegaba con una calidad de audio digna de un teatro. Jamás se “voló” una nota, jamás decayó el volumen, los climas desde hipnóticos e íntimos hasta los psicodélicos y épicos se transmitieron de forma asombrosa. Y ese punto, sumado a la buena cantidad de pantallas dispuestas a lo largo y ancho del predio, hicieron que en ese sentido nadie salga defraudado.
Para cualquier fan de la música en general y de Pink Floyd y todo lo que lo rodea en particular, el solo hecho de leer la lista de temas, le bastará para tomar conciencia del pedazo de concierto al que asistimos. El comienzo fue tal cual “Ratlle that lock” el último trabajo de David Gilmour que lleva apenas un puñado de meses en la calle. Pero cuando la guitarra de 12 cuerdas hizo reconocible los primeros acordes de “Wish you were here”, los corazones empezaron a sentir los primeros síntomas del cimbronazo emocional al que quedarían expuestos.
El show se dividió en dos partes, con un intermedio de unos veinte minutos. La primera parte tuvo a “Rattle that lock” como protagonista, con “Money” (en una semana tan especial en la Argentina, que si uno no supiera que el tema ya integraba la lista de la gira, pensaría que fue incluida a propósito), “Us and them”, y más tarde, ya citando a ese Floyd que tiene más de Gilmour solista que de Pink Floyd (con perdón de Manson y Wright) , “High hopes”.
El escenario estuve presidido por el reconocible círculo rodeado de luces, tan típico de los shows de Pink Floyd en los '90, dentro del cual se proyectaban imágenes alusivas a los temas, y también primeras tomas de Gilmour y sus músicos. Las luces alrededor de él hicieron el resto.
La segunda parte del concierto abrió con “Astronomy domine”, e iluminación y música construyeron un momento lisérgico que nos elevó los sentidos para que “Shine on you crazy diamond” nos sostenga en el aire por vaya uno a saber cuánto tiempo. Desde algún sitio tan incierto como embriagante, Syd Barret nos guiñaba un ojo.
Si hubo algo que sucedió anoche mientras uno presenciaba el concierto fue que las nociones de tiempo y espacio se borraron. Todo ocurría recreando pasajes que la memoria había registrado hacía ya mucho tiempo y que en ese momento podrían ser reales o bien la concreción de esa fantasía imaginaria. Y en ese conexto, un sol rojísimo tomó el control del escenario durante una bellísma “Fat old sun”, mientras a mi derecha un flaco se abría la campera para mostrarle a nadie que él había venido con la remera de “Atom heart mother”
De allí al final Gilmour eligió citar nuevamente al Floyd de “The division bell” (“Coming back to life”), al de “A momentary lapse of reason” (“Sorrow”) y presentó a su impecable banda antes de la bluseada perla de su último disco: “The girl in the yellow dress”. A propósito de su banda, si arriba del escenario anoche no hubiese estado David Gilmour, le estaría dedicando un par de párrafos al extraodinario trabajo de Phil Manzanera en la segunda guitarra. Sumado a ellos, el curitibano Joao Mello en el saxo tuvos sus grandes momentos en “Money” y “Us and them”. Guy Pratt en el bajo y John Carin en guitarras, teclados y voces, fueron dos de los viejos colabradores que lo acompañaron ayer, y el grupo se completó con Kevin McAlea en teclados, Steven Distanislao en batería, y los coros a cargo de Biran Chambers y Lucita Jules.
A esa altura de la noche, la voz de Gilmour daba signos de cansacio. Algunos agudos o tramos más melódicos eran resueltos con más oficio que entonación, pero cada vez que la guitarra se elevaba por sobre el resto de la banda, un manto de piadosa justicia borraba cualquier reproche posible. Y en ningún momento el público dejó de reverenciar al “gordo”, apodo que ya no podrá sacarse de encima a pesar de que sus formas lo desmienten, y sus casi 70 años lo muestran en buen estado físico.
“Run like hell” (con Manzanera haciendo las voces de Waters, y ambos cubriendo su vista con anteojos negros) fue el apoteósico cierre de un show que quienes presenciamos no olvidaremos jamás, y que tendremos bien arriba a la hora de contabilizar los highlights de nuestras vidas.
Lo que siguió fue el tramo de cierre por donde empecé el relato. Tal vez ese insuperable solo saliendo de los amplificadores por los cuales estalla esa guitarra única bien hubiera valido la inversión de tiempo y dinero que siginificó el viaje (en el sentido más amplio de su significados) a San Isidro. Uno deseaba que no termine nunca, pero como al Pink que protagoniza el tema, un pinchazo nos devolvió a la realidad. En este caso la realidad cobró forma en el silencio de los parlantes y la escena con los músicos abrazados saludando desde el escenario. “Hasta la próxima” dijo Gilmour, y uno que todavía no terminaba de aceptar que la primera visita se había terminado, aún sabiéndolo improbable, le celebraba el optmista saludo final.
La hora, la ventisca y el cansancio hicieron de la desoncentración un andar lento al que me adelanté para evitar lo que seguro fue tan caótico como la llegada. Un colectivo de un número de tres cifras que no me atrevo a repetir me alejó hasta Puente Saavedra.
“De un modo relativo el sol es el mismo. Pero vos sos más viejo, tu respiración es más corta y estás un día más cerca de la muerte” había cantado Gilmour en “Time”. Sin embargo, como aquél incesante led de la tapa de “Pulse”, todos regresamos a casa sintiéndonos más inmortales que nunca.


(Gracias Sandra Calandrino por las fotos!)


jueves, 10 de diciembre de 2015

Morrissey en el Teatro Opera

Ayer era un día muy especial. Tenía expectativas de ver a Morrissey en un teatro, y por ese motivo privilegié la elección del concierto en el Opera al de hoy en el Luna Park. Había riesgos. De no haber defendido tan mal en Parque Patricios, anoche se me podría haber juntado el recital con la final de la Sudamericana. Finalmente Milton Casco se encargó de despejarme la agenda. Pero por otro lado, surgió el acto despedida de Cristina en Plaza de Mayo. Dos hechos consecutivos y a poca distancia. Podía coordinar todo tranquilamente, excepto por un detalle nada menor: llegar ahumado por los chorizos no era la mejor fragancia para entrar en un show de Morrissey. Por suerte en la entrada, un puñado de pibes transpirados me dieron la pauta de que no era el único. Y un hombre que portaba una elocuente remera con la estampa de Perón, terminó por confirmarlo.
Media hora después de lo que anunciaba la entrada, en una pantalla adelantada al escenario comenzó con una proyección de videos, al estilo viejo videobar. Las imágenes saltaron de los Ramones a New York Dolls, de Tina Turner a Aznavour, pasando por Anne Sexton leyendo su “Wating to die” y el “Ding dong, the witch is dead” musicalizando las escenas que retrataban a la Inglaterra que se despertaba con la noticia de la muerte de Margaret Thatcher. Luego sí, se elevó la pantalla (un telón blanco, bastante informal por cierto) y la banda entró al escenario mientras en la parte baja del teatro la gente se amuchaba contra el escenario y quebraba el orden de butacas y pasillos.
En un recital de Morrissey que arranca con “Suedehead” nada puede salir mal. Y así fue. La banda sonó de entrada ajustadísima y el sonido del teatro hacía más que disfrutable cada uno de los detalles. Un par de flores volaron hacia el escenario, pero felizmente la histeria no abundó. “Alma matters” sirvió casi como carta de presentación: la entrega absoluta del artista para con su gente, que lo esperaba ansiosa, después de aquel fallido regreso, cuando la comida peruana le jugó una mala pasada a su sistema digestivo.
“World peace is none of your business” era la excusa para el show, sin embargo los dos años que ya lleva en la calle le permitieron a Mozz armar un setlist de recorrido amplio, con muchos hits, citas a los Smiths y varios guiños para fans. Recién con el festejado “Kiss me a lot”, Morrissey recurrió a su material publicado más reciente.
Si los videos del comienzo exhibieron con sarcasmo su odio por Margaret Thatcher, el tema político y social no dejó de estar presente en el resto del show. Durante “Langlord” se mostraron violentas escenas represivas, y también hubo referencias a esas temáticas en “World peace is none you business” (con el tecladista Gustavo Manzur pasando al frente del escenario y repitiendo el estribillo en español) y “The world is full of crashing bores”. Y desde ya, su lucha anti taurina con “The bullfighter dies”, y el alegato vegano de “Meat is murder” ya hacia el final del concierto. En cuanto a actualidad, la bandera francesa que cubrió la parte trasera del escenario durante “I'm throwing my arms around Paris”, no necesitó explicación alguna.
Hubo algo fundamental en el show de anoche: Morrissey estuvo de un humor excelente. Se lo notó felizmente saludable, en buen estado físico y con esa voz armoniosa que lo caracteriza en excelente estado (a pesar que en la segunda mitad del concierto mostró algún síntoma de ronquera).
Nunca dudó en adelantarse para golpear sus palmas contra los que la extendían hacia él desde abajo del escenario. Liberó de los macizos brazos de un guardia a una chica que se estaba subiendo a abrazarlo durante los primeros temas, y le permitió permanecer a su lado por un ratito. Más tarde haría lo mismo con un chico jovencito, aunque en este caso fue él el que lo buscó entre las decenas de rostros apelmazados. Una de sus camisas fue arrojada hacia la platea para que una decena de manos se la disputen sin concesiones. Y así como otros roqueros eligen congraciarse usando la camiseta de la selección de futbol local, Mozz eligió tararear a capella el clásico estribillo de Leo Garcia que lo invoca, para que lo sintamos como uno de los nuestros.
En cuanto a climas, resultó muy sencillo dejarse llevar por los tonos propuestos por Morrissey: “Everyday is like sunday” sigue transmitiendo buen humor y ese encanto de una calma que puede romperse en cualquier instante. “Istanbul” es otro gran momento de “World is none..”, que ya había tocado aún inédito en GEBA en 2012. “First of the gang to die” fue de los temas más celebrados por el público, “Jack the Ripper” fue oscura y densa, y “Yes, I'm blind” de una intimidad casi condescendiente. Pero si hubo un momento crucial en el show fue la tremenda versión de “How soon is now”, con la banda que terminó envolviendo los oidos en sonidos que su superponían en acoples que fueron cortados como latigazos por los golpes furiosos de un tambor rodeado de luces fluo. A esa altura el show promediaba, pero todos supimos que había alcanzado su cenit.
Para despedirse, Mozz eligió “Let me kiss you”, y yo que venía siguiendo la lógica de los setlist de los últimos tiempos, supe que iba a quedarme sin “This charming man”. Igual se disfrutó, desde ya, y tal vez el único pero a esa altura tuvo que ver con que la melodiosa canción merecía a la garganta del Morrissey de la primera parte de la noche. En seguida, casi que no hubo tiempo para pedirles el regreso, la reina Isabel con un doble fuck you anticipó a “The queen es idead”. Morrissey eligió despedirse de la calle Corrientes con espíritu punk, un espíritu que vamos a necesitar invocar para los tiempos que se vienen.
Salí del teatro en busca de una pizzería y una napolitana aplacó el hambre que a esa hora se hacía notar. Con el cuello inclinado al límite de lo aconsejable, vi como los penales terminaban con la ilusión de Huracán en la Sudamericana, y ya en la calle, autos lujosos hacían sonar sus bocinas celebrando puntuales el fin del mandato de Cristina. Yo cerré mis oidos y a modo de resumen de los último años y la actualidad que asoma, me fui cantando “Oh, I am so sickened now. It was a good lay”